Ciencia hoy- año internacional de la astronomía

Pero, ¿quién inventó el telescopio?

  • El telescopio, instrumento que cambió la percepción del Universo, presenta una historia confusa: Galileo fue el primero en apuntarlo al cielo, pero no hay acuerdo sobre su inventor

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LUDOVICO: […] Ahí tiene, por ejemplo, ese extraño tubo que venden en Ámsterdam. […]. Un estuche de cuero verde y dos lentes, una así - dibuja una lente cóncava - y otra así - dibuja una lente convexa - […] Con ese chisme se ven las cosas cinco veces más grandes. Ésa es su ciencia.

GALILEO: ¿Qué es lo que se ve cinco veces más grande?

LUDOVICO: Las torres de las iglesias, las palomas; todo lo que está lejos. […]

GALILEO: ¿Y dice que el tubo tenía dos lentes? Hace un dibujo en un trozo de papel. ¿Tenía este aspecto? Ludovico asiente. ¿Cuándo se inventó eso?

LUDOVICO: Creo que sólo unos días antes de salir yo de Holanda, por lo menos no llevaba más tiempo en el mercado.

Así recrea Bertold Brecht en su Vida de Galileo la primera vez que el genio de Pisa conoce, de boca de su alumno Ludovico Marsili, la existencia de un instrumento "con el que las cosas se ven cinco veces más grandes", es decir, un telescopio, una de las piezas clave en la revolución científica del siglo XVII que cambiaría para siempre nuestra concepción del Universo.

En realidad, esta escena sólo existió en la mente de Brecht. El propio Galileo, en su Mensajero de las estrellas (Sidereus Nuncius, 1610) describe cómo escuchó hablar por primera vez, en mayo de 1609, de una llamada lente espía que había sido construida en Holanda: "Hace unos diez meses llegó a mis oídos que un tal Fleming había construido una lente espía capaz de que los objetos lejanos aparecieran como cercanos. […]

Unos pocos días después, el rumor me fue confirmado, a través de una carta, por el noble Parisino Jacques Badovere, lo cual me animó a dedicarme en cuerpo y alma a responder los interrogantes que me llevarán a la invención de un instrumento similar".

Y bien que lo logró (aunque no conocía los fundamentos ópticos). En el verano de 1609 ya tenía un perspicillum -nombre con el que lo bautizó originalmente- de ocho o nueve aumentos que presentó ante el senado veneciano, muy interesado por sus aplicaciones militares. La demostración tuvo lugar en la cima del Campanile de la plaza de San Marco y los presentes quedaron fascinados: ¡la isla de Murano parecía estar sólo a trescientos metros! Para octubre o noviembre ya tenía uno de veinte aumentos.

Pero Galileo no fue el único. Un astrónomo y óptico inglés llamado Thomas Harriot ya había observado la Luna a través de un telescopio de su propiedad en agosto de ese mismo año; y Simón Marius, en 1608, había comenzado a construir telescopios y "descubrió" los satélites de Júpiter independientemente, y pocos días después, de que lo hiciera Galileo. A estos nombres se suman los de Fabricius, Cristoph Scheiner, etc., que abrieron un periodo de descubrimientos que aún no ha terminado.

Pero aún no hemos respondido a la pregunta que da título a este texto: ¿quién inventó el telescopio? Pues difícil pregunta.

Sabemos que en la antigüedad eran conocidas las propiedades aumentadoras de algunas piedras preciosas. Incluso una leyenda tradicional japonesa describe cómo unos gigantes de pelo rojo y rubio saquean Japón con la ayuda de un tubo "a través del cual se puede ver a miles de kilómetros".

Pero las lentes similares a las que conocemos ahora aparecieron a finales del siglo XIII en el norte de Italia. Los artesanos venecianos desarrollaron las técnicas de corte y pulido adecuadas para la construcción de unos finos discos de vidrio convexos por ambas caras y con aspecto de lenteja -lensis en latín, de ahí el nombre de lente-. Estas lentes, montadas en un armazón de madera, cuero o metal, constituyeron las primeras gafas.

En la década de 1450 ya existían todos los elementos para construir un telescopio, combinando lentes convexas y cóncavas, pero no parece existir ninguna referencia histórica respecto a algo parecido hasta 1570, cuando el matemático y astrónomo inglés Thomas Digges escribió que "situando adecuadamente unos cristales proporcionales en ángulos convenientes puedo descubrir cosas muy alejadas…". En 1578 otro colega inglés, William Bourne, publicó Inventos y aparatos, donde aseguraba que "para ver cualquier objeto pequeño a gran distancia se requiere la ayuda de dos cristales…". Llegado este punto la cosa se dispersa aún más. En 1589, un italiano llamado Gianbattista della Porta escribía en su libro Magia Naturalis una descripción de lo que parece ser un telescopio y que desconocemos si se construyó y, un año después, un oscuro holandés, Zacarías Janssen, parece afirmar lo mismo.

