El nacimiento del paisaje clásico

  • El Prado acoge una muestra con obras de los primeros años del XVII que dan origen a un nuevo género

El paisaje es, como se sabe, un género relativamente tardío. En Italia además no gozaba de excesivo prestigio: Vasari lo creía propio del mal gusto de artesanos incultos. Los paisajes se buscaban a lo sumo como mera decoración y por poco dinero podían comprarse docenas de cuadros. A fines del siglo XVI las cosas cambian. En Roma surge la idea de un paisaje hecho con lenguaje clásico. Es este el momento que recoge la actual exposición del Museo del Prado. En el proceso, que dura más de treinta años, tienen particular protagonismo dos autores, Claudio de Lorena y Nicolás Poussin. El primero elabora un modo de ordenar el paisaje o si se prefiere, una visión de la naturaleza que habría de persistir en el arte europeo durante dos siglos. Poussin por su parte establece las bases de una visión clasicista de la naturaleza: quiere llevarla al cuadro no como era, sino como debería ser. Una idea que recogerán desde diversos supuestos, artistas como David, Corot y especialmente Cézanne. Digamos finalmente que estos paisajes tienen una peculiar relación con España: a la hora de decorar el palacio del del Buen Retiro se eligen estos cuadros que después pasarán de la colección real al Museo del Prado.

Antes de que ocurriera todo esto, la pintura de paisaje venía desarrollándose en el norte de Europa y son justamente Paul Bril y Jan Brueghel el Viejo, así como Adam Elsheimer quienes trabajan el paisaje en Roma. Pero sus obras no convencen demasiado a la sensibilidad italiana que las encuentra anecdóticas, en exceso sentimentales y poco acordes con el vigor de la naturaleza. En Italia se busca más bien un paisaje que haga justicia a la retirada belleza del locus amoenus o a una idea de naturaleza que pudiéramos llamar heroica, bajo la influencia del pensamiento estoico. A esas exigencia responderá Annibale Carracci. Carracci, según los expertos, parte del modo en que modelan el paisaje autores como Giorgione y Tiziano. Como en ellos la naturaleza es sólo fondo, Carracci disminuye la escala de las figuras humanas, resaltando así la presencia de la naturaleza; por otra parte, recoge la transparencia y algo del sentido dramático de los paisajistas flamencos, pero va a trabajar sobre lienzos mucho mayores. Un cuadro como Paisaje fluvial, que abre la muestra, da cuenta del buen éxito del esfuerzo de Carracci.

El espacio más logrado de la exposición es la sala dedicada a los cuadros del Buen Retiro. La obra de Claudio de Lorena brilla con luz propia. Aunque nacido en esa región europea, antes de que formara parte de la corona francesa, Claudio se forma como artista en Roma. No es nada precoz. Cuando al fin logra un lenguaje propio, encuadra el paisaje entre arquitecturas clásicas o fuertes macizos de árboles. La estructura recuerda a los dibujos escenográficos de Serlio, pero Claudio abre los fondos, confiriéndoles enorme profundidad, y mediante la luz y la atmósfera, logra que la mirada recorra ese espacio con ritmo reposado. El hallazgo hace fortuna y casi se convierte en fórmula: el paisaje así concebido, llamado árcade, lo cultivarán incluso autores del siglo XIX, hasta que Turner altera su equilibrio desde una visión romántica.

En esa misma sala aparecen ya obras de Poussin. Francés de nacimiento, logra establecerse en Roma a los treinta años, ciudad en la que fallecería en 1665 a los setenta y uno. Tampoco fue un artista precoz pero desde la segunda mitad del siglo XVII se convierte en punto de referencia para los tratadistas franceses del clasicismo. Los cuadros expuestos pertenecen a la primera época del autor, la que Anthony Blunt (el historiador y crítico británico que fue acusado de espionaje) califica de heroica. La estructura de las obras difiere de las de Claudio de Lorena (de quien era buen amigo): en ellas juegan papel decisivo el trazado perspectivo y la ordenación por planos paralelos. También es diferente el tratamiento del color.

Los años treinta del siglo XVII son decisivos para ambos pintores: en ese tiempo fragua su concepción del paisaje que poco a poco seduce a las colecciones italianas y europeas. Poco después, hacia 1640, aparece la obra de otro pintor que completa el panorama de este nacimiento del paisaje romano, aunque su obra se separa de los cánones clásicos. Salvator Rosa se inclina por los aspectos dramáticos de la naturaleza y confiere a sus cuadros un tinte emocional en el que suele verse un precedente del Romanticismo.

La muestra tiene el atractivo de lo nuevo. Es, en efecto, el testimonio del nacimiento y consolidación de un género y merece verse teniendo como trasfondo la osadía y el esfuerzo de quienes elaboraron una nueva forma de hacer arte.

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