Por qué leer a Juan Marsé

  • lLa editorial Lumen acaba de lanzar una biblioteca dedicada al último premio Cervantes compuesta por las seis novelas preferidas del escritor barcelonés.

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A Juan Marsé hay que leerlo no por ser el más reciente Premio Cervantes de nuestras letras, sino porque es un gran escritor. En literatura, el orden de los factores sí altera el producto, y si Marsé ha recibido el Cervantes es precisamente por esto. Por ser un gran escritor. Será una obviedad, pero conviene dejar las cosas claras, que hay mucho lector de solapas, no de libros, y prefiere los eslóganes a los versos, y galardones y perifollos lo encandilan como a la urraca los objetos brillantes. A Juan Marsé hay que leerlo porque tiene una obra ancha y cristalina, y cuantos se asomen dentro hallarán una realidad, la de aquí, en donde nos reflejamos como en un espejo. A este barcelonés hay que leerlo porque nos explica. A nosotros, quiere decir. Nos explica a nosotros.

En abril de 1993 -¡Dios bendito! Dieciséis años ya-, Marsé estuvo en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada en un encuentro informal con los estudiantes en el que se hizo (o se quiso hacer) un recorrido por toda su carrera. Fue una experiencia instructiva. El escritor demostró ser un crítico demoledor, cuando no sangriento, de su propia producción narrativa. Se mostró cáustico con varios libros suyos. A otros sencillamente los ignoró. Al preguntarle por sus inicios, Marsé saltó sobre sus dos primeras novelas para detenerse sólo en la tercera, Últimas tardes con Teresa (1965), que obtuvo el premio Biblioteca Breve en su día gracias al apoyo de Mario Vargas Llosa. Marsé estimaba este libro, se veía: "En Últimas tardes con Teresa -declaró a su audiencia de entonces- son evidentes mi amistad con Jaime Gil de Biedma y su influencia". Una amistad y una influencia benéficas. Según él, sus compañeros de generación lo acogieron como lo que era: hijo de la clase trabajadora, un espécimen exótico, necesitado de una buena mano de cultura. No hubo (o no recuerdo que hubiera) cinismo en el comentario. Para la burguesía catalana de los años 50, el mundo obrero le quedaba tan lejos como Catay o Cipango a los viajeros de ayer, y sus habitantes eran tan impenetrables como los pobladores de la antigua China o el antiguo Japón. Fueron sus amigos, de todos modos, quienes reunieron el dinero suficiente para que él se trasladara a París en 1960; allí colaboraría con el Instituto Pasteur. Marsé fue realista: sin ellos, ninguna puerta se le habría abierto. La estancia en tierras francesas sería decisiva en su formación, aunque nunca haya escrito nada ambientado en París: "Es curioso -confesó-, pero aquella experiencia está implícita, nunca explícita, en muchas obras mías". Si te dicen que caí (1973) era otra de sus novelas predilectas. Marsé estaba destinado a chocar con la censura franquista. Demasiada sinceridad. A Últimas tardes con Teresa le pusieron zancadillas varias, no tanto por el componente político, dijo, sino por los ingredientes eróticos: la novela cuenta una liaison dangereuse entre una chica bien y un charnego, que es como llaman en Cataluña a los emigrantes de fuera de los confines peninsulares. Curado en salud, Marsé envió el manuscrito de Si te dicen que caí directamente a México. Allí le dieron un premio, pero le costó Dios y ayuda ir a recogerlo, pues las autoridades nacional-católicas le secuestraron el pasaporte. La novela, española por los cuatro costados, no llegaría a nuestro país hasta después de la muerte de Franco. Hoy es un título indispensable para un mejor entendimiento de la glaciación franquista y demuestra cómo, en las coyunturas más adversas, nunca falta quien prefiere el oro de la propia dignidad a la plata del poder.

No insistió demasiado en ellas, es la verdad, pero Marsé dejó claro que tanto La oscura historia de la prima Montse (1970) como Un día volveré (1982) se encontraban asimismo en el número de sus preferencias. La primera de ellas narra las calenturas de otra hija de buena familia por un estudiante ateo y, aún peor, de baja cuna. La segunda vuelve a poner sobre el mantel otro tema recurrente: la difícil convivencia, a lo largo de casi cuatro décadas, entre vencedores y vencidos, pues la élite franquista siempre recordó a los segundos su condición de tales. En aquel mes de abril de hace varios lustros, el novelista también habló con afecto de El embrujo de Shanghai (1993), todavía en prensa. Luego, la novela vino a contradecir una afirmación suya de entonces: "Nunca he pensado en el cine cuando escribo", pues, además de sostenerse en una estructura muy cinematográfica, ésta es un cálido homenaje a Josef Von Sternberg y al cine de programa doble de antaño.

Dieciséis años después de todo aquello, con un merecidísimo Premio Cervantes de por medio, a Juan Marsé hay que leerlo por ser un autor necesario para nuestras letras, y beneficioso para el lector. Hay que seguir leyéndolo por mantenerse íntegro en un mundillo plagado de turistas y falsarios. Ocasiones para bien hacerlo no faltan. La editorial Lumen acaba de dedicarle una imprescindible biblioteca compuesta por sus seis novelas favoritas. A las cinco citadas en las líneas precedentes, deben añadir Rabos de lagartija (2000) y completar así esa magnífica media docena.

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