Lo malo de la pantalla

Lo que falla en el espectáculo teatro-musical de Albert Pla y Judit Farrés es su soporte narrativo: la proyección de la película, la pantalla de cine produciendo en el escenario la ilusión, la historia escénica. De modo que la historia de la pantalla, El malo de la película, va y viene de la pantalla a la escena. En ocasiones, Pla y Farrés ejecutan la banda sonora en directo o, la mayoría de las veces, toman el relevo a la filmación interpretando el primer plano de personajes, animales o cosas en escena manteniendo simultáneamente el marco de la proyección. Una interpretación interactiva -sobre el escenario- con la pantalla que, a mi modo de ver, empieza y termina por minimizar la potencia e inmediatez narrativas que son específicas de la escena. Algo ya visto en multitud de espectáculos teatrales en los que lo malo, el fallo de la pieza, es recurrir a narrativas fílmicas por narrativas escénicas.

La historia de la pantalla, que no termina por adueñarse de la escena, es una fábula moral con forma de cómic, contada irónicamente desde la amoralidad. Un abogado, El malo de la película, interpretado por Pla, viaja en coche por un paisaje campestre idílico para conseguir la "firma" que dé rienda suelta al desarrollismo industrial e inmobiliario, la masacre sobre el paisaje y sus habitantes, los poderes fáusticos del capital. El malo es también "el mejor", el modelo triunfador -económico o individual- sin escrúpulos, claro, que viste traje y corbata en escena. Mismo vestuario que luce la intérprete -cantante y actriz- con la que comparte faena y que hace las veces de florecilla del campo, radio del coche, desdoblamiento o banda sonora de El Malo. A la historia se yuxtaponen otras tantas, delirios del protagonista o personajes que le salen al paso: la ingesta de setas que culmina en un orgasmo, la grabación del vídeo de un terrorista independentista catalán que cubre su rostro con una escafandra, una media y una máscara de gorila mientras larga la diatriba de que "Cataluña ya ha llorado bastante. Es el momento de que llore España"...

Recuerdo a Pla con más fuerza narrativa en el formato musical teatralizado de sus conciertos que en este formato teatral al que se le va la fuerza por la pantalla. Tal vez al espectáculo le falte romper con ella, introducir una dimensión más preformativa para quebrar la ilusión teatral con más certeza que, por ejemplo, con la repulsa visceral al proyectar la colección de imágenes que ilustran "la colección de enfermedades del abuelo".

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