La mejor versión de Drácula vista con lupa

  • El profesor de la UGR José Abad, experto en monstruos cinematográficos, analiza en su último libro la adaptación de la obra de Stoker con Lee como vampiro

Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958. Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958.

Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958. / G. h.

Hablar de Drácula es hablar de la inmortalidad, el erotismo, el mal... Un personaje así tiene forzosamente que subyugar y ese fue el resultado de la novela de Bram Stoker. Y por extensión, de algunas de sus adaptaciones al cine. De entre todas, la más recordada por los cinéfilos y la que marcó nuevas pautas en la iconografía vampírica es la versión cinematográfica de 1958, dirigida por Terence Fisher, con Christopher Lee y Peter Cushing encarnando al Conde Drácula y al Doctor Van Helsing, respectivamente.

En ella centra su análisis José Abad en su último libro Drácula. La realidad y el deseo, publicado por Shangrila. El profesor de la Universidad de Granada, un experto en cine, en monstruos y sobre todo en monstruos en el cine, ya abordó un estudio sobre el personaje en El vampiro en el espejo (Universidad de Granada, 2013). "El único que sabe más que yo de vampiros es el doctor Van Helsing", bromea.

En las versiones más castas el personaje ni siquiera tiene colmillos, un símbolo fálico

Para el investigador, Bram Stoker creó una de esas "criaturas que gozan de más vida o vitalidad que muchos de nuestros congéneres". "En ocasiones, la fuerza de ciertos personajes es tanta que doblegan sin esfuerzo a sus progenitores, los relegan a un segundo plano, a veces incluso borran su rastro del mapa", explica Abad en la introducción de la obra, en la que cita algún ejemplo clarificador: "Todo el mundo sabe quién es Tarzán, pero el nombre de Edgar Rice Burroughs no acude con igual prontitud a los labios de la gente".

Igual que ocurrió con personajes como Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle o Frankenstein y Mary W. Shelley, "otro tanto ha sucedido con el Conde Drácula, Rey de los Vampiros, Príncipe de las Tinieblas y Estrella Obscura de una apretada constelación de títulos para el cine, la televisión, el cómic, los escenarios -obras teatrales, ballets, óperas-, la música y los videojuegos". "Se diría que este noble transilvano ha estado siempre con nosotros y que quien lo desgajó de las brumas de la pesadilla para clavarlo en la página en blanco no fue sino un mero trámite entre el personaje y el público. Se diría, pero no es así. Toda ficción es hija de su tiempo y Drácula no podía aparecer sino donde apareció, en la Inglaterra de finales del siglo XIX, como proyección perversa de algunos retorcidos miedos de aquella época", explica sobre el germen de la novela.

El crítico cinematográfico ha querido empezar su ensayo analizando precisamente el libro que da pie a la obra y aclara el motivo: "No hay vuelta de hoja: antes de que esa imagen a contraluz que los de mi generación identificamos indefectiblemente con Christopher Lee -otros intérpretes lo han incorporado y otros lo incorporarán, pero ninguno dejará una huella tan profunda en nosotros-, antes de hacerse dueño y señor de la pantalla, digo, el conde Drácula fue un puñado de palabras vendimiadas con paciencia por un escritor plenamente integrado en la sociedad victoriana". "Para hablar de Drácula quizás no sea imprescindible hacerlo de Bram Stoker, pero si hemos de empezar esta historia por el principio estamos obligados a recordar a quien seguramente fue la primera víctima del vampiro", relata el autor con su característico sentido del humor.

En este repaso previo de la novela, Abad expone "lo que ha cogido la película de ella y lo que ha dejado" y ofrece varias interpretaciones de la misma desde distintos puntos de vista. "Señalo el elemento religioso, social o político de la novela... porque esos son los mismos aspectos que luego analizo yo de la película", especifica el profesor sobre esta obra, que fue un encargo de Rubén Higeras Flores, director de la colección Fantasmagorías. "Se puso en contacto conmigo porque la editorial iba a crear una colección dedicada al cine fantástico y de terror con monografías consagradas a grandes clásicos del género de todos los tiempos. Él conocía El vampiro en el espejo y me invitó a participar", cuenta sobre la génesis del proyecto.

"La novela en sí es inabarcable, ni siquiera Francis For Coppola consiguió una adaptación satisfactoria y la película de 1922, Nosferatu, fue un plagio porque Murnau no pagó derechos de autor. En la versión de 1931, muy casta, Bela Lugosi ni siquiera tiene colmillos, un elemento que el psicoanálisis ha estudiado como símbolo fálico", cuenta sobre el motivo de la elección de este filme, porque ni se planteó analizar otros más recientes como Crepúsculo, en el que el vampiro directamente "es un pánfilo": "El mordisco del vampiro simboliza la penetración. Cuando te encuentras que es un chico que no quiere a morder a la chica hasta que no se casen, te das cuenta de que el personaje está funcionando a medio gas", comenta Abad, quien de las obras cinematográficas recientes sólo destaca la sueca Déjame entrar y Stake Land.

"Aunque la de Coppola se vendió como la gran adaptación, a mí me parece más fiel la de Fisher", cuenta a propósito de la versión de 1958, que califica como uno de los grandes hitos de la historia del cine. "Me parece de una elegancia extrema, y al mismo tiempo muy osada para la época", afirma Abad, quien recuerda que "por su violencia y por ciertas escenas explícitas fue tachada de pornográfica". "El espectador acaba siendo un individuo muy conformista, no tiene en cuenta el momento y termina perdiendo de vista la repercusión y la importancia decisiva que tuvo este film en la historia del cine", cuenta el autor sobre esta joya que en su libro analiza "prácticamente plano a plano, intentado sacar toda la información posible de la puesta en escena, la fotografía, el emplazamiento de cámara, los diálogos...". "He trabajado secuencia por secuencia. He perdido la cuenta de las veces que he visto ya esta película...", ríe Abad, para quien ninguna película ha sabido sacar tan bien todo el potencial de la novela como la que ahora coloca bajo su atenta lupa para Shangrila.

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