El otro mundo de las voces negras

En medio siglo de crítico del Festival no recuerdo una noche de emociones tan rotundas como la que experimentamos el domingo durante la versión de concierto de Porgy and Bess. Los intérpretes, suplieron la falta de escenificación -¡lo que nos perdemos en esta ciudad por no poder tener a la ópera como compañera cotidiana!- y se metieron en los corazones de un público admirado, rendido, emocionado. Un público que no sólo aplaudió momentos de la obra, sino que, de pie, permaneció minutos y minutos ovacionando a cantantes, coro, orquesta y director, hasta el mismo momento que desapareció el último músico del escenario.

Fue una de esas noches que merecen incluirse con letras de oro en los anales de esos momentos estelares que justifican al Festival. Estábamos en otro mundo, el propiciado por las voces negras, no sólo de los protagonistas de la ópera, sino del coro. Voces increíblemente poderosas, expresivas, elocuentes, admirables. Voces no sólo capaces de fundirse con una extraordinaria orquesta y un director, como Wayne Marshall, artífice de este poema de la negritud, sino de resaltar, incluso, las actuaciones de los personajes más secundarios (personajes, sí, porque de una ópera se trata, y así se comportan, aunque sea en versión de concierto, activos y no simplemente uniformados y circunspectos, como ocurre en otras versiones europeas). De esta forma se consigue la comunicación, que es base de la ópera, entre cantantes, coros, orquesta y público.

Sobre la música de Gershwin hablamos ampliamente en el análisis previo del domingo pasado. Recordaremos, en la estructura de la obra, que este sentido operístico es, en realidad, un engarce de piezas que se encadenan en una estructura dramática, donde el jazz, el blues, los espirituales tienen una singular fuerza. Gershwin, desde los comienzos, quiso que todos los intérpretes de la ópera folklórica americana fuesen negros, no sólo para darle sentido al drama de los suburbios de un barrio imaginado del sur de Nueva Orleáns, el Catfish Row, que da título a la suite sinfónica que escuchamos en 1998 en el Festival, sino porque era consciente de que sólo en las voces y en el alma de los cantantes de raíces afroamericanas -aunque estén matizados, después, por la sapiencia que da un estudio clásico y formal- puede encontrarse la autenticidad, la belleza, la rotundidad y la emoción de su música.

Difícil destacar a tan sólido y maravilloso conjunto. Si acaso a Kevin Stone e Indira Mahajan, en la pareja protagonista. El primero, barítono bajo, culminó en su dolorida canción final, una actuación soberbia, junto con los dúos con su amada Bess, la extraordinaria soprano Indira Majan. Pero cómo olvidar el leitmotiv de la obra, la bellísima canción de cuna Summertime, que nos regaló, casi al comienzo, Laquita Mitchel, como Clara, o la portentosa Angela Renée Simpson, en My man if gome now . Y tantos otros momentos espectaculares, como los del tenor Jermaine Smith, en un genial Sportin' Life, el proxeneta embaucador. O el barítono Daniel Washington, en Crow, o la contralto Bonyta Hyman, en María.

Sería interminable la mención, la sucesión de canciones, entre el jazz, el blues o los espirituales, donde, como digo, no ya los solistas, sino el potentísimo coro nos trasladaron a otro mundo, al que no tienen acceso los cantantes blancos, por buenos que sean. Porque esta fuerza, esta emoción, sólo puede salir de lo más hondo de una cultura y de un convencimiento. Sí, son excelentes profesionales todos ellos, pero con un alma inmensa, única que los que nos asomamos en esa noche memorable no olvidaremos nunca.

Gracias a todos, incluyendo, naturalmente, al extraordinario Wayne Marshall y a una orquesta dúctil e increíblemente brillante, capaz de afrontar el jazz y las sugerencias naturales de elementos desencadenados, entre la tormenta y la intimidad, que tiene que poner en movimiento una orquesta en el mundo de la ópera. Una ópera de la América profunda, con lo que conlleva de responsabilidad para no perder nada de lo que quiso expresar Gershwin en su obra maestra.

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