La investigación del crimen, en su laberinto

  • A 'True Detective' le han bastado ocho episodios para confirmarse como una de las traducciones más elitistas de la novela negra, con referencias literarias evidentes

Hace sólo unos días, True Detective daba por concluida su primera temporada con un balance decisivo: la serie protagonizada por Woody Harrelson y Mathew McConaughey ha necesitado menos de ocho episodios para ganarse la ovación de crítica y público.

A ojos del espectador, resulta impresionante el modo en que la producción entiende de las mecánicas de una investigación policial, con sus lenguajes. Domina el suspense sin dar tregua. De hecho, dinamiza inteligentemente la acción según la atmósfera que recrea. El ya popular plano secuencia que recorre un suburbio de viviendas sociales durante un tiroteo parece inmerso en la oscuridad escénica de William Friedkin, en cómo profundizó, con su habitual temple, para recrear el realismo de French Connection. Sobrio, frío y seco son adjetivos que se le pueden atribuir con facilidad.

Y aunque tenga momentos absolutamente anticlimáticos, la tensión se hila a través de un suspense abrumador, magnético, que ya puede residir en un violento tiroteo, o en un simple interrogatorio. Dennis Lehane, uno de los máximos exponentes de la novela negra actual, escribía en Desapareció una noche una historia sobre cómo descompone un secuestro a todas las partes implicadas. Aquí, se redirige el término obsesión hacia los policías encargados del caso, hasta el punto en que el mismo protagonista madura junto a él, al errar en su determinación final.

Ben Affleck plasmaría este relato en Adiós pequeña, adiós, y no se quedaría corto en ningún aspecto. La recreación de los barrios marginales de Nueva York, de la marginada escoria criminal del lugar forma parte de la atmósfera, pero el asco que destaca tras las competencias de la pedofilia es capaz de levantar una obsesión. En esta magistral película, tras encontrar el cadáver de un niño asesinado en el piso de un pedófilo reincidente, desata su rabia y lo ejecuta al instante. True Detective presenta una escena exactamente igual, y de la misma forma, recrea la pugna al crimen como una obsesión, que realmente daña al que la ejecuta. Las lágrimas del ejecutor al apretar el gatillo son fruto de un pensamiento continuo, pues no está del todo seguro si con la muerte se ha castigado realmente al criminal. La vacilación en ambos casos resulta mínima pero la tensión es, por otro lado, máxima. No hay miedo en sus ojos; hay rabia, una rabia que se desata en forma de asesinato y en una posterior catarsis emocional.

El mismo Lehane fundió en Mystic River la negritud de la atmósfera que rodea a un asesinato muy cercano con la de las almas implicadas, práctica que en la adaptación que realizó Clint Eastwood al cine le otorgaba al relato una fuerza, irónicamente, mística. Los personajes trastornados, atormentados, sacudidos por la miseria desde pequeños, parecen pinturas góticas en un retablo todavía más oscuro, como un mundo al que se han acercado tanto que les ha pervertido.

El detective Rust Cohle, soberbiamente interpretado por Mathew McConaughey, entremezcla en True Detective las caras más radicales de una persona que ha vivido más de lo que le tocaba. Resulta que habiendo perdido una hija a temprana edad, su mente decide premiarle con el don del escepticismo, lo cual despierta una agudeza en sus sentidos sobrecogedora. Puede apreciarse como la furia le guía con cautela, en cómo se molesta en controlar el pulso en situaciones que lo requieren, al igual que Sean Penn se hundía para luego reinstalarse como un ser metódico, endemoniado por la sed de venganza en aquella cinta de Eastwood.

Sin embargo, si la serie se caracteriza por algo más que por la fuerte introspección de los protagonistas, es en que se da el lujo de ensayar ciertos malabarismos visuales que le ofrecen a True Detective un prisma de sueño lúcido. Todo lo que ocurre parece un entramado psicótico, pero se describe con gran naturalidad, con un poderío que podría aletargar el ritmo de la serie, pero provoca que en este caso, el producto, acabe dibujado de la forma más realista posible. Recrea un pozo de turbiedad, donde la certeza no aclara la duda, donde la luz no apaga la oscuridad. No reinstaura los principios del mejor thriller policíaco porque los reinventa. No ofrece las crudas visiones de Seven, ni los complejos entramados de Zodiac, pero la destrucción que se permite mostrar provoca un poso nunca antes visto en televisión. Casi se puede respirar el aroma a nervio puro empapado en tabaco (en los ocho episodios de la serie, McConaughey fuma lo que no está escrito.)

Aquí ha firmado HBO sin duda la mejor novela televisiva de sus últimas temporadas. Es más fría que Boardwalk Empire, y mucho más feroz que Juego de Tronos, pero ante todo, es la representación más elitista de los designios de la novela negra que se haya visto jamás en la pequeña pantalla.

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