Miguel Ríos. Cantante

"Soy mejor persona que cantante"

  • El rockero, que esta noche inicia su gira de despedida, examina su carrera y habla de amor, droga, música y ternura

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Esta no es una entrevista al uso sino una conversación de tres amigos. O la teatralización de una vieja amistad llena de horas compartidas. Y, por supuesto, también es la prueba de la admiración y del respeto que dos de ellos, quienes preguntan, el pintor Juan Vida y el periodista Alejandro V. García, sienten hacia el otro que responde, el camarada y maestro Miguel Ríos.

JUAN VIDA. Para mí ser pintor fue como una predestinación. En tu caso ¿cómo fue? ¿Cuáles eran tus modelos?

MIGUEL RÍOS. Cuando subía cantando por las escaleras de mi casa, cantar era algo físico. A mí me gustaba, me daba gusto. Como cuando pasa el aire por la garganta, un estado eufórico. A mi padre le tocó un gramófono. Los dos aparatos más sofisticados de mi infancia fueron el gramófono y una máquina de liar cigarrillos. Me acuerdo de las placas de Jorge Negrete , Mario Lanza, Carusso...

J. V. ¿Y Renato Carosone?

M. R. Carosone era en la radio, su Maruzzela fue la primera canción iniciática y, digamos, sexual. Luego en los Salesianos, con las canciones de fin de curso. Mi madre fue la primera receptora emocional de las canciones porque me daba una peseta...

ALEJANDRO V. GARCÍA. Es decir, que cobrabas desde pequeño...

M. R. La primera vez que yo cobré por cantar fue en Los Jueves Infantiles de Radio Granada. Yo tenía 11 años y me dijo mi hermano Paco, que tenía una novia, que si le dedicaba una canción me daba tres pesetas, que entonces era una fortuna. Estoy hablando de 1955.

J. V. Tu tendrías ese prestigio que tienen los niños que saben dominar una cosa.

AVG. ¿Siempre supiste que de mayor ibas a ser cantante?

M. R. No, yo no sabía aún que de eso se vivía. Me enteré ya en la tienda, cuando entré en Los Olmedos. El hecho de pensar, "coño, me puedo dedicar a esto", fue cuando ya estaba en la tienda. Yo entonces cantaba de vez en cuando con la Orquesta Nevada. Cuando en 1960, en Radio Granada, hice con Paco Arias un tema de prueba con un magnetofón Phillips, pensé que podía ser mi profesión.

A. V. G. ¿Y por qué entraste de pronto en la tienda?

M. R. Salió un anuncio en el Ideal de que necesitaban aprendices en Los Olmedos. Entramos tres, Juan Ortiz, Paco Afán de Rivera y yo.

JV ¿Eso era el anexo de Olmedo?

M. R. No, aún era la tienda. Yo pasé de vender discos a que vendieran los míos.

A. V. G. ¿Qué sentimiento te producen las fotos de aquella época?

M. R. Ternura. Yo pensé que todo aquello era accidental y que tenía un tiempo de caducidad. El rock era una moda... De hecho también grabé twist porque decían que el rock había muerto.

J.V. En aquella época de atraso ¿dónde estaban, cómo te llegaban los modelos musicales que seguías?

M. R. Cuando fui a Madrid ya tenía una mecánica: cada tres meses grababa y el resto del tiempo buscábamos material en los editoriales porque no nos dejaban hacer canciones nuevas. Al principio, a gente como Los Estudiantes o los Pekenikes les traían discos que pasaban de mano en mano. Siempre había gente muy informada de lo que pasaba en el extranjero, aunque lo sajón era más difícil.

A. V. G. Un fenómeno de la época era en lanzamiento de los niños cantantes, que luego acababan en El Pardo. Supongo que eso no le ocurrió a ningún niño rockero. ¡Los salvó el rock!

M. R. ¡Nosotros temíamos la llamada de El Pardo y eso que no sabíamos que El Pardo era malo! Con 17 o 18 años nosotros nos veíamos muy fuera de todo. Aunque hubiéramos querido ir a El Pardo no nos hubieran dejado. Éramos muy diferentes, casi nos señalaban. A partir del Price, en 1963, se creó un sustrato de gente que nos veíamos y frecuentábamos algunos club. Políticamente tú vivías en el limbo. Nadie hablaba de política, hasta la huelga de los actores, en 1974. Pero nosotros teníamos que pasar la censura. Luego en la época del Himno de la alegría me di cuenta de lo que estaba pensado, en 1969 o 1970. Recuerdo que una vez en un festival en donde la estrella era Lola Flores, en el Palacio de Congreso de Madrid, en el 64, en cuanto empezamos a cantar con Los Relámpagos, Fraga Iribarne y sus acompañantes se levantaron y se fueron.

