Un referente del arte actual La autora falleció el pasado lunes a los 98 años

Las heridas de Louise Bourgeois

  • La artista francesa siempre concibió la creación como un doloroso proceso de aceptación de un pasado, el suyo propio, marcado por el abandono familiar de su padre, que se marchó con su profesora

La escultora Louise Bourgeois, nacida en París en 1911 y fallecida este lunes en Nueva York, siempre entendió la creación como un exorcismo, como la vía para liberar los temores y abordar los traumas del pasado. La fuerza de esa producción artística emprendida desde la necesidad de cicatrizar heridas se percibe estos días en dos museos andaluces: tanto el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Málaga como el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), en Sevilla, exponen estos días piezas -pertenecientes a sus colecciones permanentes- en las que queda de manifiesto la desgarrada expresividad que caracterizaba a la artista.

La artista era muy conocida por sus trabajos abstractos y surrealistas, en especial sus esculturas y dibujos, algunas de ellas muy conocidas como la gigantesca araña en bronce, de más de nueve metros de altura, titulada Maman. Bourgeois, que trabajó con artistas como Fernand Léger, se instaló en Nueva York en los años cuarenta y ejerció toda su carrera, con gran influencia en artistas jóvenes, en Estados Unidos.

Realizó pinturas, trabajos en papel, madera y cristal, así como murales hechos con objetos recogidos de la calle y esculturas de distintos materiales, como mármol, metal, plástico y látex, aunque temas como la sexualidad, la familia y la soledad se matuvieron constantes en sus obras.

"Todo lo que hago está inspirado por los comienzos de mi vida", dijo la artista con motivo de la retrospectiva que le dedicó el MoMA de Nueva York en 1982. Y era así. Bourgeois reviviría constantemente sus miedos, y saldaría así deudas con su pasado, en el proceso escultórico. La autora volvía una y otra vez a los abismos de la ausencia de amor, a la figura de un padre autoritario obstinado con la autenticidad moral, y sin embargo capaz de engañar a su mujer enferma con la institutriz. Esa agresividad hacia los allegados también se daba en sus consultas sobre la identidad femenina. Cuando en 1971, Arts Magazine le preguntó sobre la posición de las mujeres en el mundo del arte, ella respondió con una sentencia rotunda: "Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez que no será eliminada". Esa tensión entre lo masculino y lo femenino, o entre lo activo y lo pasivo, generó múltiples imágenes de la producción de Bourgeois. "Una chica puede sentirse aterrorizada por el mundo. Sentirse vulnerable, ya que puede ser herida por el pene, de modo que trata de tomar la misma arma del agresor", argumentaba. Según creía, esta aprensión provenía de una educación irracional al respecto, lo adecuado sería inculcar a la niña que el hombre también puede encontrarse desamparado. Para ilustrar esta idea, la escultora contaba un episodio de la juventud, cuando estudiaba en París y un modelo masculino de desnudo no supo controlar una erección tras observar a una alumna. Bourgeois pensó entonces: "¡Qué suceso tan fantástico, revelar tu vulnerabilidad, exponerla de manera tan explícita!".

Louise Bourgeois, que no alcanzó la notoriedad hasta finales de los años 70, realizó su búsqueda desde la independencia más absoluta. La artista consideraba "el primer suceso afortunado" de su vida la escasa repercusión que sus piezas obtuvieron en los inicios. Desatendida por el mercado artístico, tuvo entonces "el privilegio de gozar de mi propia intimidad". Pero no sería un camino fácil, lleno de incertidumbres que llevaban al desánimo. "Cada día es una nueva ocasión para intentarlo, mañana también, toda una vida de oportunidades encadenadas", se alentaba a sí misma. En Bourgeois, la fragilidad de la persona y su grandeza como artista eran indivisibles; sus obras causaban una conmoción turbadora porque se modelaban desde el tormento, procedían del miedo.

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