Un final con puntos suspensivos

  • Daniel Barenboim clausura el certamen con la magistral interpretación de la 'Novena' de Bruckner, la sinfonía que el compositor autriaco dejó inacabada

El Festival Internacional de Música y Danza terminó ayer en puntos suspensivos, inacabado. Porque el público que abarrotaba el Palacio de Carlos V se quedó con ganas de más. De más Bruckner y de más Daniel Barenboim, un soberbio y magistral Daniel Barenboim que, al frente de la Staatskapelle de Berlín, concluyó el miniciclo que le ha dedicado al certamen granadino con la ejecución de las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner. La Sinfonía numero 9 en Re menor, La inacabada, sonó de manera majestuosa y dejó entre el público la sensación de querer más, de seguir escuchando música. El festival se cerró como los grandes festivales: con un público entregado.

La Novena de Bruckner, tal vez su sinfonía más mística y religiosa, es también el compendio de toda la obra sinfónica del maestro austriaco, un maestro que estuvo años casi destinado al olvido y que ahora vuelve a ser reivindicado como uno de los más grandes de su tiempo. Lo reivindica el público y lo reivindican los grandes festivales. Pero nunca fue ignorado por los grandes compositores, desde Mahler a Gustav Holst. En la obra de éstos siempre quedó la impronta bruckneriana.

Barenboim, uno de los mayores especialistas en Bruckner, regaló al festival granadino tres auténticas joyas en los tres últimos días con la interpretación de La Séptima, la Octava y la Novena sinfonías, un regalo tan monumental como el propio Palacio de Carlos V, un regalo abrumador de tanta hermosura, de tanta belleza musical, de tanta perfección armónica.

La última velada del certamen, la dedicada a la Novena, prometía ser una velada apoteósica. Después del éxito de los dos días anteriores, de la maestría con la que Barenboim y la Staatskapelle habían esculpidos las sinfonías, el público ya iba predispuesto a tener otra noche mágica. Y la tuvo.

Daniel Barenboim es tremendo en la dirección, en el conocimiento tan profundo que tiene de la creación bruckneriana. Supo ver en él, en su manera de escribir, no el estilo de un compositor romántico y post-wagneriano, sino también de alguien que había bebido hasta su esencia la tradición musical del Barroco o de la música medieval. Y en la Novena hay mucho de eso, como ese segundo movimiento, ese Scherzo con movimiento y vivo, que tiene mucho de la fuerza del Barroco y que Gustav Holst debió estudiar hasta la saciedad antes de ponerse a escribir la partitura de Los planetas.

Barenboim supo imprimir grandeza a toda la partitura, desde la imponente solemnidad del primer movimiento hasta la extinción sonora del tercer movimiento, el Adagio, que Bruckner, intuyendo ya su muerte, como había intuido la de Wagner, subtituló Despedida de la vida. No conseguiría más que esbozar algunos centenares de compases de lo que habría de ser el Cuarto Movimiento, por lo que la obra está, aparentemente, inacabada.

Pero la forma en que Barenboim dirigió la partitura dio la sensación de que el Adagio es ciertamente el final, un final que se va apagando lentamente, como la vida, hasta fundirse sin estrépito en el silencio. Así quedó el Palacio de Carlos V. En puntos suspensivos. Hasta que estallaron los aplausos a rabiar. Más de cinco minutos. De no ser así, el director se habría despedido de Granada con una sensación de extrañeza. Los cinco minutos de aplausos son casi una obligación del público.

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