El hijo de Lorca

En el año 1966 yo no era más que un adolescente con ilusiones de escribir un día, escribir cualquier cosa, poesía, artículos o cualquier cosa, pero recuerdo que un día viendo la televisión saltó ante mis ojos la noticia de que habían concedido el Premio Nacional de poesía a un joven muchacho barcelonés llamado Pedro Gimferrer por su primer libro publicado Arde el mar (1966). El libro significó un soplo de aire fresco en un ambiente poético enrarecido por el franquismo y por las vulgaridades de los epígonos de la poesía social. Para mí supuso la confirmación de una vocación literaria: yo quería escribir poemas como los que podía leer en aquel libro: "Oh ser un capitán de quince años / viejo lobo marino las velas desplegadas / las sirenas en los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas…". La infancia y la juventud se unían en la magia de las palabras.

Después de un debut tan brillante, la continuación es siempre difícil, pero Pedro Gimferrer no se arredró, sino que, al contrario, quiso demostrar su valía enfrentándose con un reto aún más arriesgado, continuar al Lorca más revolucionario sin aparecer como un burdo imitador de Lorca, y en 1968 publicó La Muerte en Beverly Hills: "Llevan una rosa en el pecho los enamorados / y suelen besarse entre un rumor de girasoles y hélices. / Hay pétalos de rosa abandonados por el viento en los pasillos de las clínicas./ Los escolares hunden sus plumillas entre uña / y carne y oprimen suavemente hasta que la / sangre empieza brotar…"

Dos años más tarde, Gimferrer se convierte en uno de los impulsores de lo que fue la renovación poética en el último tercio del siglo XX, la antología Nueve Novísimos poetas españoles, prologada por José María Castellet, pero en cuya elaboración y selección el joven Gimferrer tuvo mucho protagonismo. Hay quienes han descrito a esta antología como una justificación cultural del desarrollismo franquista: aquí también puede escribirse buena poesía a pesar de la dictadura. Pero lo cierto es que la misma significó un antes y un después en el desarrollo de la poesía española de aquellos años y, sin duda, propició la reacción que vino después, la poesía de nuestra generación: la otra sentimentalidad y la poesía de la experiencia.

No encuentro un mejor destinatario en el panorama de la poesía española actual que Pedro Gimferrer para unirse al legado y a la herencia de nuestro clásico más universal. Precisamente porque supo rescatar su obra como nadie del folklorismo barato, a veces bien intencionado, del tardofranquismo e incorporarlo a la tradición más moderna de la nueva poesía española. Sin embargo, el Pere Gimferrer posterior a estos primeros libros, el que decidió escribir en catalán, ya no me interesó tanto, quizá por defecto mío. O porque los tiempos cambiaron definitivamente.

Me dio un beso y era suave como la bruma

dulce como una descarga eléctrica

como un beso en los ojos cerrados

como los veleros al atardecer

pálida señorita del paraguas

por dos veces he creído verla su vestido

(estampado el bolso el pelo corto y

(aquella forma de andar muy en el

borde de la acera.

En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo

de paladines en cámara lenta

sobre una pantalla plateada

como una pantalla de televisión son las imágenes

de mi vida los anuncios

y dan el mismo miedo que los objetos volantes

venidos de no se sabe

dónde fúlgidos en le espacio.

Como las banderolas caídas en los yates de lujo

las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de los hoteles

estar enamorado es una música una droga es como

escribir un poema

por ti los dulces dogos del amor y su herida carmesí.

Los uniformes grises de los policías los cascos

las cargas los camiones los jeeps

los gases lacrimógenos

aquel año te amé como nunca llevabas un

vestido verde y por las mañanas sonreías

Violines oscuros violines de agua

todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea telefónica

los silfos en el aire la seda y sus relámpagos

las alucinaciones en pleno día como viendo fantasma luminosos

como palpando un cuerpo astral

desde las ventanas de mi cuarto de estudiante

y muy despacio los visillos

con antifaz un rostro me miraba

el jardín un rubí bajo la lluvia

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