¿La novela del año?

  • Con Sandino, su taxista melancólico, Carlos Zanón recorre arriba y abajo la Barcelona actual para trazar una novela y un retrato de la ciudad memorables

Hace unos meses Carlos Zanón (Barcelona, 1966) publicó una reseña de la última novela de David Trueba, Tierra de campos. En líneas generales elogiaba la maestría con la que el autor había sorteado los peligros de una novela sobre un grupo musical, subrayaba la necesidad del largo metraje de las 400 páginas para desarrollar la historia amorosa de su personaje principal y le ponía un solo pero: el músico protagonista necesitaba un letrista, porque las letras que Trueba va dejando por el camino son... No extraña esta apreciación, porque si algo tiene la prosa de Zanón es eso, que suena a letra de canciones contemporáneas. Conviene decirlo pronto: si hay escritores que logran una musicalidad instrumental clásica y otros que parecen una banda de jazz, nadie como Zanón escribe hoy con la musicalidad del pop. Tanto que a veces uno cree estar leyendo letras de canciones (no al estilo de Sabina, ese Campoamor moderno, sino de otros músicos, mayormente anglófonos). Quizá por esto no extraña su éxito creciente y, no es difícil vaticinarlo, el que le espera más allá de nuestras fronteras.

Taxi transcurre en el mundo narrativo ya conocido para los lectores de Zanón: la Barcelona urbana, con epicentro en el barrio del Guinardó pero yendo más allá de él, y actual, tanto que Puigdemont, Colau y hasta el inevitable futbolista Piqué fijan su aquí y ahora. Es increíble la suerte que esta ciudad ha tenido y tiene con sus escritores, básicamente en español, para lamentación de los catalanistas que, qué se le va a hacer, pueden subvencionar las traducciones pero no el talento cuando no se tiene. Zanón es el más reciente eslabón de una cadena que quizá empezó con Laforet (si no fue con Cervantes, quien con su preclara visión ya atisbara las posibilidades literarias de esta ciudad) y siguió con los Goytisolo, Marsé, Montalbán, Moix, Mendoza, Azúa y un larguísimo etcétera de escritores que han ido levantando el retrato diacrónico de una ciudad que, en esto, sólo es comparable con otras del nivel de París, Londres, Buenos Aires o Nueva York. Que la novela esté protagonizada por un taxista da el pie perfecto para que la ciudad entera pueda ser recorrida y el perfil trazado sea tan completo que uno alberga pocas dudas sobre el carácter canónico que esta obra tendrá para quienes quieran conocer cómo era la Barcelona en torno a 2016.

Sandino, el taxista que protagoniza la novela, es un personaje redondo, de esos que se quedan en la memoria. Lector impenitente (de todo, desde guías mortuorias hasta poesía de un polaco cuyo nombre no recuerda o novelas de Lina Meruane), degustador de rock (los capítulos de la novela se titulan como canciones de The Clash), se encuentra un martes con que su mujer le dice esa frase mítica: Tenemos que hablar. Sandino, que sabe lo que su mujer va a decirle, emprende una huida, más de sí mismo que de las palabras de ella que lo aguardan, y en esa huida recorrerá física y mentalmente a casi todas las mujeres a las que quiso y no supo amar, y recordará su vida y la de su familia, perteneciente a esa clase tan del desarrollismo antes definida como "pobre pero honrada", y durante casi una semana vivirá al límite, hasta que la huida, mental a lo largo de la novela, se convierta en física al final.

En Taxi hay trama (una taxista amiga de Sandino se queda con un bolso falsamente abandonado en su taxi, lleno de dinero y escopolamina, esa droga conocida como burundanga y que sirve para adormecer a sus víctimas, y los taxistas que están implicados en el negocio ponen en marcha una caza que les cuesta a ambos los coches, y casi las vidas), hay sexo (Sandino es un mujeriego impenitente), hay dolor (Sandino y Zanón saben pergeñar el reverso doloroso, dramático de toda vida humana, aun de la supuestamente exitosa), hay personajes memorables (Jesús, Sofía, Llámame Nat, Helena, Héctor, etcétera), hay humor (impagable el colgao Jesús, que protagoniza una escena desternillante en la que intenta resucitar al hijo de una buena señora que cree en sus poderes y otra donde habla de la esterilidad femenina provocada por los aviones), hay amor (que quizá sea la suma de todo lo anterior: trama, sexo, dolor, humor, personajes memorables) y, sobre todo, hay una prosa destellante, que deja fogonazos, no ya como versos sueltos (Zanón es poeta) sino como letras redondas de canciones de un Sabino Méndez o un Antonio Vega, y frases que quedan en la memoria del lector: "Los hombres siempre encontráis las llaves y las excusas", "Quizá a base de rituales se construye una amistad" o "La mayoría de la gente no tiene la suerte de que el amor les joda la vida ni una sola vez".

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