Los milagros delPalau

  • El Palacio de la Música cumple cien años de historia mirando al futuro. Con una gestión modélica y un profundo arraigo en la sociedad catalana, ha logrado implicar a instituciones, empresas y ciudadanos en todos sus proyectos. Es el Palau del siglo XXI

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Cientos de catalanes anónimos se han sumado a la campaña 'Apadrina una butaca' pagando entre 50 y mil euros por ver su nombre grabado en una de las sillas de la sala de conciertos. En su 'club de mecenazgo' participan más de trescientas empresas con una aportación anual que alcanza los 7 millones de euros. Y hasta el Vaticano se ha implicado en el proyecto accediendo a 'mover' toda una iglesia a otro barrio de Barcelona para que pueda verse una de sus fachadas.

El Palau de la Música Catalana cumple cien años reinventándose a sí mismo y marcando una de las políticas de gestión cultural más eficientes e innovadoras de toda Europa. La música siempre es deficitaria, pero en su caso esta afirmación hay que hacerla con salvedades. En los años 80 estuvo a punto de 'morir' por el mal estado del edificio, pero en 1997 fue declarado Patrimonio de la Humanidad y desde entonces ha seguido una línea de progresiva e imparable expansión que ha logrado aunar el respaldo de los ciudadanos, de las instituciones y del sector empresarial. Hoy, su objetivo es cruzar fronteras y mostrar a todo el mundo las bondades de una institución que ha sabido crecer al lado de su público. Más allá del prestigio del Liceo, la ciudad siente que el Palau es algo propio: ahora se apadrinan butacas para colaborar en el programa del centenario, hace unos años se sufragó la restauración del órgano y ya en 1908 los ciudadanos contribuyeron a la construcción del edificio emitiendo una serie de pagarés que en muchos casos jamás reclamaron.

El Orfeó Català y la familia Millet son el alma del Palau. Félix Millet i Tussell, descendiente de la familia que ideó todo el proyecto musical, cultural y arquitectónico, es convincente: "No queremos que el Palau sea sólo un edificio testimonial, sino un centro cultural y social lleno de vida y de movimiento tal y como lo ha sido durante sus cien años de existencia". Los proyectos de restauración del edificio dirigidos por el arquitecto Óscar Tusquets han contribuido a dar vida al edificio y a convertirlo en una parada obligada dentro de los circuitos de turismo cultural. Hoy día, ese Palau que se inaugurara un 9 de febrero de 1908 según los designios de Lluís Domènech i Montaner, constituye una de las salas más singulares del mundo y un exponente máximo del Modernismo.

Tusquets ha trabajado para recuperar la imagen histórica del edificio, pero también lo ha adaptado a las nuevas expectativas y exigencias del público y ha sentado las bases para que pueda evolucionar de una forma más "vanguardista, cosmopolita y abierta al mundo". El Palau ha crecido con nuevas instalaciones como el Palau-Petit, se ha abierto a la ciudad con la construcción de una plaza en el lugar en el que se levantaba la Iglesia de San Francisco de Padua -se ha trasladado a uno de los nuevos barrios construidos en el entorno del Forum- y ha crecido en propuestas culturales completando los repertorios tradicionales de música clásica -especialmente europea y popular catalana- con canción de autor, jazz, flamenco, world music...

Pero, en el día a día, su oferta supera ampliamente el programa musical. Todas sus salas se alquilan para actos sociales, para reuniones de empresas, para congresos e, incluso, para bodas. Con un buen presupuesto, y siempre que haya suerte y fechas libres, cualquiera puede casarse en el templo modernista de la música bajo la cúpula invertida de vidrieras con ángeles cantores.

Lluis Millet, consejero musical del Palau y descendiente también de la familia fundadora, explica con convicción la compleja y eficiente estructura de gestión que justifica el éxito del centro: "Es como el misterio de la Santísima Trinidad". Aunque en este caso los milagros se repartirían entre el Orfeó, la Fundación y el Consorcio.

El Coro del Orfeó Català, que es el núcleo central de la institución, se fundó en 1891 como agrupación no profesional y ha evolucionado al lado de personalidades como Richard Strauss, Pau Casals, Rostropovich o Zubin Mehta. Fue precisamente el coro quien emprendió la campaña popular que permitió la construcción del edificio entre 1905 y 1908. El Consorcio del Palau, integrado por la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona, el Ministerio de Cultura y el Orfeó, se creó en 1990 con el fin de gestionar la explotación del edificio. Por último, la Fundación es la que se encarga de "generar recursos" y de llenarlo de contenido: casi la mitad de los cuatrocientos conciertos que se organizan al año forman parte de algunos de los trece ciclos que propone la Fundación: desde el gran concertismo (Palau 100) hasta producciones escolares, series de carácter popular, dominicales, ciclos de conciertos familiares o música coral pasando por la promoción de jóvenes intérpretes con propuestas como El primer Palau.

Y lo hace como un promotor más: asumiendo riesgos y alquilando las salas al Consorcio al igual que lo hacen las treinta o cuarenta empresas que trabajan con el Palau. Al final, "funciona como una sala de conciertos que se alquila para múltiples ciclos y proyectos culturales pero que no programa". Como explica la directora general del Palau, Rosa Garicano, es justamente esta estructura semi privada la que les otorga eficacia en la gestión -a diferencia de la mayoría de centros musicales de España apenas tienen déficit- y lo que les ha permitido afrontar tanto los grandes proyectos de reforma y ampliación llevados a cabo desde los 90 hasta ahora como el plan de expansión e "internacionalización" que marcará "el Palau del siglo XXI". "Queremos que se conozca y que se vea todo lo que se ha hecho hasta ahora. Hay que continuar por este camino, consolidar y seguir innovando. Poner las bases para que perdure y alcance una mayor proyección social, sobre todo fuera".

Al igual que su directora, Lluis Millet, que nació y vivió en el propio edificio Palau hasta los 20 años, subraya el "arraigo popular" que ha marcado un siglo de vida de la institución -la ciudad lo apoyó en sus primeros años y "lo siente como suyo"-, y enfatiza esa capacidad que ha tenido siempre de "regenerarse" y "reinventarse" haciendo frente a todo tipo de dificultades.

2008 es su gran año. El año del centenario y el punto de inicio de una nueva etapa. Siguiendo la trayectoria que ha ido fijando su evolución, los grandes nombres de la música y la cultura universal hilvanan el programa. Por el Palau han pasado figuras como Yehudi Menuhin, Arthur Rubinstein, Alicia de Larrocha, Victoria de los Ángeles, Alfredo Kraus, Herbert von Karajan, Maurice Ravel, Igor Stravinsky o Seguei Prokofiev. Ya por 1926, un 5 de noviembre, Manuel de Falla estrenó en el templo catalán su Concerto para clave con Wanda Landowska. En el Año del Centenario, los conciertos se suman a las exposiciones, las publicaciones conmemorativas, las producciones audiovisuales o la reflexión arquitectónica. El 8 de julio actuará, por ejemplo, el cantaor granadino Enrique Morente junto a Pat Metheny.

Una vez más, el Palau estrecha lazos con otras músicas como el flamenco y con artistas de otras latitudes. Y a toda España lanzan ahora una petición de apoyo a una de las iniciativas que centran sus mayores esfuerzos: la candidatura al Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Más de 550 personalidades y entidades de todo el mundo se han adherido ya a la propuesta. Pero también aquí hay que seguir creciendo. Sería, como dicen sus responsables, un broche de oro para cien años de historia... Y un milagro más para el Palau.

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