J. V. ¿Pensaban que erais peligrosos?

M. R. No, más bien no les interesaba. Además era difícil interesar a alguien tal como sonábamos, con un equipo horroroso.

J. V. Lo digo por vuestro aspecto exterior. Y los gritos de "¡pelúos, maricones!".

M. R. Eso sí, hubo una época en que te cogían los grises por la calle, te llevaban a la comisaría y te pelaban.

A. V. G. Tenían en comisaría un peluquero de guardia.

M. R. En la época del Price no podías ir por la calle en pandilla porque te miraban, pero a mí no me pasó nada de eso. En los Conciertos de rock y amor, en 1972, ya en contacto con las drogas, sí hubo que preocuparse un poco más. Éramos gente que fumábamos y llevabas una vida más disoluta. Entonces sí tenías miedo, porque en las discotecas los relaciones públicas eran como los confidentes de la secreta. Hubo muchas paranoias.

A. V. G. Hay quien todavía no te perdona el 'Himno de la alegría', como un asesinato musical de Beethoven, pero para ti fue la catapulta.

M. R. Y para mucha otra gente también fue una catapulta. Puede que hubiera algún purista con remilgos, pero vender en aquel momento en todo el mundo siete millones de discos... No puede haber siete millones de oyentes equivocados. Yo después he frecuentado la música clásica, con Josep Pons, por ejemplo, y nadie me ha hablado de ello. Pero tampoco he tenido ningún tipo de maltrato con la gente de clásica. Muchos consideran que fue una forma de difundirla. Después sí se han hecho maridajes con el pop, el rock y clásica. A mí me vino bien porque gané libertad. Primero más seguridad en mí mismo; segundo porque iba a tener más tiempo para seguir viviendo en mi oficio; y tercero por la posibilidad de aprender a producir discos y no ceñirme a lo que quisiera la discográfica. Aunque no conseguí la libertad total hasta que llegué a Polygram, con cosas tan peregrinas como La Huerta atómica. Nosotros no hicimos nada nuevo sino adaptar a nuestra realidad lo que escuchábamos, lo que venía de fuera.

J. V. Pero eso no es poco. Javier Rioyo dice que la noche en que el rock se inventó Miguel Ríos ya estaba allí.

M. R. Yo sé lo que he perseguido en la vida. No me voy a colgar medallas que no son mías pero tampoco me voy a descolgar las que tengo. No he descubierto la pólvora pero soy de los que prendieron la mecha.

J. V. ¿Qué se siente cuando llenas una plaza de toros, cuando estás allí arriba? Debe ser tremendo. De pronto en México, en Argentina. Los Maná hablaban de ti como si fueras un santo.

M. R. Si hay algo que se echa de menos en la vida una vez que lo has probado es la adicción al escenario, pero también tienes que establecer un distanciamiento. Si te crees que toda tu vida es una plaza de toros te vuelves loco, te haces un completo gilipollas. Yo siempre he pensado que eso es circunstancial, que somos muchos los que lo hacemos.

A. V. G. Es una carrera con muchos riesgo la de cantante de éxito. El primer riesgo es creérselo en exceso y luego la autodestrucción. Tú perteneces a una generación de grandes músicos suicidas.

M. R. O de gente que se ha quedado en el camino... Lo más jodido de un oficio como este es la necesidad de aprobación que tienes. El estar expuesto de una forma tan inmediata y que la gente te demuestre si lo aprueba... Piensas: coño, no me sé la letra, no me sé nada, estoy en pelotas en el escenario.

A. V. G. ¿Y ese miedo se pierde?

No, siempre hay algo que se puede psicosomatizar. Ahora es un mareíllo, antes era la muela... Aunque creas que todo está controlado... ¿Sabes lo que pienso? Que tiene que ver con la importancia que le das a tu oficio. Si no tuvieras algún riesgo... Tú mismo te debes autolesionar y pensar: "Voy a cantar en Granada delante de tanto gente y no los puedo desilusionar". Nosotros somos muy narcisos. Yo he aprendido a relativizar bastante bien ese mundo. Yo creo que soy mejor persona que artista o al menos he intentado serlo. Yo he trabajado para que me quieran y, si te dan muestras de cariño, despreciarlo o tomarlo como ventaja para subir más alto no vale. Mira, antes, en la puerta, me he encontrado con un tío que me ha dicho que llevaba treinta años esperando para darme la mano. A mí me gusta, pero la emoción es de él. Está muy bien pero no me puedo poner en su lugar. Sería como el médico que se pone en lugar del paciente. Yo no voy a desilusionar a esa gente pero sus neuras y sus proyecciones no son las mías.

J. V. Eso que dices de que no sabes si eres mejor artista que persona la gente lo percibe.

M. R. Yo a veces me planteo que si en vez de poner la tienda de Los Olmedos ponen la de Los Vázquez, la competencia, igual yo estaría ya jubilado. Todo tiene un componente de azar. Si mi padre un día en vez de traer el periódico con el anuncio de Los Olmedos trae otra cosa... Mecánico le dije que no quería ser por nada del mundo. Tenían las manos llenas de sabañones, las uñas negras...

