La locomotora humana

  • Anagrama publica la segunda entrega de la trilogía biográfica de Jean Echenoz, donde se recrean las hazañas del mítico Zátopec

Jean Echenoz. Trad. Javier Albiñana. Anagrama. Barcelona, 2010. 140 páginas. 14,50 euros

Todavía hoy nos servimos de la sugerente denominación francesa, vie romancée, para designar aquel nuevo modo de hacer biografías que conmovió los cimientos del género allá por los inicios del siglo XX, cuya principal innovación fue el servirse de procedimientos narrativos asociados a la novela para contar la vida de personajes reales que de esa manera adquirían una profunda verdad literaria. Fue una moda europea que cultivaron con gran éxito autores muy leídos como André Maurois en la propia Francia, Emil Ludwig en Alemania, Stefan Zweig en Austria o Lytton Strachey en Inglaterra. La obra última de Jean Echenoz (Orange, 1947) se inscribe en esa venerable tradición de biografías noveladas, aunque tal vez en su caso sería más exacto hablar de novelas de trasfondo biográfico, que bucean en las vidas de personajes excepcionales para extraer de ellas una lección moral.

Tanto en su novela anterior, la celebrada Ravel, dedicada al compositor del famoso Bolero, como en ésta recién publicada o en la que acaba de terminar -titulada Los relámpagos- sobre el inventor croata Nikola Tesla, Echenoz se ha servido de hombres reales para convertirlos en personajes literarios, siguiendo un procedimiento que renuncia a la ficción pero no a los recursos del novelista. En Correr, ese personaje es el legendario atleta checo Emil Zátopek (1922-2000), un hombre de orígenes modestos, trabajador en una fábrica de calzados, que por un feliz azar descubrió sus aptitudes para la carrera durante la ocupación alemana y acabó asombrando al mundo con unas condiciones físicas casi sobrenaturales. "No sé nada de deportes y ni siquiera estaba seguro de que fuera checo", ha declarado Echenoz, pero eso no le impidió investigar su trayectoria y descubrir en ella un raro modelo de ejemplaridad.

El historial deportivo de Zátopec, apodado La locomotora humana, es impresionante. Ya enrolado en el ejército checoslovaco de la posguerra, se cuentan por decenas las sucesivas plusmarcas que batió, pero su popularidad mundial se debía también a su estilo heterodoxo y a su aspecto de buen muchacho siempre sonriente, recibido en los estadios con ovaciones atronadoras. Participó en los primeros certámenes sin apenas haber comido, luego de largas caminatas y con ropa inadecuada o vieja, pero pronto dejó claro que iba a dejar huella en la historia del atletismo. Calvo y autodidacta, fue el primer fondista que aprendió a dosificar sus fuerzas para utilizarlas en el sprint final, que dejaba a sus rivales literalmente clavados. Desoyendo los consejos de los especialistas, llegó a ganar tres medallas de oro en una sola Olimpiada, la de Helsinki, en carreras tan exigentes como los 5.000 metros, los 10.000 y la Maratón, que nunca antes había corrido. No parecía de este mundo.

"Lejos de los cánones académicos y de cualquier prurito de elegancia -escribe Echenoz-, Emil avanza de manera pesada, discontinua, torturada, a intermitencias". Todo en su rostro, en los movimientos convulsos de sus miembros, en los tics casi cómicos, refleja sufrimiento. El atleta domina las carreras con una superioridad insultante, y sus continuos cambios de ritmo desmoralizan y exasperan al resto de los competidores. Cuando corre, semeja "un boxeador luchando contra su sombra", pero el esfuerzo sobrehumano no le impide dar saltos y brincos e incluso seguir corriendo después de finalizada la prueba. Ahora bien, la novela no se limita a contar las gestas deportivas de Zátopec. Al hilo de sus victorias, Echenoz describe con unas pocas pinceladas el problemático contexto histórico en el que se desarrolló su carrera, inseparable de la manipulación informativa y de la represión totalitaria del régimen prosoviético de Checoslovaquia. Las autoridades comunistas recelaban de su popularidad y temían que se fugara, como otros deportistas, durante alguna de las competiciones que se celebraban en los países occidentales. Fue así como el gran campeón, un icono nacional que rebasaba el ámbito del deporte, devino un rehén al que se le controlaban los movimientos y cuyas declaraciones a los medios, cuando se le permitía hacerlas, eran tergiversadas de manera sistemática. Pero sus deseos de cambio le llevaron a ser destinado como barrendero en las calles de Praga.

Hubo una vez un hombre sencillo que gracias a su tenacidad indesmayable se convirtió en un mito universal, sin perder la espontaneidad ni someterse del todo a la dictadura. Con estos modestos mimbres, Echenoz ha construido una pequeña obra de arte.

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