El galeón fantasma

  • Tusquets publica 'El navegante dormido', obra del escritor y poeta cubano Abilio Estévez, con la que cierra la trilogía dedicada a la historia reciente de su país

Hacia el final de El navegante dormido, Olivero, un personaje fantasmal entre la corte de fantasmas que habitan estas páginas, sostiene un memorable monólogo en la cocina de la casa familiar, cuyo fin es explicar la diferencia, la esencial diferencia, entre países con nieve y países sin nieve. En ese momento (y también durante toda su vida anterior), Olivero se encuentra en Cuba, al borde de la playa, esperando junto a los demás la llegada del huracán Katherine, que ya zarandea y sacude la frágil cerrazón de las ventanas. Así, para Olivero, la nieve de los países con nieve es la que ha propiciado la privacidad, el silencio, la labor, la soledad del individuo creativo, el agua venidera que acrecentará las cosechas. En Cuba, sin embargo, país sin nieve, lo que ha quedado es una exterioridad climática, un lento vagabundeo de los sentidos, que invitan tanto a la inactividad, al hedonismo, como a la indiferencia. Es decir, al pesimismo que envuelve a El navegante dormido.

¿Por qué memorable este monólogo de Olivero? Herder, el padre del historicismo romántico (véase Ibarretxe), hubiera firmado sus palabras como verdad intocada. Y don Claudio Sánchez-Albornoz, el formidable polemista que rebatía a don Américo Castro, no hubiera negado un algo de razón al inveterado influjo del paisaje. Sin embargo, el motivo último de ese discurso agónico y absurdo no es la asimilación del hombre y la robleda, de la piedra y el hálito sagrado de la tribu. No. La razón larvada de Olivero es la desesperanza; y la equiparación de su desdicha (la vida aminorada y otra, en perpetua vigilancia, de quienes viven bajo la tiranía), con la potencia descomunal y el sino trágico, ciego, devastador, de un cataclismo. Si hay algo que modula la literatura hispanoamericana desde Rubén a nuestros días, es este confundirse del hombre y su avatar con un colosalismo, amigo o enemigo, que lo subyuga. Del mencionado Darío a José Eustasio Rivera, de Asturias y Uslar Pietri al cubano Carpentier, la intromisión de la naturaleza, su omnipotencia creativa o destructora, es algo que ha caracterizado un tipo de escritura que en el siglo pasado se llamó "lo real maravilloso". Sin embargo, no se trata de un determinismo a lo Herder o a lo Cesare Lombroso. Al contrario, es la constatación, el recuerdo, la evidencia continental, de la vieja ligazón del hombre con lo inanimado y misterioso, también con la profundidad de la Historia, que en la intelectualizada Europa de las vanguardias ya no era posible. Con lo cual, y dicho todo esto, Abilio Estévez, el autor de El navegante dormido, no hace sino equiparar, desde la ironía y la tragedia, la dictadura de Castro con un tifón celérico e inesperado; y en suma, con algo ajeno a la voluntad de los hombres.

Esa conciencia de lo inevitable, del peso del Hado, es lo que abruma las páginas de esta novela ambiciosa, espectral, de una hermosura infausta. La dilatada saga de los Godínez, protagonista de El navegante dormido, es poco más que una colección de aparecidos que sueña con antiguos esplendores y la sorpresa inmarchitable del viaje. No obstante, se hallan encerrados en una isla, por el doble motivo del huracán venidero y la antigua costumbre de una tiranía vigilante. Todo lo que se hace aquí es esperar: esperar el temporal, esperar la muerte, esperar una hora de valentía nocturna y marcharse en barca hacia alguna tierra promisoria. Recuerdo ahora la estupenda novela de Julio Travieso Serrano, El polvo y el oro, donde la decepción, la fatiga, el largo oprobio, también venían narrados a través de una familia de habaneros. En fin, la nieve como metáfora de la prosperidad y como lívida imagen del asombro. Al comienzo de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía, ante el pelotón de fusilamiento, recuerda la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. En esa breve memoria del misterio, se encierran tres antiguos tesoros: la esperanza, la infinitud del mundo, la promesa de nuevos e incalculables prodigios. En El navegante dormido ocurre justamente lo contrario: nadie llevará a los Godínez a contemplar, atónitos, el delicado milagro de la escarcha.

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