El estilo invisible

  • La editorial RBA reúne en un único volumen los cuatro títulos maestros de ciencia-ficción de H. G. Wells

Seguramente ni él mismo contaba en vida con una posteridad semejante, pero la figura de H. G. Wells (Bromley, 1866 - Londres, 1946) goza en este siglo XXI de una reivindicación plena. El cine es responsable en gran medida de la actualidad de la que goza su obra (ahí estaba Steven Spielberg llevándose a su terreno La guerra de los mundos), y si faltaba algún best-seller con intención preclara al respecto llegaron Félix J. Palma y su divertidísima serie que pronto será trilogía. Cabe subrayar también las continuas reediciones y relecturas de sus obras, por más que sus títulos esenciales de ciencia-ficción figuren en toda biblioteca que se precie y no hagan falta presentaciones. En España, este fervor se ha traducido en la aparición en los últimos años de relatos como el breve La puerta en el muro, que rescató Acantilado, y el monumental (un poco tostón, que conste) Experimento en autobiografía que Almuzara puso en circulación. Menos suerte han corrido las novelas que escribió Wells cuando su editorial acusó en él un exceso de fantasía y le exigió la adopción de un registro más realista, como el delicioso Kipps y Tono Bungay, aproximaciones, si se quiere, al Dickens más pintoresco pero cargadas de manifiestos políticos. Ahora, RBA, en su felizmente recién inaugurada colección de literatura fantástica, reúne en un volumen los cuatro títulos decisivos de ciencia-ficción del autor: La máquina del tiempo (1895, su primera novela), La isla del Doctor Moureau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898). De acuerdo, éstos son los libros que ha leído todo el mundo. Pero siempre quedan nuevas generaciones a las que deslumbrar. Y nunca es tarde para volver a situar en el presente a un escritor de tantísimo éxito y del que tan poco se puede decir ya a estas alturas. ¿Qué significa hoy, la obra de H. G. Wells?

Conviene recordar que, si bien el autor británico obtuvo un éxito casi sin precedentes con estas cuatro novelas, decidió escribirlas mucho antes guiado por un empeño personal en el que se quedó irreductiblemente solo. Izquierdista irredento y utópico sin remedio, Wells se hizo un hueco en el anquilosado sistema intelectual británico con sus llamadas a la democratización del conocimiento científico, o más bien de sus efectos. En esta vocación, sus novelas de ciencia-ficción no constituyeron un mero pasatiempo, como a veces se ha dicho, sino la primera expresión de su pensamiento. Wells escogió la ficción (es más, la ficción desmesurada, casi grotesca) para decir lo que tenía que decir, no sólo por un afán político de llegar a más lectores sino porque la mera experiencia de su tiempo no resultaba suficiente a sus intereses. La fabulación le dio exactamente lo que le había pedido, y obró en consecuencia. Tanto es así que su literatura abiertamente ensayística, a la que se consagró sus últimos años (con títulos como El destino del homo sapiens, de 1939), no sólo no hizo justicia a su obra de ficción, sino que la Historia ha terminado situándola en el lugar que merece: el menos recordado. Por más que esos ensayos, de alcance abiertamente panfletario, le hicieran ganar posteriormente polémicas como la que le responsabilizaba, tristemente, de haber sido el ideólogo de la bomba atómica.

Los mundos de estas novelas son así el mundo de H. G. Wells: La máquina del tiempo es una reflexión honda sobre la lucha de clases como motor de la Historia (abrió puertas al materialismo dialéctico cuando muchos aún se preguntaban qué era eso) y una también temprana respuesta al eterno retorno nietzscheano. La isla del Doctor Moureau, su obra más abiertamente romántica, es un viaje sin retorno al conocimiento de la condición humana como reto inalcanzable, a la vez que una advertencia sobre la responsabilidad de los científicos, argumento que desarrolló brillantemente en El hombre invisible. La guerra de los mundos, ya se sabe, es una crítica feroz al colonialismo británico, pero también su mejor canto de cisne. Nunca volvió a decir Wells nada tan bien dicho como en estos libros.

Pero tampoco puede pasar la crítica actual por alto la tara que siempre se le achacó al autor: la carencia de un estilo brillante, o mejor de un estilo, a secas. El mismo Wells admitió que no veía sentido alguno a sentarse a escribir por el mero gusto de adentrarse en la belleza del lenguaje, y en su campaña antirretórica siempre defendió el qué como valor literario muy superior al cómo. Y no deja de ser curioso que en los últimos años, en territorios literarios muy diversos, pero con especial incidencia en el de la lengua castellana (pienso sobre todo en Enrique Vila-Matas), los escritores más respetados han afirmado justo lo contrario. En el no estilo de Wells, o acaso un estilo tan invisible como el protagonista de una de sus novelas, se encierra el quid del expediente Wells: ¿Qué puede decir hoy la literatura?

H. G. Wells. RBA. Barcelona, 2012. Prólogo de Jacinto Antón. 592 páginas. 24 euros

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