Arte hoy

La muerte de Aurelio

  • Hace ya 20 años que se fue para siempre el mejor escultor en piedra y en madera que diera el siglo XX en Granada

Se me vienen muriendo los amigos, dejándome recuerdos por las sombras, desbrozadas palabras que surgen en cipreses por el huerto: sus presencias. Se me vienen muriendo. Los tenía asidos a la pulpa de la risa, al áurea sideral que reflejaba sus escorzos sutiles: los brillos de sus gestos. Los tenía, iban conmigo como si siempre los llevara puestos. Se me mueren, lo he dicho. Caprichoso, mi Dios me los oculta después de desguazarlos sin clemencia. Se han muerto tantos ya, que este morir de Aurelio entre nosotros me confirma, otra vez, que todo está perdido, que no sirven plegarias ni lamentos, nada.

Se me vienen muriendo los amigos; no hay nada con certeza que lo pare. Nos ha llegado al fin -turno de muerte- el desastre total de ser caídos. No hay razón sin razón. Ahora lo digo, por si fuera posible que un milagro nos llevara de golpe, por derecho, a morir juntamente los amigos. Que enterrar a los muertos no es mi oficio.

Este goteo, que ya crece insaciable, es mi generación contra la tapia, frente a una metralleta tartamuda. Fue mejor su morir -hablo de los primeros-, nos dio tiempo a palabras, a recuerdos, a medir el futuro que quedaba para hermanarnos luego como muertos.

Esto escribí hace ya veinte años, en la muerte de Aurelio. Lo leí tembloroso en casa Salvador, Tertulia del Mosquero, y Pepe Castro, ya ausente, lo guardó como un pan vivífico y solemne, en presencia de López Vázquez, Manuel, también caído, Ramón Fernández Espinar, Antonio Reyes, Tito Ortiz, Paco González de la Oliva, Enrique Pareja, Emilio Puche …

Luego brindamos tres veces por su ausencia, dijimos que fue sano, cabal y consecuente, y afable y senequista, y el mejor escultor en piedra y en madera que diera el siglo XX de Granada. Y recordamos los nombres de sus obras y las vírgenes todas que son semana santa. Y vuelta con los brindis en su memoria y en el recuerdo claro, tangible, de hacía muy pocos días, que visité su casa con Tito y de la Oliva para su última exposición, ya casi preparada. Luego nos fuimos despacio a nuestras casas, despidiéndonos serios en la última copa. Y me encontré un nudo violento en la garganta. Se había muerto Aurelio. Y siempre fue mi amigo.

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