Letras hoy

La insoportable levedad del ser

  • Dos años después de su puesta de largo con 'Elefantiasis', el escritor Raúl Ariza entrega un segundo volumen de microrrelatos, que demuestra el buen momento por el que pasa el género

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En el año 2006, Raúl Ariza -"abogado de profesión y escritor vocacional", según reza su perfil biográfico- abrió un blog que debía cumplir "una función terapéutica": ser depositario de reflexiones de carácter personal y punto de encuentro con quien tuviera a bien leerlas. El 12 de mayo de 2008, Ariza colgó una primera pieza narrativa, El sueño eterno, un homenaje a la película de Howard Hawks, no a la novela de Raymond Chandler. El alma difusa -así se llama su blog- se transformó entonces en el refugio natural de una serie de relatos de pequeña extensión y extrema tensión que han ido forjando una importante cofradía de lectores; se cuentan por miles las visitas y los comentarios dejados por los navegantes de las procelosas aguas del océano ciberespacial. Este aplauso, el más sincero que quepa imaginar, fue aval suficiente para probar la aventura editorial a la vieja usanza. Gracias al apoyo entusiasta de un pequeño sello con sede en Madrid, Editores Policarbonados, el autor reunió un primer hatillo de piezas en un volumen de título afortunado, Elefantiasis (2010), medio centenar de estampas cotidianas en donde los apetitos humanos más comunes se daban de bruces con las mil y una formas que adopta la frustración.

La suave piel de la anaconda, su nueva criatura, llega respaldada por idénticas credenciales y valedores (Aunque, en el ínterin, Editores Policarbonados se ha transformado en Editorial Talentura). Estos cincuenta y un relatos -de los cuales, sólo un tercio procede del blog- insisten en unos temas definidos, sirviéndose de una voz y una mirada determinantes. En el prólogo, Ángel Olgoso señala: "Raúl Ariza ha conseguido en poco tiempo un estilo propio y reconocible, y hasta una extensión propia". Subrayo, una por una, estas palabras. Hablamos de unos relatos que, escritos desde la emoción, invitan a la reflexión. Hablamos de historias bochornosas en su cotidianidad, sorprendentes en sus desarrollos, inquietantes por todo cuanto dejan al descubierto. Hablamos de tragedias habituales en la comedia humana y de la insoportable levedad del ser, bien secundada por la implacable ligereza del microrrelato. Hablamos de gente corriente que ha de lidiar con traiciones y mentiras, pequeñas traiciones, pequeñas mentiras, que se bastan y sobran para hacerle a uno la vida imposible.

A lo largo de estos años y de estos dos libros, Ariza ha perfeccionado una estrategia narrativa basada en el trazo sesgado. Nunca entra de frente ni de lleno en sus historias, sino de manera indirecta, a partir de una idea tangencial, una acción periférica, un gesto superfluo, que son como esos árboles con el cometido de ocultarnos el bosque. El relato Los cuerpos, por ejemplo, arranca con el descubrimiento por parte de él de un lunar en el hombro derecho de ella; "justo donde empieza su brazo", escribe Ariza. El hallazgo cede el paso a una entrega física que saca a la superficie cuán poco se conocen y cuán lejos está el uno del otro. En La suave piel de la anaconda abundan los personajes solitarios y las historias de soledad, las de parejas que dejaron de amarse y desearse hace mucho y viven (o malviven) aferrados a otras pasiones extremas -el desprecio, el odio incluso- que deberían paliar esa sensación de desengaño que acabamos incorporando al equipaje de su existencia. El fruto amargo de ese desprecio es una violencia devastadora. Hay una situación recurrente en la narrativa de Ariza -que él se cuida de no hacer repetitiva-, la de un hombre o una mujer que ha asesinado a su pareja o a alguien cercano e intenta vanamente reconstruir esa normalidad quebrantada, ignorando lo obvio: lo que rompe la muerte no se puede reparar.

La suave piel de la anaconda, además de cumplir plenamente las promesas de Elefantiasis, supone un notable paso adelante. Por un lado, el autor ha refinado una prosa de por sí depuradísima en el tenaz empeño de quedarse con lo esencial (Raúl Ariza, y esto lo honra, reniega del palabreo; él va en busca de algo tan precioso como la exactitud). Por otro lado, ha trabajado con más ahínco un aspecto fundamental: la estructura. En un libro, una página ha de llevarnos a la siguiente de manera natural y esto, en estos casos, se consigue gracias a una concienzuda, empero sutil, distribución de los elementos. En La suave piel de la anaconda, Ariza no se ha contentado con reunir una serie de textos. Ha diseñado un andamiaje que los sostiene, los justifica, los enriquece.

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