Una noche mágica

Programa: Felix Mendessohn-Bartholdy, Obertura 'Las Hébridas' op. 26; Ferdinand David, Concertino en Mi bemol mayor para trombón y orquesta op. 4; Antonin Dvorák, Sinfonía núm. 7 en Re menor op. 70.Orquesta Ciudad de Granada. Solista: Santiago Novoa (trombón). Director: Pablo González

La Orquesta Ciudad de Granada demostró este fin de semana ser una de las apuestas culturales más sólidas de Andalucía. Alejados, de momento, los nubarrones de carácter presupuestario, conviene realizar una reflexión ante el magnífico concierto que pudimos escuchar: nuestra orquesta es una de las orquestas andaluzas que mayor proyección internacional ha tenido, que mantiene unas altas cotas de calidad y que ofrece a la ciudad un servicio cultural inestimable; por este motivo no debería ser objeto de ningún tipo de especulación ni escatimación por parte de las administraciones públicas. Le pese a quien le pese, estamos ante unas de las opciones artísticas más consolidadas de nuestra comunidad, y los fantasmas de la crisis no van a amedrentar al numeroso público que, semana tras semana, llena el Auditorio Manuel de Falla.

Dicho esto, pasaremos a analizar la parte artística del concierto, que como hemos anticipado fue de gran calidad. No en vano, el director Pablo González sabe sacar a nuestra orquesta el mejor sonido, y su frescura y buen criterio artístico son una brisa renovadora que es bien recibida en el podio. Para su visita a Granada escogió un programa eminentemente romántico. El concierto se abrió con la Obertura Las Hébridas de Mendelssohn, una pieza de carácter descriptivo que conmueve por reflejar desde su buena factura la fuerza incontenible de los elementos ante los ojos de un curioso y joven compositor. Como página romántica cumple muchos de los presupuestos del estilo: su escritura de ritmos incesantes y acelerados en momentos de máxima tensión, la construcción de melodías expandidas que buscan un clímax cercano a la cadencia o la orquestación rica y efectista. Todos estos elementos fueron tenidos en cuenta por Pablo González, que extrajo el máximo partido a la pequeña pieza.

A continuación pudimos disfrutar de una pieza específica del repertorio para trombón, el Concertino en mi bemol mayor que para este instrumento escribió por encargo el compositor alemán Ferdinand David. Tanto la obra como su autor son poco conocidos para el gran público, pese a haber sido una figura destacada del panorama orquestal centroeuropeo decimonónico. Pero lo que verdaderamente sorprendió al público fue el virtuosismo y genial frescura del joven intérprete Santiago Novoa. A sus casi veinte años tiene un palmarés digno de un músico de mucha mayor madurez, lo que se explica al escuchar su soltura y precisión ante un instrumento complejo y de difícil expresividad. Su juventud no fue óbice para que escuchásemos una interpretación reposada, de criterios artísticos bien fundamentados y de una técnica insuperable. Durante algo más de quince minutos se metió al público en el bolsillo, quien recompensó su esfuerzo y su brillante carrera con una prolongada ovación.

El concierto se completó con una de las páginas más bellas del autor bohemio Antonin Dvorák: su Sinfonía núm. 7. Esta página, de menor difusión que otras salidas de la pluma de Dvorák, muestra una calidad motívica y un equilibrio formal difíciles de igualar. Por muchas razones debe considerarse una gran partitura: el ingenio de sus temas, la elegancia de sus formas, la picardía de sus melodías intrincadas de aires tanto folklóricos como de modernidad o la incesante tensión con la que se mantiene el interés en toda la obra. Son muchos elementos que merecen ser tenidos en consideración, como bien hizo Pablo González. El director, conocedor de las posibilidades de la OCG, exprimió al máximo la definición tímbrica de cada motivo, contando para ello con unos músicos entregados que ofrecieron la mejor versión de nuestra gran orquesta; en concreto, cabría destacar la labor de los vientos, que tocaron en todo momento con la precisión, potencia y presencia necesarias. Así, el éxito fue compartido entre una dirección efectiva y una interpretación efectista de cada sección orquestal, regalando a los asistentes una noche mágica.

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