El héroe y las máscaras

  • 'Watchmen' es lo que 'El Quijote' a las novelas de caballerías; publicada entre 1986 y 1987, hay un antes y un después de esta miniserie de doce entregas

Corre el año 1985, Estados Unidos ha vencido la guerra en Vietnam con la inapreciable ayuda de varios superhéroes patrios y patriotas; Richard Nixon ha sido reelegido presidente por quinto mandato consecutivo gracias a una oportuna enmienda de la Constitución y ningún escándalo afea su expediente (tiempo atrás, antes de destapar el Watergate, aparecieron en un garaje los cadáveres de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein); la Unión Soviética ronda las fronteras de Afganistán sin osar poner un pie dentro, pues teme enfrentarse a una superpotencia con un superhombre como Doctor Manhattan en sus filas. El equilibrio es precario, una torpe torre de naipes delante de una ventana abierta… Éstas son las coordenadas de la incendiaria ucronía ideada por Alan Moore e ilustrada por Dave Gibbons que asestó un duro golpe a la tradición superheroica. Watchmen es lo que nos dijeron que fue El Quijote: la novela de caballerías que acabó con todas las novelas de caballería. Publicada entre 1986 y 1987, como una miniserie de doce entregas, hay un antes y un después de Watchmen en el mundillo de los héroes enmascarados; ninguno podrá mirarse ya al espejo sin sospecha.

La táctica, habitual en las historias pergeñadas por Moore, se basa en reunir un material reconocible, incluso familiar, y ahogarlo en las aguas de un nihilismo turbulento. Corre el año 1985, decíamos. Los héroes que una vez lucharon contra el crimen ahora están fuera de la ley: el gobierno ha prohibido por decreto que ejerzan su profesión. Los años han aportado también su granito de arena, sus gramitos de grasa, a la decadencia. Entre ellos, alguno ha echado barriga y cualquier esfuerzo lo hace sudar como los condenados en el infierno; entre ellas, ninguna podrá vestir con igual solvencia las falditas de antaño. A pesar del veto y de la edad, hay quienes como Rorscharch -un psicópata cuya idea de justicia es tan sucia como el propio delito- se obstinan en patrullar las calles. El asesinato de un antiguo compadre, El Comediante, convence a Rorscharch de la existencia de un complot para quitar de en medio a la vieja guardia, pero ¿quién y por qué esta nueva noche de los cuchillos largos? Conforme vayan cayendo los ángeles custodios, la ciudadanía sacará lo peor de sus adentros. Rusia pisotea las fronteras afganas y Richard Nixon, desde un refugio atómico, duda si desencadenar o no la madre de todas las tormentas. Sobre el planeta caen los sombrajos del fin del mundo, y no está claro que Rorscharch y los suyos lleguen a tiempo…

Si el tebeo de superhéroes tradicional dejaba claro dónde estaba el bien y dónde el mal, tras esta insolencia, hemos dicho, nada volvería a ser igual para los justicieros de papel. Watchmen, no obstante, no se agota en este interesante vuelco de la épica superheroica. Alan Moore, uno de los guionistas más talentosos y reputados del Noveno Arte, enhebra una interesantísima inquisición a propósito de la máscara, de toda máscara, en una trama propicia. En Watchmen, quienes han sido paladines enmascarados han de vérselas con graves trastornos de identidad. No puede llevarse una doble vida, o pasar la mitad de ella vestido con un traje pop, sin acabar siendo carne de psiquiatra. Y es que si la máscara oculta el rostro, desenmascara a la persona (según los entendidos, el disfraz dice tanto de nosotros como una confesión al sacerdote). Incluso si ésta no fuera una proyección nuestra, sino una imposición, la máscara devorará el rostro oculto y lo sojuzgará. Nadie es inmune al influjo de la máscara; ni siquiera el héroe.

A propósito de la labor de Dave Gibbons podría hablarse, sin temor a exagerar, de 'puesta en escena', tan meticulosa e inteligente como atractiva e inspirada. Se ha discutido mucho, y para mal, de la influencia del cine en el cómic; nos toca volver a hablar, para bien, de dicha (y tan dichosa) influencia. Gibbons introduce en la viñeta travellings de todo tipo, montajes en paralelo, planos subjetivos, fundidos, ralentíes y transiciones extraídos de la retórica cinematográfica. Los resultados son admirables. Nuestros ojos no recorren la página; son las páginas las que corren ante nuestros ojos. En breve: puesto que el libreto y el dibujo son extraordinarios, y la imbricación entre ambos es perfecta, estamos hablando pura y llanamente de una Obra Maestra.

El cómic las tiene a montones.

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