Del extremo Oriente, la luz

  • Alianza publica dos esclarecedoras aproximaciones de Carlos Rubio a la poesía y los mitos de Japón, impagables hojas de ruta para conocer y apreciar una cultura milenaria

Cualquier noticia relativa a la recepción de la tradición poética japonesa en España debe comenzar por recordar el papel pionero que desempeñó en ella Fernando Rodríguez Izquierdo, que residió durante años en el país del sol naciente y publicó a comienzos de los setenta una excelente antología de haikus -reeditada por Hiperión en 1994- que se adelantó por mucho tiempo a la moda de la última década, en la que el término ha pasado a designar casi cualquier cosa. Irrita un poco la banalización de esta venerable forma de poesía a cuyo nombre se acoge hoy toda forma de brevedad más o menos ingeniosa. En cambio, apenas se recuerda la gran labor mediadora de los jesuitas en Oriente, que desde muy pronto se aplicaron al estudio de aquellas lenguas desconocidas -universos vecinos, pero autónomos- que ocultaban en su hermosa e inextricable caligrafía un arca de tesoros insospechados. Hubo antes que Rodríguez Izquierdo otros divulgadores de la cultura japonesa, como Gonzalo Jiménez de la Espada o don Juan Valera, y excelentes traductores de su poesía como Octavio Paz, pero el benemérito profesor sevillano fue el primero en ofrecer sus versiones a partir de los textos originales.

Experto conocedor de la cultura nipona, traductor de escritores antiguos y modernos, profesor de la Complutense -antes lo fue en la Universidad de Tokio- y reciente autor de Claves y textos de la literatura japonesa (Cátedra, 2007), Carlos Rubio es uno de los estudiosos de referencia a la hora de abordar el vasto dominio de unas islas relativamente pequeñas cuya tradición -no sólo literaria- ha recorrido con ejemplares rigor y sensibilidad desde los orígenes hasta la edad contemporánea. En el último año Rubio ha dado a conocer dos espléndidos volúmenes, ambos publicados por Alianza, de obligada lectura para los devotos de la cultura japonesa e igualmente interesantes para cualquier aficionado a la poesía, la religión, los mitos o las historias de los pueblos antiguos. En el primero de ellos, El pájaro y la flor, el autor recogía, traducía y comentaba "mil quinientos años de poesía clásica japonesa" en una edición bilingüe e ilustrada, no demasiado extensa -él mismo habla de una floresta "miniaturizada", como un bonsái- pero excepcional por muchos conceptos e impecablemente introducida, a la que sólo cabría reprochar la escasa calidad de las reproducciones, con todo muy valiosas en la medida en que ofrecen muestras del viejo arte de la escritura caligráfica. En el segundo, recién aparecido, Rubio compendia y glosa Los mitos del Japón "entre la historia y la leyenda", remontándose hasta la prehistoria desde la que aún hoy siguen nutriendo su cultura.

"Ni todo es haiku en la poesía de Japón, ni todo es Murakami o Mishima en su prosa", afirmaba Rubio al comienzo de su antología. En efecto, la variedad y la riqueza de la lírica nipona no puede ser reducida a la forma más divulgada en Occidente, que de hecho data de una época tan tardía como el siglo XVII. Pero bienvenida sea, nos dice, si sirve para difundir el "apetito de Japón" que se manifiesta en el interés por los populares autores aludidos pero también -esto lo añadimos nosotros- en manifestaciones no literarias como la arquitectura, el cómic, la pintura o la gastronomía. Ahora bien, "la poesía ha asumido en Japón, país poco aficionado a la especulación y a los valores trascendentes de las culturas monoteístas, el papel que la filosofía y la teología han desempeñado en nuestra cultura". De ahí el lugar tan relevante que ha ocupado la tradición poética como transmisora de valores y educadora de la mirada, tratándose además de una poesía eminentemente visual que ha influido no sólo en las demás formas de literatura o en las artes plásticas sino en la idiosincrasia misma del pueblo japonés, proverbialmente inclinado a la contemplación, la armonía y el culto de la naturaleza, en torno a la cual gira la mayoría de los poemas compilados en la antología.

"Campo del cielo / donde se yergue excelso / el monte Fuji, / noble y divino, / desde la creación del mundo". Es en versos como estos -hay muchos otros maravillosos, bastantes de ellos inéditos hasta ahora- donde se aprecia la "extraordinaria continuidad" de la poesía japonesa. Rubio reúne muestras de todas sus formas, desde las composiciones inaugurales recogidas en el Kojiki (711) -precedidas de una secular tradición de literatura oral- hasta los deliciosos versos de Yosano Akiko, la "poeta de la pasión", que ya en el siglo XX revolucionó el panorama literario con un discurso liberador que remitía a las autoras de la época clásica -la importancia de la poesía femenina es uno de los aspectos diferenciales de la tradición japonesa- y sorprendió por su erotismo descarado: "Pregunta al verso / quién osa rechazar / el rojo de las flores. / ¡Oh, qué encantadoras / las chicas pecando en primavera!" Rubio señala cinco grandes géneros que se corresponden con otros tantos periodos: waka (poesía de Wa o Japón, en oposición a kanshi, poesía de Han o Kan, esto es, China), tanka (una variante de estrofa breve), renga (poema en cadena, formado por tanka compuestos por voces o manos alternas) y haikai o haiku (que no son exactamente lo mismo). Se hace imposible apresar en unas líneas la pluralidad de matices que implica el cultivo de una u otra variedad, imbricadas en un tejido simultáneo -unas formas no sustituyeron a otras, pues todas han seguido cultivándose hasta hoy mismo- que conforma el gran legado de la poesía japonesa.

"Desde que el fenómeno del japonismo se instaló en Europa en la segunda mitad del siglo XIX [al tiempo, curiosamente, que ellos se occidentalizaban], Japón se ha convertido en la figuración más exquisita y distante del Otro que hay en nosotros", afirmaba Rubio en el preliminar a El pájaro y la flor. A describir el fondo de ese imaginario -para los europeos exótico, pero indudablemente universal- se dedica el segundo libro citado, Los mitos del Japón, donde el autor reúne cincuenta historias que señalan las coordenadas aurorales de la antigua cultura nipona, de las que provienen sus temas y valores recurrentes. Tomadas de tres fuentes fundamentales, el mencionado Kojiki (Trotta, 2008), el Nihon shoki o Nihongi (720) y en menor medida el Fudoki (713) -una temprana descripción de las provincias del Imperio, parcialmente conservada-, dichas historias han sido agrupadas por Rubio en ocho apartados referidos a orígenes, amores y concepciones maravillosas, hermanos, hechos marciales, animales y metamorfosis, sacrificios, sueños y oráculos, doncellas celestiales y pescadores o mitos budistas. Un formidable repertorio de narraciones que ofrece el contexto desde el que interpretar la delicada poesía del Japón e ilumina su alma milenaria.

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