Análisis del Festival

Entre lo importante y lo anecdótico

  • Destacan los seis sinfónicos de la Nacional, la Royal Concertgebouw y la Staatskapelle Berlin ýcon Messiaen y Brucknerý, junto con la versión para concierto de la ópera ýPorgy and Bessý

El Festival de Málaga –perdón de Granada, como enseguida rectificó la consejera de cultura en un lapsus que recordó al de Franco cuando, dicen los que estuvieron en la Plaza del Carmen, confundió a los granadinos con los malagueños, por lo que nadie se asombró ni antes ni ahora–, plantea su 57 edición con dos bloques que yo definiría entre lo importante y lo anecdótico. Lo segundo lo marca las cosas, de mayor o menor interés, colgadas por cuestiones coyunturales: el bicentenario de la guerra de la independencia, con las músicas que se hacían en la época –este año toca ser patriotas, y recordar la gesta contra los franceses, ya que el año pasado tuvimos afrancesamiento por un tubo– y el año europeo del diálogo intercultural que ha propiciado la propia Asociación Europea de Festivales. Se han colgado cosas interesantes  y hasta tendremos un estreno, la obra y el conjunto de Uri Caine sobre Los desastres de la guerra, de Goya. Su Esemble y las voces de Carmen Linares –flamenco– y Celia Mur –jazz–, sobre textos de José Ramón Ripoll, seguro que no dejará indiferente a nadie.

Pero, al margen de estas alusiones puntuales, creo que debemos concentrarnos en lo importante musicalmente de un Festival, aunque tenga su interés y su espacio, incluido el capítulo de danza, con el Cullberg Ballet, Ballet Víctor Ullate, Eva Yerbabuena, Astad Debodd Dance Company y el Staatstballet Berlin, entre otros. Me refiero al capítulo musical propiamente dicho, con seis conciertos sinfónicos, el primero de ellos de la Nacional, con Pons, en un programa wagneriano, fundamentalmente, y, sobre todo, con el regreso de la Royal Concertgebouw Orchestra, cuyo recuerdo vivo lo tenemos muchos aficionados y críticos de su paso por el Festival en 1984, y este cronista el año pasado, en Santander, con Bernard Haitink, que fue quien dirigió los conciertos en Granada, donde precisamente interpretó en el festival cántabro una de las sinfonías de Bruckner –la octava– que pondrá Barenboim en su tripleta sinfónica del compositor austriaco. La Royal Concertgebouw es una de las primeras orquestas del mundo y hace muy bien el Festival con incorporarla de nuevo a su nómina de acontecimientos. Sobre todo, programando una de las obras cumbres del sinfonismo del siglo XX, en el centenario del nacimiento de Olivier Messiaen, la Sinfonía Turangalila, un canto al amor, a la vida, a la muerte y a todo aquello que conmueve el espíritu humano, trazado con el lenguaje tan personal y renovador del compositor galo, con Jean-Yves Thibaudet, al piano, y Cynthia Millar, con ondas Martinot, bajo la dirección del titular de la orquesta Mariss Jansons.

Barenboim, con la Staatskapelle Berlin, pone el sello sinfónico final, no por habitual, no menos esperado, con las tres últimas sinfonías de Bruckner, no prodigadas por su ‘elefantismo’ orquestal y por sus dimensiones, pero siempre cautivadoras, sobre todo si se logran en versiones como la que le escuchamos a la orquesta holandesa en Santander.

Aparte de solistas prestigiados, música de cámara, actividades para los niños, cafés conciertos que se destacan en otro lugar de este periódico, creo que hay que subrayar, por justo y necesario, el homenaje a Juan Alfonso García como maestro de capilla y organista de la Catedral. Lo que pasa es que Juan Alfonso no es sólo un organista ni un compositor de órgano, sino uno de los grandes creadores y maestros de creadores que ha dado Granada. Debería haberse ampliado su presencia –coral, sinfónica...– en un homenaje que se me antoja pequeño y limitado.

Ópera sin escena

Precisamente ayer el jurado empezó a examinar los más de cincuenta proyectos presentados para el futuro Teatro de la Ópera de Granada. Cuando esté levantado ese gran espacio escénico –y en funcionamiento, porque no sólo se trata de un ámbito arquitectónico, sino de darle contenido–, el Festival no podrá limitarse a poner, por ejemplo, en versión de concierto la ópera de Gershwin Porgy and Bess, ni siquiera la de Haendel Il trionfo del tempo e del desinganno, aunque tenga protagonistas tan excepcionales como la New Wolrd Symphony o Les Musicciens du Louvre. La ópera es la asignatura pendiente del Festival.

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