Del otro lado del Telón de Acero

  • Anne Applebaum cuenta cómo el régimen soviético dominó el poder en Hungría, Polonia y la Alemania del Este durante la posguerra europea

Anne Applebaum. Debate, 2014. 703 págs. 29,90 euros

Walter Ulbricht, Boleslaw Bierut y Mátyás Rákosi son hoy nombres casi olvidados. Sin embargo durante décadas dirigieron los destinos de la Alemania del Este, de Polonia y de Hungría. En común tuvieron su formación soviética, bajo los dictados de Stalin, de acuerdo al objetivo marcado por la Komintern (Internacional Comunista) de procurar a largo plazo la extensión de la revolución socialista al mundo. Por eso se les conocía como los comunistasde Moscú. Su ascenso al poder, en disputa con los líderes de los partidos comunistas y socialdemócratas de la Europa del Este que contaban con una larga tradición propia, traza el sinuoso camino que siguió la URSS para ocupar todos los resortes del poder en lo que llegará a ser su área de influencia política durante la posguerra europea.

Anne Applebaum, historiadora que irrumpió en el mercado editorial con su estudio sobre el Gulag publicado en 2004 y del que dimos cuenta en estas páginas, fija su atención en este proceso de asalto al poder que siguió la hoja de ruta establecida por Moscú desde 1944 cuando el Ejército Rojo liberó los territorios anexionados por Hitler. Un amplio sector de la historiografía actual en el que se alinea la autora de este ensayo interpreta la liberación soviética de la Europa del Este como un acto de ocupación en toda regla, ensayado en Polonia en 1939 a raíz del pacto Molótov-Ribbentrop, donde se llevaron a cabo políticas de limpieza étnica y deportaciones de población que acabada la Guerra se aplicarían a otras zonas del este de Europa. La idea no es por tanto original. Pero sí el mérito de construir a partir de ella una interpretación global de la Posguerra en los países del otro lado del telón de acero que más allá de estos actos iniciales de agresión se perfila como la etapa en la que se anularon las libertades civiles y quedó destruido el tejido social que aunque frágil emergía con tesón sobre las ruinas de Berlín, Varsovia y Budapest.

Una combinación de violencia selectiva, monopolio de la propaganda e intimidación social hizo posible que desde el primer momento de la ocupación el régimen soviético dominase los resortes esenciales del poder en Hungría, en Polonia y en la Alemania del Este. Aunque hasta 1947 se mantuviese la apariencia de respeto a las normas del sistema democrático, lo cierto es que desde el principio Stalin trató de vigilar de cerca el juego de las formaciones políticas de estas jóvenes naciones y no dudó en intervenir cuando lo creyó necesario. La policía secreta, los tribunales militares y el control de la información vertido desde las emisoras de radio oficiales (las otras fueron sistemáticamente destruidas) fueron medios determinantes en esta operación. Pero no fue menos decisiva la política de premios y promociones que alentaba a los jóvenes a sumarse a las consignas del partido comunista.

Pese a todo, las primeras elecciones después del tratado de Postdam fueron un estrepitoso fracaso para los planes de la Unión Soviética y evidenciaron la necesidad de cambiar de estrategia. Fue entonces cuando se aplicó una operación de acoso severo a los rivales políticos, de amenazas y persecuciones que laminó la cúpula de los partidos cristianos, campesinos y socialdemócratas, cuyos líderes terminaron en el exilio, acusados de traición o colaboracionismo con las potencias burguesas. Durante mucho tiempo se interpretó este giro táctico como una respuesta a la ofensiva del presidente Truman que desplegando el Plan Marshall precipitó la Guerra Fría. Applebaum piensa, sin embargo, que se trató de una reacción al propio fracaso electoral que cogió desprevenidas a las autoridades pro-soviéticas dispuestas desde entonces a eliminar cualquier tipo de oposición legal y organizada. Ya sin competencia, se consolida el modelo de partido único bajo tutela soviética enguantado en el lenguaje del realismo socialista. La segunda parte de este estudio se ocupa de desgranar las claves de este sistema, incidiendo en los elementos de continuidad y de mímesis respecto al arquetipo soviético. Las páginas más iluminadoras están dedicadas a la educación de la juventud que siguió siendo una de las principales preocupaciones de las llamadas repúblicas populares por cuanto en ella estaba en juego el futuro de una intelectualidad que se postulaba "nueva, democrática y socialista".

No obstante algunos éxitos económicos y sociales, los regímenes socialistas de la Europa del Este arrastraban un déficit de legitimidad que estalló, como es bien sabido, a la muerte de Stalin. Las revoluciones en la calle (los disturbios de Berlín Este de junio de 1953, las huelgas mineras en Polonia, los acontecimientos de Budapest de octubre de 1956) vinieron acompañadas de fuertes discusiones en el seno de los partidos comunistas entre ortodoxos y partidarios de la renovación. Estas tensiones ponían de manifiesto que pese a los esfuerzos desplegados la penetración de la cultura soviética nunca fue una tarea acabada y la caída del telón de acero sentenciada por Churchill en 1946 (aunque preparada desde 1944) no consiguió crear la sociedad cohesionada y homogénea que soñaban los idealistas de la revolución del proletariado.

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