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de guerra

  • En 'Guerra y paz' Tolstói adopta una posición cuasi romántica ante el conflicto l Pero en la guerra, como en el amor, también se da esa dolorosa y sangrante escisión que separa la realidad del deseo

A menudo la vida se presenta como un Valle de Lágrimas, una hermosa estampa que privilegia nuestra faceta de sufridores, pero ¡a santo de qué engañarse! La metáfora exacta de la existencia, tanta es la ferocidad engastada en nuestro ADN, más bien sería la del campo de batalla. Imaginen una retícula de trincheras, un terreno parcheado de cráteres, un dédalo de alambradas sobrevolado por las avionetas biplano del azar; eso es la vida. ¿No escuchan el tableteo de las ametralladoras? ¿El alud del cañoneo? ¿El resuello nervioso de los caballos lanzados al galope? ¿El tañido de las espadas? ¿El silbido de la piedra en la honda? ¿El impacto de la quijada contra la nuca? El fragor se pierde en la noche de los tiempos y se anuncia en el crepúsculo venidero. Nunca nos han faltado enemigos emboscados, nunca hemos dejado de emboscarnos, nunca aprenderemos. La existencia es un conflicto continuo. Desde el fulgor milagroso del nacimiento hasta el instante inexcusable de la muerte, la lucha es tan acusada y general que nadie sabría decir de qué hablamos cuando hablamos de guerra.

A veces, alguien la evoca como si se tratara de un superespectáculo hollywoodiense. Esto es así desde antes, incluso, de que Hollywood existiera. Al principio de Guerra y paz (1866), la alta sociedad rusa entretiene sus veladas con chismorreos varios y noticias recientes del avance de Napoleón en Europa. La guerra está tan lejos y tan maquillada en las conversaciones que algunas madres no dudan en servirse de influencias para que un hijo sin futuro entre en el ejército, convencidas de que es un modo de hacer carrera tan bueno como cualquiera. Los uniformes, tan vistosos, parecen bastarse para investir de heroísmo al soldado. Los desfiles, tan coloristas, llenan los pechos de un aire viciado por el orgullo. Las banderas y los himnos, cabalgando el viento, parecen ser sinónimo de victoria, de laurel, de gloria. Y Dios está de nuestra parte, forzosamente. Luego, en el combate, los uniformes se enfangan, las tropas se entremezclan, Dios confunde a los suyos con los contrarios, y del hijo enviado al frente, en vez de medallas, llega una nota de condolencia: Lamentamos comunicarle queý

A pesar de esto, en Guerra y paz Tolstói adopta una posición cuasi romántica ante el conflicto. Las simpatías del patriarca de las letras rusas no estaban entonces con los soldados rasos, ésos que no tienen con qué remendar las botas de campaña, animales destinados al sacrificadero de las causas ajenas; Tolstói estaba del lado de las clases para las que la guerra es una forma de promoción dentro de la jerarquía o, como diría el bueno de Nicolás Maquiavelo, un modo de adquirir y de mantener lo adquirido. Los protagonistas de la contienda, para él, son esos oficiales (no es broma) que sacaban lustre a las charreteras, se peinaban con cuidado, se lavaban los dientes y perfumaban antes de entrar en combate. No cabe imaginar ficción más contraria a la verdad que la de la guerra como pacto entre caballeros. No obstante, a Tolstói no se le escapan los contrastes que se abren, cual heridas, entre el ideal guerrero y el hecho bélico, y el horror hace acto de presencia en su novela, indefectiblemente. En la guerra, como en el amor, también se da esa dolorosa, sangrante escisión que separa, irremisiblemente, la realidad del deseo.

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