De un país de sombras

  • Martínez de Pisón recorre en su última novela 'Dientes de leche' cinco décadas de España, las que van de los 30 a los 80

Entrado el 2008, aún colea el asunto de la memoria histórica, asunto doloroso y mal planteado, y en el cual vienen a ignorarse, por parte de las autoridades, al menos cuatro décadas de excelente bibliografía sobre la Guerra Civil, así como sus prolegómenos y consecuencias. Afortunadamente, hace ya muchos años que cualquier español curioso, cualquier español sinceramente conmovido, puede acceder a las obras de Southworth, Malefakis, Hugh Thomas, Tuñón de Lara (también a Ricardo de la Cierva y otros eruditos conservadores, como Tussel), y enterarse allí del vasto cementerio y de la pavorosa cacería en que se convirtió España durante mucho, mucho tiempo. Esto mismo se puede hacer, sin recurrir a las obras especializadas, leyendo a Ignacio Aldecoa, Miguel Delibes o Camilo José Cela. De modo que la memoria histórica, salvo el digno enterramiento de los perdidos y ocultados en caminos sin nombre, es algo que funcionaba ya con naturalidad cuando la actual generación de políticos iniciaba, quizá sin mucho tino y aprovechamiento, el Bachillerato.

Digo todo esto, y perdonen la manera de señalar, a cuenta de la última novela de Ignacio Martínez de Pisón, novela ejemplar, desigual, amarga y conmovedora, donde tres generaciones de españoles (el patriarca es un italiano que vino a luchar con la tropa voluntaria junto a los sublevados), cruzan su odio y su ignorancia, su silencio y su dicha, desde los primeros días del alzamiento hasta la primera legislatura del PSOE. Es decir, que aquí se despliega y se acumula, aquí se curva y agavilla, la memoria común de muchos españoles que sufrieron la contienda y vadearon, con heroísmo duro y silencioso, el ominoso cauce de la posguerra. Pero Dientes de leche, como acabo de decir, es un libro sobre la memoria, sobre el dolor, sobre la compasión, sobre la furia y el olvido; es un libro sobre la relación de hombre a hombre, de generación a generación, que se establece entre padres e hijos, cada cual con sus ideas, sus sueños y esperanzas, y nunca un tratado sobre la política internacional y el movimiento de tropas. Para eso queda, con la necesaria distancia y el menudeo de datos, el historiador y sus voluminosas obras. Probablemente, Dientes de leche es un libro sobre el amor y su imposibilidad, o sobre el amor y su triunfo. En cualquier caso, es una novela donde vemos, con verosimilitud y ternura, la obstinada fijación del hombre por amar, por vivir, por engañarse, por restañar las ofensas infligidas. También su propensión a la crueldad y el compacto silencio, el pudoroso olvido, el sufrimiento a oscuras, sobre el que se sustentan cuatro décadas de nuestra Historia. Si el protagonista es un viejo fascista de primera hora, si su hijo es un airado comunista clandestino, apenas son afiches necesarios, convenciones creíbles, para dar fe del ancho páramo y el febril interludio que atravesaron millones de españoles; esos mismos españoles que el gran Aldecoa retrata para siempre en su relato Un corazón humilde y fatigado.

Así pues, lo que parpadea en este libro, a ratos conmovedor, a veces anodino, es la imposibilidad de recuperar el pasado, y el flujo arbitrario y devastador, también salvífico e impensado, de los días. De aquella España imperial y hosca, a la España industriosa, opulenta, esperanzada, de los 70/80. He aquí la trayectoria de la familia Cameroni, que es la trayectoria de cualquiera de nosotros. Cuenta Raymond Carr en su España 1808-1975 (el libro, ay, es del 79), que los españoles de los 40/50 eran los europeos que más cine consumían, quizá como una forma de escapar, tal vez la única, a la ominosa realidad que los circundaba. En Dientes de leche, el cine juega un papel importante, a modo de un ensalmo deslumbrante que los salva a todos del oprobio. Cela dijo lo muchas veces, y con razón: "la memoria, esa fuente de dolor". En cuanto a Azaña y su "Paz, piedad y perdón", ya sabemos que no son virtudes muy acomodadas a esta vieja tierra umbría.

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