Los 300 espartanos

  • Frank Miller compone un poema épico cuando parecía que no había lugar para dicho género en el cómic

Las relaciones entre cómic y cine son aceptablemente buenas; en cualquier caso, mejores que las de estas disciplinas con la literatura, una madrastra altiva que suele ver en ellas sendas cenicientas a las que bajarles los humos. El Noveno Arte ha suministrado historias al Séptimo desde antiguo y también desde antiguo existen las versiones en viñetas de éxitos de la gran pantalla. De lo que hablaremos, sin embargo, no es del intercambio o traspaso de personajes y tramas de un medio a otro, sino de inspiración. Detrás del cómic que hoy comentamos hay una película caasi olvidada o, como mucho, recordada por unos pocos. Esta película depositó las semillitas del deseo en el pecho de un niño y, cuando éste creció, estas semillas germinaron y el hombre decidió contar, a su manera, aquella gesta que tanto le había impactado. Pero empecemos por el principio que si no, no hay quien se entere.

En los años 60, aprovechando el favor del que gozaba el cine épico tanto en su versión trasatlántica (el kolossal) como en su versión mediterránea (el peplum), la 20th Century Fox produjo una especie de híbrido de ambas tendencias, dirigida por el cineasta de origen polaco Rudolph Maté, interpretada por actores norteamericanos de segunda división, rodada en escenarios naturales de Grecia y con un equipo técnico compuesto por británicos e italianos. The 300 Spartans -que en España se llamó El león de Esparta- reconstruía la famosa batalla del Paso de las Termópilas (480 a. de C.) en la cual un contingente de trescientos espartanos (y un millar de beocios) contuvo durante tres días el avance del muy superior ejército persa: unos 180.000 soldados a pie y 70.000 a caballo. Para llevar a cabo tal proeza, los espartanos se valieron de una posición ventajosa, una mejor técnica militar y una resuelta disposición al sacrificio. Sin ser una Obra Maestra, la película es apreciable, y se beneficia de la sensibilidad de Rudolph Maté, que convirtió los combates en un sugerente espectáculo visual con las capas rojas espartanas tremolando entre los uniformes negros persas (En estos detalles se notan sus inicios como director de fotografía). El film se estrenó en 1961 y entre quienes llenaron las plateas estadounidenses había un niño impresionable, Frank Miller, que encendió una vela, en una de las hornacinas de su corazoncito, a esta historia de heroísmo e inmolación.

De su obsesión por las Termópilas da cuenta la (forzada) evocación de la misma que hizo en uno de los capítulos de la serie Sin City: La gran masacre. Pero lo que tenía que llegar llegó, y Miller pudo finalmente rendir tributo a aquella hazaña en una formidable y muy original novela gráfica, titulada sucintamente 300, publicada en 1998. Miller no ocultó sus influencias; antes bien, hizo gala de ellas. Mantuvo algunos diálogos de la película, como cuando los persas amenazan: "¡Nuestras flechas taparán el sol!", y los espartanos responden: "Entonces lucharemos en la sombra". Recurrió asimismo a esa especie de cromomaquia entre el rojo y negro (el uso del color de Lynn Varley es extremadamente sugerente). Incluso el formato rectangular del cómic, que evoca los frisos de la Antigüedad, puede entenderse como un guiño al scope característico de tales superproducciones. Sin embargo, puntualicemos. 300 no es un simple refrito de elementos dramáticos y expresivos ajenos, sino una personalísima reconstrucción de un mismo episodio histórico.

Frank Miller compone un poema épico cuando parecía que no había lugar para dicho género. Desde las primeras viñetas, presenta bajo una aureola sagrada a un pueblo que se preciaba de descender del mismísimo Hércules. 300 es una enérgica oda guerrera. Todo espartano sueña con un campo de batalla: rebanar el cuello del enemigo o ensartarlo en la punta de su lanza, o morir en el empeño, es su razón de estar en la tierra. A Leónidas, un líder que no repite dos veces una orden, lo mueve el honor, el deber, la gloria, el combate, la victoria -así se titulan los cinco capítulos del libro-, y como a él, a cada uno de sus hombres, del primero al último. Miller transforma la idea del sacrificio en un ideal y la lectura política del cómic deviene peliaguda. El mensaje es reaccionario y espantable y, sin embargo, hablamos de una Obra Maestra. Lejos de caer en la simplonería, Miller juega la baza de la intensidad, hace suya esa lógica belicosa y se la escupe al lector en la cara.

O estás conmigo o estás contra mí.

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