Las garras de la tristeza

Fantástico, EEUU, 2009, 96 min. Dirección: Spike Jonze. Guión: S. J. y Dave Eggers, a partir del cuento ilustrado de Maurice Sendak. Fotografía: Lance Acord. Música: Carter Burwell y Karen O. Intérpretes: Max Records, Catherine Keener, Mark Ruffalo y las voces originales de James Gandolfini, Forest Whitaker, Chris Cooper, Catherine O'Hara. Cines: Cinema 2000, Kinépolis.

Antes una película sobre la infancia que una película infantil, en ningún caso una película infantiloide (para eso ya tenemos Avatar y su ecologismo barato), Donde viven los monstruos adapta el espléndido e inquietante cuento ilustrado de Maurice Sendak, obra de culto publicada en 1963 (y editada ahora en España por Alfaguara) que condensaba en apenas 30 páginas, 18 dibujos y una decena de frases todo un fascinante viaje de ida y vuelta por los sombríos territorios de la imaginación infantil destinado a convertirse en uno de los cuentos más premiados y valorados de la era moderna.

Liberado del peso de la escritura autoconsciente de Charlie Kaufman, protagonista excesivo de los alambicados guiones de sus dos primeros filmes (Cómo ser John Malkovich y Adaptation), Spike Jonze acude aquí a ese cuento mínimo y delicado para desarrollarlo en una hermosa forma cinematográfica que asume ciertas licencias argumentales (se amplía el marco disfuncional de la familia de Max, más acorde a ciertos modos del cine indie) para estallar en toda su dimensión poética en ese territorio imaginario en el que habitan los monstruos y a donde llega Max (Max Records: todo encanto, todo matices) en un pequeño velero, empujado por la angustia y la rebeldía después de una disputa con su madre (Catherine Keener).

Tras el prólogo de juegos y decepciones y la fuga en mitad de la noche, Jonze materializa este universo fantástico a través de una cámara dinámica y vibrante, con el espíritu pop de las canciones de Karen O y la cualidad intemporal de la música de Carter Burwell, respetando la fisonomía de bestiario de sus criaturas, enormes peluches hensonianos de ojos grandes y garras afiladas que muestran a un tiempo su ferocidad y su infinita tristeza (en el doblaje castellano, pasable, nos perdemos las voces originales de James Gandolfini, Forest Whitaker, Chris Cooper o Catherine O'Hara), para reinterpretar el bosque original, que nacía a los ojos del niño en su propia habitación, en una topografía terrosa, horizontal y prehistórica en la que, en apenas unos metros, conviven el mar y el desierto, el subsuelo y los espacios abiertos, un imaginario original a mitad de camino entre los paisajes de El principito y los rincones oscuros de los cuentos tradicionales.

Serán éstos los lugares por los que Max y los monstruos ejecuten su salvaje danza de la libertad para espantar su soledad, una danza desaforada, alegre y festiva que desafía las leyes de la gravedad pero que deja entrever también el peligro y el agotamiento de la aventura, la constancia de la fragilidad, el asomo de la muerte entre los pliegues del juego eterno.

Es cierto que puede acusarse a esta adaptación de haber rellenado de psicología lo que en el cuento de Sendak era siempre ambiguo e inexplicable. De igual forma, se puede achacar también a los autores el haber remarcado en exceso los paralelismos entre las acciones en el mundo real y las del mundo de los monstruos, estableciendo un vínculo primordial entre la mirada (perpleja, extrañada) de un niño al universo de los adultos (los monstruos y sus rencillas). Licencias, me temo, necesarias para llevar a buen puerto un proyecto comercial de altísimo riesgo, ni fácilmente digerible para el público infantil de hoy, aturdido por el color de lo tecnológico, ni tampoco atractivo a priori para el público adulto, más pendiente de otros avatares. Las asumimos y perdonamos con gusto, fascinados por el enorme poder emocional del filme, por su hermosa imaginería extemporánea capaz de transportarnos al refugio de nuestra propia infancia.

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