Ciencia hoy

Las mentiras de la ciencia

  • Científicos de todas las épocas en busca de reconocimiento han protagonizado grandes fraudes que fueron tomados por ciertos

Durante mucho tiempo, casi cuarenta años, a comienzos del siglo XX, el enigma de la evolución humana estuvo resuelto: se había encontrado el famoso eslabón perdido. Se llamaba el Hombre del Piltdown y se encontró en Sussex, Gran Bretaña. Era un cráneo humano que tenía mandíbula de simio que enlazaba a la perfección al Homo Sapiens con sus predecesores homínidos. Fue encontrado en una excavaciones en 1912 por un arqueólogo llamado Charles Dawson y revolucionó a la comunidad científica. Se llamaba Eoanthropus dawsoni, tenía unos 500.000 años y colocó a Gran Bretaña a la cabeza mundial de la evolución humana... Hasta 1953, en que un grupo de investigadores del Museo Británico descubrió que el Hombre de Piltdown era una falsificación. Alguien, posiblemente el mismo Dawson, había hecho encajar un cráneo humano de hacía 50.000 años con la mandíbula coloreada de un orangután. Fue el mayor fraude científico de la Historia. Ahora se producen 55 años de la superchería. Pero no ha sido la única en la historia de la ciencia...

La más escandalosa, hasta el momento, ha sido la última, la protagonizada por el veterinario surcoreano Hwang Woo-Suk quien, en 2004, anunció que había conseguido extraer células madre de embriones humanos clonados. Es decir, había encontrado la panecea, el remedio para centenares de enfermedades degenerativas.

Su hallazgo fue divulgado por la revista Science y llevó al paroxismo a la comunidad científica. Esas células madre embrionarias podrían terminar con enfermedades incurables como el parkinson o la diabetes... Woo-Suk obtuvo fama mundial hasta que la propia Universidad para la que trabajaba descubrió que no podía corroborar el hallazgo ni reproducir los experimentos del veterinario. Había sido toda una superchería. Woo-Suk fue despedido de inmediato y su nombre está ahora maldito científicamente. Quería notoriedad y la tendrá para el resto de su vida.

La mentira en la ciencia es algo más que un crimen. Puede haber errores. Pero no puede haber mentiras. Un científico puede llegar a falsas conclusiones. Pero no puede inventarlas. Afortunadamente, la propia ciencia tiene sus propios mecanismos de defensa contra los fraudes: para que un experimento tenga validez debe ser comprobado por diferentes científicos que lleguen a unas conclusiones similares.

El afán de notoriedad, la presión mediática o la utilización política de la ciencia están siempre detrás de los grandes fraudes científicos. Eso fue lo que sucedió, por ejemplo, con la tribu de los tasaday filipinos a comienzos de los años setenta. Durante la presidencia del dictador Ferdinand Marcos, uno de sus ministros, Manuel Elizalde, anunció al mundo que en una región remota de la isla de Mindanao se había descubierto a una tribu prehistórica. No tenían armas ni utensilios, vivían desnudos y comían lo que podían. Eran una reproducción exacta de lo que sería una tribu de la Edad de Piedra. Científicos y periodistas de todo el mundo realizaron expediciones y reportajes asombrosos sobre aquella tribu. Hasta National Geographic hizo un documental. Filipinas se convirtió en uno de los puntos de mayor interés científico del planeta Tierra. Sin embargo, en 1986, cuando cayó el régimen de Ferdinand Marcos, se descubrió que los tasaday eran una tribu, sí, pero mucho más evolucionada de lo que se había hecho creer. Los mismo integrantes fueron quienes revelaron que Elizalde los convenció para que posaran desnudos. Otro mito se caía.

Hay mitos científicos que mucha gente aún sigue creyendo. Ése es el caso de la publicidad subliminal y esa idea de que si en un cine proyectan durante una fracción de segundo la imagen de un refresco sin que el público se dé cuenta, los espectadores sentirán inmediatamente el deseo de tomar esa bebida. El bulo lo puso en marcha en los años 50 James Vicary, un investigador de mercados, y rápidamente se extendió por todas partes. Incluso forzó la creación de una Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos. Vicary alegó que había hecho el experimento varias veces y que siempre habían salido los mismos resultados: el público se sentía impulsado a consumir inmediatamente el producto que se le había 'inoculado' a través de la publicidad subliminal. La cadena CBC, de Canadá, trató de repetir el experimento induciendo a los expectadores de la tele a que llamasen a un determinado programa. Pero no se produjeron las esperadas llamadas. En 1962, Vicary tuvo que admitir públicamente que no había profundizado en su experimentación y que todo lo que había divulgado eran especulaciones propias no contrastadas. En realidad, la mejor publicidad no es la subliminal, sino la insistente: la gente se sentirá impulsada a fumar un cigarrillo si ve a alguien hacerlo en una película. Pero no por ello comprará determinada marca de cigarrillos.

Otro de los grandes fraudes desmantelados con el tiempo fue el que durante años estuvo perpetrando Sir Cyril Burt, uno de los más reputados psicólogos ingleses. Burt sostenía que la inteligencia es hereditaria y no adquirida a lo largo de la vida. Apoyaba esa afirmación en la que experimentación que decía haber estado haciendo durante años con gemelos univitelinos que habían sido separados y enviados a vivir en hogares diferentes. Según los experimentos de Burt, que decía contar con la colaboración de dos científicas, Conway y Howard, que eran las encargadas de hacer los tests con los gemelos, los coeficientes intelectuales de los gemelos eran prácticamente iguales independientemente del entorno social en el que crecieran. Aquello habría las puertas a una interpretación racista del ser humano: hay seres superiores simplemente porque han nacido así y están dotados de coeficiente superior a otros sin que en ello afecte su entorno. Durante veinte años se creyeron estas conclusiones hasta que un periodista, Oliver Gillie, indagó en la vida de Burt y descubrió que esas colaboradoras que recogían los datos no existían, y que Burt había ido repitiendo a lo largo de dos décadas un experimento que había realizado en 1958, sin verificar nuevas variantes. En 1979, otro psicólogo que quería escribir la biografía de Sir Cyril Burt, descubrió es sus diarios cómo el propio investigador inventaba sus mentiras e invertía más tiempo en disfrazarlas que en analizar la realidad. El fraude científico funcionó. Pero siempre termina cayendo. ¿Cuál será el próximo?

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