En un jardín pocho y plagado de flores raras

La compañía belga Peeping Tom (El voyeur) ha creado una trilogía de la que hemos podido ver en Granada las dos primeras partes: El jardín y El salón. Nos queda pendiente la última parte titulada El sótano. Estos títulos tan domésticos nombran temáticamente las piezas por el contenedor en el lugar del contenido, una sinécdoque en la que nombrando las partes de la casa, el protagonismo lo tiene la disección de la familia. La privacidad en su salsa, en pijama y zapatillas El salón, con gafas de sol y chándal en El jardín. La decadencia de esta privacidad remite igualmente a su proyección pública, la familia social cuya casa representa el Estado.

Para Peeping Tom no marchan bien ninguna de las dos casas. En El jardín, dividen el espectáculo en dos partes. La primera es la proyección de una película, que nombra inesperadamente el teatro como sala de cine y la segunda parte, de apenas media hora, viene a ser el jardín trasero, el espacio acotado y doméstico de recreo.

El espectador de cine es y no es el de teatro. Fundamentalmente porque el espacio-tiempo escénico no es el fílmico, lo que el dramaturgo argentino, Arístides Vargas, llama: "El ensayo diario del deseo insatisfecho de seguridad, que no hay salida para la gran catástrofe que significa estar en escena". Esto es, el glorioso e inevitable directo en el que todo o nada puede fallar, esa comunión de espacio-tiempo es constituyente del teatro. El cortometraje de la primera parte de Le jardín se alarga, y no es fácil el tránsito de la pantalla a la escena. La película es la narración de otra suerte de jardín, el de las flores raras que acuden a un garito nocturno con actuaciones musicales y el número estelar de Rika, una actriz de apenas 50 centímetros de alto.

La segunda parte sucede en el jardín acotado del escenario, sigue la misma lógica narrativa de El salón: la yuxtaposición fragmentaria. La unión entre las historias fílmica y escénica es un recurso de estilo, por el jardín asoman elementos anecdóticos que hemos visto previamente en pantalla: un pájaro, un billete, un vestido, una peluca y un último elemento más inquietante, la estatuilla de la duendecilla dormida; tenuemente iluminada al fondo del escenario da la impresión de que la pequeña mujer va a levantarse de un momento a otro, pero es tan sólo una imagen.

El programa de mano asegura que el montaje contiene otra visión de la "norma-lidad": Rika duerme en el jardín el sueño de seguridad y recreo de una familia formada por una pareja próxima a los 40 y un hombre en la década de los 60 años. Hay amagos de recreo, juego, ternura, decadencia, locura y bronca. El jardín deja un poso de amargura, intérpretes espléndidos, coreografías de potencia narrativa y poética inusual, una danza del beso de los amantes para recordar y una figura inquietante al fondo del jardín.

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