A. V. G. Y ahora vas a ser jubilado.

M. R. Ya verás la lata que os voy a dar.

J. V. Y otra cosa. Tú en los años 70 y 80... ehh, esa libertad absoluta...

M. R. ¡Tú lo que quieres, Juanito, preguntar es si he follado! Es que yo, que soy discreto, a veces a Juan le he confesado las garitas donde uno ha hecho guardia, y se le caía la baba, la babilla... ¿Eh? Eso sí ha sido una suerte. Una época de una sexualidad tan reprimida, estar en una profesión donde no era algo tan censurable. No es que todo el mundo estuviera todo el día tal y tal, pero lo facilitaba. Las drogas, que las tomé con muchísimo respeto, me abrieron la mente; el rock me sirvió para conocer el planeta e incluso fue un pensamiento político, una apuesta por las libertades. Y el sexo ya te digo...

J. V. Tú que has hecho tantas cosas ¿qué cambiarías de todo eso por haber marcado el gol de Iniesta?

M. R. Yo he tenido mucha suerte porque he estado con los viejos del Madrid. Colar un gol en un partidillo de los que jugábamos era una euforia. ¡Lo que tiene que ser el gol de Iniesta! Y es que se le veía a Iniesta, cuando ve llegar la pelota y piensa, esta entra. ¡Gol, eso es, esa conjunción en un segundo!

A. V. G. ¿Tienes sentimiento de que algo se acaba con el concierto de hoy?

M. R. No, no. Se acaba la gira pero yo...

A. V. G. Por cierto, estuvimos con tus sobrinos, hicimos una votación y ninguno se creía que te fueras a retirar.

M. R. ¡Joder, ni que fueran periodistas! Lo que está claro es que giras no hago más. Cantar sí. Me gustaría cantar en función de algo, pero no de una profesión. Y me gustaría escribir. Si me ofrecen, que ya me lo han ofrecido, colaborar en un programa de radio, me apetece. Lo que no me apetece es no estar bien encima de un escenario. Cambiar de estilo es muy difícil. Yo podría hacer una gira con un par de músicos pero tendría la sensación de ser un impostor porque para eso tienes que ser instrumentista. Una de las asignaturas pendientes de mi vida ha sido no dominar un instrumento porque detrás puedes meter una vida. Pero qué hago yo, ¿estar dando saltos mientras el músico termina un solo?

A. V. G. ¿Veremos dentro de cuatro años la reaparición de Miguel Ríos?

M. R. Ya serían 71 tacos, como Fray Leopoldo...

J. V. Y sacaríamos la Virgen por lo menos hasta la Fuente de las Batallas.

M. R. No quiero aventurar nada. Tenemos precedentes, pero lo mismo yo me resisto. Toda la gente me ha preguntado cuándo me retiraba y ahora que anuncio que me retiro me preguntan por qué no sigo. El espíritu de la contradicción. Lo que sí tengo claro es que no me apetece pasar desapercibido, sino cerrar un capítulo. No montarte en un taxi y que te digan "qué pasa, Miguel, que no se te oye ahora".

A. V. G. Quieres seguir siendo Miguel Ríos pero sin escenarios.

M. R. Exactamente. Y en este oficio es muy fácil convertirte en juguete roto por ahí por las ferias. Y quiero aprender más cosas.

A. V. G. ¿Tu compromiso político te ha costado disgustos?

M. R. No, incluso a veces te dicen, "coño, yo creía que siendo rojo... pero no, eres buena gente". Pero tampoco he militado....

A. V. G. Pero has dado la cara.

M. R. Y también he dado la espalda. A mí me preguntan si me han utilizado los políticos y yo respondo que siempre lo he hecho conscientemente. Cuando cantaba para Felipez González era porque creía que esa era la opción que tenía que defender, la más honesta, más honrada y la mejor para el país. Pero ocurre muchas veces que las promesas no se cumplen y entonces tienes que decir por ese camino no.

A. V. G. ¿No cantarías para Zapatero?

M. R. Para Zapatero lo que no pediría es la dimisión. Yo ya no estoy para cantar para nadie. No porque haya perdido interés político sino porque la política se ha mostrado de otra forma. Firmé manifiestos a favor de Zapatero pero luego he firmado en contra de la política cultural del Gobierno. Esto es lo malo conocido.

J. V. Tú sigues aprendiendo, estás con la gente joven.

M.R. De los que van a cantar hoy y mañana conmigo a ninguno les diría que no. Todos tienen algo que te hace valorarlos mucho. Técnica vocal, aptitud, la forma de escribir las canciones... Soy un tío que puede llamar a muchas puertas y la gente abre.

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