Pero fueron dos artesanos ópticos holandeses, Hans Lippershey y Jacob Meltius, los que independientemente y con muy pocos meses de diferencia presentaron en 1608 la solicitud de patente al gobierno holandés de un instrumento "que ve las cosas lejanas como cercanas". Curiosamente la patente fue rechazada porque su diseño era "demasiado fácil de copiar" como para ser considerado un instrumento militar.

Aunque los historiadores de la ciencia españoles ya conocían la existencia de un fabricante de anteojos gironés llamado Juan Roget y su más que posible implicación en la invención del telescopio, este nombre saltó el pasado año a los titulares de prensa por un artículo publicado en la revista History Today por Nick Pelling que, precisamente, le atribuía la paternidad del telescopio. Veamos las claves que sustentan su hipótesis:

La primera mención sobre el artesano Roget data de 1612, y se encuentra en un libro del milanés Girolamo Sirtori en el que describe cómo Roget le mostró en 1609 la armadura de un enmohecido telescopio y las fórmulas para su construcción. Sirtori también desmiente que fueran los hijos de Lippershey quienes, jugando con varias lentes, le dieran la idea de montar un telescopio. Sirtori asegura que la idea le había llegado por un misterioso comprador, que le encargó el pulido de una lente cóncava y otra convexa y que, al probarlas, no lo hizo por separado sino alineando una con otra, lo que obviamente aguzó la curiosidad de Lippershey.

Siglos después, el historiador Josep María Simón de Guilleuma buceó en los registros y no sólo halló datos biográficos sobre la familia Roget, sino también la prueba de la venta en 1593, 1608 y 1613 de "un anteojo largo decorado con latón". Entre las propiedades del comerciante catalán Jaime Galvany se encontraba uno de esos anteojos, y da la casualidad que dicho anteojo se subastó pocas semanas antes de que Lippershey y Meltius solicitaran la patente del telescopio. Uniendo las distintas piezas del puzzle puede obtenerse una sucesión de los hechos que tiene su origen en el anteojero gironés y, sobre todo, en el telescopio que vendió a Galvany y se subastó. Es posible que ese telescopio llegara a la feria de Frankfurt, la mejor de Europa, quizá en manos de un viajante de anteojos (Zacarías Janssen) que no consiguió venderlo porque una de las lentes estaba rota pero que vio un buen negocio y decidió fabricarlos por su cuenta. Pero Jannsen precisaba de un óptico que le fabricara las lentes, y puede que recurriera al mismo Lippershey, que advirtió la fama que le reportaría el telescopio… Desgraciadamente, la reconstrucción histórica de este episodio cuenta con lagunas que quizá nunca permitan asentar una versión única. Lo que nadie discute es que Galileo Galilei fue el primero en utilizar un telescopio para mirar al cielo, lo que produjo una revolución en la Astronomía y en la Ciencia.

La capacidad de los sucesivos telescopios aumentó vertiginosamente y, tras siglos de lentitud, la astronomía exhibió una velocidad inusitada. Los descubrimientos se pisaban los talones y los secretos del Cosmos, como la composición de las estrellas o el tamaño de la Vía Láctea, dejaban de serlo. Armados con sus telescopios, los astrónomos descubrieron que muchas de las nebulosas conocidas eran galaxias como la nuestra que, además, se alejan unas de otras e indican que el universo se expande (1929); comprobaron que los objetos astronómicos no sólo emiten luz visible, sino que pueden observarse en otras longitudes de onda, como las de radio (1931); descubrieron los cuásares, galaxias con inmensos agujeros negros en sus centros que emiten tanta luz que podemos detectarlas a pesar de hallarse en los mismísimos confines del Universo (1960); enviaron telescopios más allá de la atmósfera terrestre y pudieron investigar los fenómenos más energéticos del Cosmos (1962); observaron que una radiación muy fría que inunda el universo constituye un resto fósil de sus primeros instantes (1964); detectaron el primer púlsar, una estrella muy compacta que, mientras gira en milésimas de segundo, emite energía concentrada en haces muy estrechos y parece pulsar (1967); descubrieron los primeros planetas más allá de nuestro Sistema Solar, primero en torno a un púlsar (1992) y después alrededor de una estrella como el Sol (1995)…

Así hasta nuestros días, en los que la fabricación de telescopios presenta desafíos como desentrañar la naturaleza de la materia oscura, el estudio del interior de las estrellas, la observación del cielo en rayos gamma o la detección de las ondas producidas por la gravedad de los objetos muy masivos.

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