La magia de Swensen brilla con la OCG

CONCIERTO SINFÓNICO OCG

Programa: Franz Schubert, Sinfonía núm. 5 en Si bemol mayor D. 485; Johannes Brahms, Concierto para violín y orquesta en Re mayor op. 77. Orquesta Ciudad de Granada. Director y solista: Joseph Swensen. Lugar y fecha: Auditorio Manuel de Falla, 19 y 20 de febrero de 2016

Joseph Swensen, principal director invitado de la Orquesta Ciudad de Granada, volvió a Granada para practicar su magia interpretativa con nuestra orquesta, ya que su nombre suele ser garantía de calidad y belleza. Pero, además, en esta ocasión lo ha hecho en la doble faceta de director y solista, pues además de un gran artífice de la batuta Swensen está puede ser considerado como uno de los grandes violinistas del momento. De este modo, Swensen ofreció una maravillosa versión del Concierto para violín y orquesta de Brahms, dirigiendo desde su puesto de solista.

La OCG es un instrumento bien calibrado que sabe vibrar en su más amplia dimensión cuando tiene ante sí un director que la comprenda y que le ofrezca una dialéctica artística interesante.

Si bien nos tiene acostumbrados a un bello sonido y un empaste singular, hay veces que su interpretación ofrece algo más, un secreto estímulo que sólo es captado con un sexto sentido, el de la estética. Es entonces cuando se obra la magia, y una buena interpretación se convierte en excepcional. Con Joseph Swensen suele obrarse esta maravillosa transformación, como pudimos comprobar este fin de semana.

La primera parte del programa estuvo consagrada por completo a la Sinfonía núm. 5 en Si bemol mayor de Franz Schubert, una de las más bellas páginas del autor y un perfecto ejemplo formal. Desde la breve introducción de flauta y violines el oyente descubre estar ante una obra fresca, diáfana en sus elementos melódicos y sin embargo sumamente sugerente en su trabajo motívico. Cada movimiento presenta un elemento destacado a los sentidos: el alegre canto de las cuerdas en el primero, el reposado discurso en el andante, un minuetto rotundo y decisivo y un rondó final danzarín y dinámico.

Así pues, el director que se enfrente a esta obra ha de conocer bien todos estos elementos y saberlos potenciar, como fue el caso de la interpretación de Joseph Swensen. Escuchando la versión que construyó con la OCG uno podía transportarse a los salones vieneses de principios del siglo XIX, y contemplar cómo un nuevo lenguaje romántico iba permeando casi sin dar muestras de ello en las estructuras heredadas del clasicismo.

Swensen comprendió a la perfección las dinámicas y tensiones tímbricas necesarias en esta obra, que sin estar llena de patetismo ni bruscos cambios armónicos, se presenta como una obra plagada de sorpresas que nos mantiene siempre atentos mientras que una leve sonrisa escapa por la comisura de nuestros labios. Destacó en la versión de la OCG el balance entre cuerdas y vientos, el justo tempo en cada movimiento y el dibujo impecable del discurso melódico, tan fundamental en Schubert.

Si la primera parte estuvo llena de encanto y musicalidad, la segunda fue simplemente sublime. Joseph Swensen tomó el puesto de director con el violín en mano para ofrecer una de las mejores versiones del Concierto para violín y orquesta en Re mayor de Brahms que jamás haya presenciado el Auditorio granadino. La orquesta, tan importante en esta pieza, fluía su discurso al compás de Swensen, que entretejía el intricado entramado de motivos melódicos y juegos armónicos brahmsianos. Y entre tanta perfección se levantaba altivo, con una presencia arrebatadora, el violín solista en manos del director; su técnica interpretativa es precisa y depurada, sin por ello perder naturalidad y musicalidad. El discurso solista de esta partitura está cargado de fuerza, de un sentido romántico de la melodía y de numerosos alardes de virtuosismo (dobles cuerdas, trémolos, arpegios, saltos de tesitura extremos, etc.). En este sentido, Swensen calibró sus fuerzas en todo momento, llegando a una perfecta simbiosis entre la parte solista y la rica partitura orquestal.

Su exactitud interpretativa solo es igualable a su intuición artística, elementos ambos que concluyeron en una perfecta interpretación del concierto de Brahms, el cual fue ovacionado repetidamente por el público asistente hasta el punto de persuadirle para que ofreciera una propina: el adagio de la Sonata para violín solo núm. 1 de J. S. Bach.

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