Una épica flácida

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Las grandes historias requieren grandes escrituras para que su grandeza no se evapore. En este caso una gran historia es servida por una escritura débil que a causa de la realización y sobre todo del reparto no logra transmitir adecuadamente la grandeza de la hazaña real que narra.

Que el punto de partida sea o no real, además, poco añade si la propia película no logra hacer humana y dramáticamente creíbles los hechos: la ficción tiene el poder de otorgar realidad a lo que nunca existió o de convertir en poco creíble lo que realmente sucedió. El cine clásico, con sus relatos perfectamente cerrados y su transparente lenguaje, logró crear esa tierra de nadie entre la realidad y la ficción en la que vivieron relatos como El diablo a las cuatro de Melvin Leroy y sobre todo El albergue de la sexta felicidad de Mark Robson, a los que esta película recuerda sin alcanzar su perfecta clausura de un mundo que su estilo hacía creíble.

Los niños de Huang Shi no pertenece a ese momento de la historia del cine, en el que la transparencia estilística hacía posible esa fusión entre realidad y ficción, y parece desgarrarse entre lo que tiene de épica, de melodrama y de testimonio de un hecho real.

Su director Roger Spottiswoode, al igual que el Robson de El albergue de la sexta felicidad un canadiense afincado en Hollywood formado en el montaje, carece de los talentos que hoy se requieren para hacer creíble y emocionante una epopeya (con conversión humanitaria incluida) en la que un periodista sin escrúpulos se convierte en el salvador de unos niños chinos huérfanos durante la guerra chino-japonesa.

Spottiswoode se acercó con moderado éxito a este tipo de historias reales en Bajo el fuego (sólo recordada por su memorable banda sonora compuesta por Jerry Goldsmith) o Noriega, pero su talento restrictivamente artesanal ha llevado su carrera por derroteros más puramente espectaculares y fantásticos (El mañana nunca muere) o incluso abiertamente disparatados (El sexto día).

Los niños de Huang Shi pretende un imposible regreso a sus películas más comprometidas basadas en personajes y conflictos históricos; pero se hace camino al andar y se hace estilo al rodar por lo que, a estas alturas de su filmografía, lo que termina por salir es un aseado y entretenido telefilme discretamente interpretado por un poco convincente Jonathan Rhys Meyers que dista mucho de estar a la altura de sus últimos papeles.

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