La madrastra y la cenicienta

  • Henry Kamen interpreta la naturaleza del exilio intelectual español desde los sefardíes hasta los republicanos · Un país que desdeñó a sus hijos más audaces

Defender una interpretación de conjunto sobre cuatro siglos del exilio español es, de entrada, una iniciativa digna de elogio. Pocos como Henry Kamen para dar cuenta del doble recorrido de esta cultura de los desterrados que a menudo despertó incomprensión dentro del país, pero que supo forjar una tradición original que regresa en el siglo pasado fecundando las letras hispanas. Su larga trayectoria como modernista (La Inquisición Española, La España de Carlos II) se combina con una especial sensibilidad para percibir la pluralidad de experiencias del expatriado, tal vez por su propia condición de transterrado.

La tesis que plantea en este libro puede resumirse en la idea de que España fue incapaz de acomodar sus elites intelectuales dentro de un modelo de cultura nacional capaz de superar ideologías creando una tradición propia que sirviese de inspiración, a su vez, a futuras generaciones de hombres de letras. El origen de este déficit secular arranca con los tiempos modernos que, en España, derivaron en una actitud defensiva, de enroque cultural, reluctante al pensamiento foráneo y dispuesta, en su ciega militancia, a cortar las siete cabezas de la hidra de las herejías antiguas y también de los nuevos ismos amenazadores. Una parte del mejor pensamiento de la época (Luis Vives, Casiodoro de Reina, Juan de Valdés) tuvo que buscar caminos de difusión extranjeros y el precio a la larga de esta política fue la interiorización de los miedos y el adelgazamiento del debate intelectual en el interior de España.

El impulso de las reformas ilustradas, sin medios y con el recelo de amplios sectores casticistas, fue insuficiente y desanimó tanto a los políticos (Olavide) como a los científicos (Malaspina) que debieron abandonar el país. Una actitud que en el siglo XIX desemboca en una toma de conciencia del atraso de España que, sin embargo, se agota en una letanía moral sin verdadera capacidad de afrontar la realidad y buscar soluciones creativas. Más que exiliados políticos, son desencantados los que escapan del estéril páramo de España en el siglo XIX. Profetas de la decadencia de los valore morales que no supieron detener la barbarización de los dos bandos en la Guerra Civil.

Los últimos capítulos dedicados a la España en el exilio y el camino de vuelta constituyen un merecido homenaje a las naciones que acogieron a los intelectuales españoles en la posguerra, con especial atención a las generaciones de escritores y científicos formadas en Francia y Estados Unidos que tanto contribuyeron después a enriquecer el diálogo cultural entre España y el resto de las civilizaciones.

Un esquema tan bien armado y trufado de oportunos ejemplos olvida, sin embargo, que existieron fórmulas de compromiso y puentes entre el pensamiento europeo de la Ilustración y la tradición propia que, sobre todo en el siglo XVIII, labraron una vía de reflexión alternativa sobre la que ya escribiera Julián Marías, y últimamente, Ricardo García Cárcel. Sin duda hipnotizado por la dialéctica entre una España ensimismada en sus valores eternos y unos españoles del exilio talentosos y emprendedores, Kamen subestima los hallazgos del interior que vigorizaron un panorama cultural que, de lo contrario, hubiera sido aún más anodino.

Parece excesivo afirmar que los regeneracionistas sólo pudieron poner las bases de una cultura compartida recurriendo al caudal de la cultura regional o mirando al Atlántico en busca de una identidad hispánica. Del mismo modo que su juicio sobre la producción cultural española incurre en los tópicos más reiterados de la crítica contemporánea: el raquitismo filosófico y la inveterada actitud victimista, constantes desde el arbitrismo al regeneracionismo. Desheredados fueron los hijos expulsados de España. Pero los vástagos del interior no tuvieron mejor suerte.

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