Letras hoy

La fantasía es ancha y honda

  • Entre la remesa de escritores granadinos que se han consolidado en los últimos años destaca por méritos propios Ángel Olgoso, un narrador que dejó de ser una promesa hace mucho tiempo

Uno de los tópicos más arraigados por estos pagos presenta a Granada como "Ciudad de poetas", como si las propiedades minerales de Sierra Nevada o la bondad de la brisa de la Vega predispusieran inevitable, fatalmente a la escritura de versos. Aquí hay excelentes poetas, pero esta etiqueta, de un simplismo atronador, ¡qué quieren que les diga!, parece responder más bien a maniobras de afianzamiento y promoción de ciertos clanes literarios. En definitiva, Granada no es tan grande como se presume, ni sus recursos económico-culturales tantos, y como dice un entrañable refrán: "El que no llora, no mama". En nuestra ciudad han nacido poetas extraordinarios (no sólo Federico García Lorca), pero también narradores de primer orden (no sólo Francisco Ayala), y lo justo sería dedicarle tanta atención a los primeros como a los segundos. Quienes repiten el engorroso estribillo de "Granada: Ciudad de poetas" olvidan una cosa: un síntoma de riqueza es la pluralidad, no el monopolio.

Entre la remesa de escritores granadinos que se han consolidado en los últimos años destaca por méritos propios Ángel Olgoso (Cúllar Vega, 1961), un narrador que dejó de ser una promesa hace mucho tiempo para ser, en la actualidad, una de nuestras más sólidas realidades. Los demonios del lugar es su penúltimo obsequio al lector (en el momento de redactar estas líneas acaba de aparecer el último: Astrolabio, al que prometo hincar el diente a la primera ocasión) y fue galardonado con el I Premio Internacional de Terror Villa de Maracena. Los demonios del lugar reúne casi medio centenar de relatos (49, para ser exactos) felizmente adscritos a la fantasía más efusiva, levantisca y calenturienta; casi medio centenar de relatos que se apretujan y calientan los unos a los otros en unas páginas plagadas de ecos y recovecos, sorpresas, hallazgos y aciertos. Como viene siendo habitual en él, Olgoso adecua la velocidad a la distancia impuesta por cada relato. Desde antaño, el autor ha mostrado su predilección por el esbozo y el escorzo, el apunte y el ajuste, por esa imagen fugaz o ese instante raro que hostiga la imaginación lectora, pero sus historias no responden a unas únicas hechuras y en el volumen podemos saltar desde una brevísima Lección de música (una pieza de apenas doce líneas) hasta las casi veinte páginas de Los palafitos.

Nuestro paisano sigue el camino hollado con anterioridad por autores como Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Franz Kafka, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, númenes suyos. Sus relatos son incursiones valerosas, temerarias incluso, en el mundo de lo bizarro; un universo en el que lo extraordinario es señal de imprevisto y portento, pero también sinónimo de abismo y vértigo; un mundo habitado por individuos hoscos, esquivos, ofuscados, que ponen una fe ciega (o enceguecida) en sus alucinaciones más ávidas, descreídos como están de la realidad, tan embustera, y de sus congéneres, tan engañosos. Muy pocas veces escaparán indemnes a la trama pues, como todo el mundo sabe, la fantasía es ancha y honda y peligrosa. De Olgoso diríamos lo que dice de sí el narrador de Gabinete de maravillas, que se dedica "a una selecta pérdida de tiempo y a una estimulante consecución de mesurados placeres, a saber, el estudio de la lógica en acontecimientos absurdos y el escrutinio de la belleza en hechos escabrosos".

Un párrafo aparte merece su estilo: minucioso, exacto, feraz. El escritor engasta palabras como gemas en las nervaduras del libro, esculpe filigranas barrocas en cada ángulo del relato y hermosea la página con sugestiones mil, tan reveladoras como inquietantesý e inagotables. Hace literatura, en fin, de no sé cuántos quilates. La suya es una prosa quintaesenciada en donde no son infrecuentes las ráfagas de una poesía hiriente, como aire helado, poderosa. Una poesía que, digan lo que digan esas voces tendenciosas reseñadas al principio, no se consigue sólo a través del verso.

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