El fin de tres semanas de 'amor y lujo'

  • El calor no mengua la emoción por asistir al último concierto en el fastuoso Palacio de Carlos V

  • El corte de calles por una carrera retrasó la llegada de parte del público

La espera se hace más llevadera tomando algo en el ambigú. La espera se hace más llevadera tomando algo en el ambigú.

La espera se hace más llevadera tomando algo en el ambigú. / reportaje gra´fico: c. G..

Desde hace tres semanas el complejo monumental de la Alhambra -Palacio de Carlos V, Teatro del Generalife, Patio de los Arrayanes y Plaza de los Aljibes- ha vivido cada noche en un mundo de celuloide que bien podría haber recogido los guiños de la mismísima Ava Gardner o una riña elegante por los focos entre Katherine Hepburn o Bette Davis, esa malvada superlativa.

Los destellos ocres de la fortaleza roja y del palacio renacentista son desde hace 66 años la luz perfecta para ver lo mejor de la música y la danza del momento y ayer el halo no defraudó. El Festival de Granada se despidió anoche con una media sonrisa de quien se sabe cuasi eterno. Del que no llega a decir adiós, solo hasta la vista.

Anoche poca gente quiso perderse este adiós pasajero. En el más amplio de los sentidos, pues hubo un centenar de personas que tuvieron que esperar a la segunda parte del concierto para poder entrar al Palacio de Carlos V. El motivo, la carrera urbana previa a la Ultra Sierra Nevada que obligó a cortar la calle Molinos, principal acceso al complejo monumental. Según explicaban los rezagados al llegar, los taxis tardaron casi una hora y media en poder subir.

A sabiendas de la situación, la organización del festival retrasó casi 10 minutos la hora del cierre de puertas, pero a las 22:38 ya no había vuelta atrás: había que esperar hasta el descanso para acceder. Los instantes posteriores fueron tensos: "Hora y media para llegar" se quejaban los pequeños grupos que con cuentagotas fueron apareciendo. "25 euros me ha costado el taxi", decía una señora. Y otro: "¿A quién se le ocurre hacer una carrera en la carretera que sube?".

Hay que decir que la organización hizo su parte. Esperó hasta el último segundo para cerrar el acceso y el personal de la puerta explicó a los que tuvieron que esperar la situación. Hasta aguantaron profesionalmente alguna que otra lengua libre con ansia por desahogar la impotencia.

Juan García Montero fue uno de los que tuvo que esperar a que empezase la segunda parte, y como la mayoría aprovechó para ir hasta el ambigú a hacer el rato más agradable. Hubo quienes no eligieron esta opción y decidieron acudir a la taquilla para poner una reclamación al Festival.

Los que sí llegaron con tiempo, la mayoría, esperaron en el paraje exterior del Palacio de Carlos V con la respiración algo agitada en parte por el calor que viene azotando de nuevo Granada estos días, en parte por el final de casi un mes de 'amor y lujo' que se acercaba con la cabeza bien alta: la música de Mozart a cargo de la Orquesta Ciudad de Granada.

A 30 minutos de que diera comienzo el concierto final de temporada la mayoría del público abarrotó la zona del ambigú. Las formas más recurrentes eran las cervezas y copas de vino sobre las mesas.

Era en un banco frente al acceso donde se podía ver a uno de los auténticos amantes del Festival. Su nombre es José Gonzalo Olivares Higueras y la primera vez que acudió al Festival lo hizo con sus padres para ver a Zubin Mehta dirigiendo una orquesta sin partituras, cuenta. En cuanto a esta edición, en la que declara haber echado mucho en falta la presencia de la reina emérita Sofía de Grecia, cuenta que ha podido ver unos nueve conciertos y entre sus favoritos estuvieron el de la Novena de Beethoven con Zubin Mehta y Mayte Martín, de la que "sabía que cantaba pero no con ese gusto".

Esta edición del Festival además despide a su actual director, Diego Martínez, que durante los últimos cinco años ha estado al frente de la organización. Este fin de etapa dará paso al director granadino Pablo Heras-Casado que se hará con el cargo el próximo septiembre. Pero esa será otra crónica.

Lo que nos ocupa es la pasada jornada. La última noche de una edición que ha guardado en su epidermis veladas de ensueño. Voces de ópera a las que se les unían pajaros despistados del Hospital Real; danza contemporánea en el que cuerpos apolíneos evocaban la memoria de uno de los mejores coreógrafos de la historia; goyescas y bailes populares en carne del Ballet Nacional; catedrales de torsos flamencos para reivindicar la feminidad libre; la vuelta a la vida de Beethoven junto a Zubin Mehta y Miguel Ríos; los quejíos flamencos de Mayte Martín eviscerados por notas de instrumentos clásicos o una Trágica en los virtuosos dedos de la London Symphony Orchestra han sido solo algunos de los susurros de amor que esta 66 edición del Festival de Música y Danza le ha dedicado a Granada.

Las visitas obligadas al ambigú en los descansos de los espectáculos y conciertos han sido una temporada más un clásico y un guiño cómplice a una de las cualidades de este evento: su carácter social. Desde su fundación el Festival ha sido también una pasarela de grandes intelectuales, artistas, políticos y aristócratas. Un desfile de grandes presencias que aumentaban así el 'caché' del evento, o viceversa.

Como una temporada más, el arte y la música han tenido su historia de amor dulce de cine clásico. Un idilio que supera ya el medio siglo y que se alza en el podio de los mejores festivales de Europa. El mejor presente contínuo que se puede desear.

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