La falta de espacio

No deja de resultar extraño encontrarse en una sala pequeña a la que, no obstante, sobraba espacio, con el público coreando al unísono unas canciones concebidas para hacer retumbar un estadio. Es la paradoja del anémico panorama del pop en España: la clase media, la que impulsa el desarrollo de los países, sencillamente no existe en la escena nacional del pop y eso es un lastre tan pesado que no la deja despegar.

Seguirá siendo así mientras no cambien algunos aspectos estructurales. Como ocurre en los países esquilmados y empobrecidos donde unos pocos acumulan la mayor parte de la riqueza mientras la gran mayoría se reparte unas migajas, así sucede en el mercado español del pop, donde se pasa -cuando pasa- de la supervivencia amateur a la primera división sin transición por los escalones intermedios.

Por eso un grupo como La Sonrisa de Julia, cuyo planteamiento y repertorio aspiran a llegar al gran público, ha de conformarse con sobrevivir a base de voluntad en salas para grupos independientes o minoritarios. No es que nos estemos quejando de que merezcan mayor repercusión (eso es de imaginar que ya lo harán ellos), sino más bien de que no existan cauces para que grupos como este puedan crecer. Pertenecen a esa hornada de bandas de pop que cantan en castellano, y que sin complejos buscan el gran mercado juvenil, como sus admirados Iván Ferreiro o Vetusta Morla. Y sin embargo, no terminan de despegar por la ausencia de caminos bien asfaltados por los que hacer su rodaje. Como un BMW por un camino de tierra.

Con un cambio en su formación tras la salida del teclista que han sustituido por un enérgico y capaz guitarra solista, andan presentando su tercer álbum, Bipolar, en el que muestran su lado más dinámico y vitalista. Curiosamente, tras una ruptura traumática, en lugar de producir unas canciones de inspiración más oscura, huyen del resentimiento y se despachan su trabajo más positivo hasta el momento.

Como dicen en una de sus más aclamadas canciones, debe ser que han neutralizado la bilis y la amargura de las disidencias que acaban en separación, a base de Gritar por dentro. Y les ha salido bien.

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