La familia según Wes Anderson

Preocupados por nuestra propia desubicación ante el cine de Wes Anderson, al que la crítica más selecta insiste en reivindicar hoy como una de las grandes esperanzas blancas de la comedia norteamericana con cierto sabor excéntrico (o sea, lo mismo que ocurriera en su tiempo con la crítica francesa a propósito de Jerry Lewis), acudimos a ver Viaje a Darjeeling tras las sucesivas decepciones que supusieron nuestros anteriores encuentros con Academia Rushmore, Los Tenenbaums o Life Aquatic, sus películas precedentes estrenadas en nuestro país.

Innegable dueño de un universo propio, iconoclasta y colorista, preñado de un humor bizarro a propósito de la familia como núcleo de toda esencia (y desamparo) vital, Anderson coquetea con las formas, siempre evidentes y artificiosas, para contarnos una y otra vez la misma historia, esa que une y separa a padres e hijos, hijos y madres, hermanos y hermanas, en un universo a mitad de camino entre el diseño vintage y la nostalgia de la infancia.

Viaje a Darjeeling, por si quedaban dudas, vuelve a situar su epicentro emocional en la relación entre tres hermanos de una excéntrica familia que emprenden un viaje de autodescubrimiento a través de los raíles y los trenes que atraviesan el desierto de Rajastán en el Noroeste de la India, una India de tópicos y cartón piedra que está construida aquí desde la sublimación del decorado como espacio primordial (¡aquel camarote de los hermanos Marx!) y la asimilación del plano secuencia, el travelling lateral, el zoom o las canciones prestadas como marcas de una escritura coreográfica que se quiere juguetona, libre y autoconsciente.

Las diatribas de estos tres hermanos infantilizados (cómo no) nos conducen a un espacio de inocencia (tal vez sea ése y no otro el lugar de Anderson) en el que los asuntos serios se dirimen en clave de juego colorista en el que las consecuencias y las heridas vienen siempre parcheadas por una tirita o un aparatoso vendaje que invitan más a pensar en el slapstick que en la tragedia. En pleno viaje, la película nos asesta sin embargo un brutal zarpazo de realidad. Como si quisiera pedir disculpas por su uso lúdico del paisaje y la iconografía indias, Anderson quiebra su comedia para recordar, esta vez sí como un eco resonante, que tras la máscara fría y caricaturesca de sus criaturas late un mundo de peligros, compasión y ternura que los redime de sus estupideces. Y de camino, también a nosotros. Lleguen a tiempo a la sala, antes del filme se proyecta el cortometraje Hotel Chevalier, posiblemente lo mejor que ha rodado nunca Anderson, y no lo decimos por el culo de Natalie Portman.

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