La palabra exuberante

Fecha: viernes 9 de marzo. Teatro CajaGranada. Aforo: lleno.

Durante más de dos horas de concierto y a través de más de una veintena de canciones, Javier Ruibal volvió a dignificar el oficio y el nombre de cantautor, tan denostado en estos tiempos por culpa de otros con menos talento. El portuense es un hombre no solo dotado para esa escurridiza habilidad de emparejar notas y palabras que formarán hermosas canciones sino que trasmite respeto y honestidad por las dos caras de esa moneda, pues si brillante es con los versos, no lo es menos como músico, y es precisamente esa pata de la silla la que suelen descuidar otros compañeros de profesión menos respetuosos con el hecho musical. En Ruibal la musicalidad se desborda en cada estrofa y las beneficiadas no son otras que sus cautivadoras canciones. Solo con su guitarra y su sombrero, abrió fuego con La del contrabandista y aprovechó para dedicar el concierto a José Luis, el alma de El Secadero de Alhendín, a punto de ingresar en prisión por una sentencia judicial que duele e indigna a todos los presentes y a muchos más. Al ritmo de algunas de sus perlas, Agualuna, Quédate conmigo, Esta hora de los besos y alguna inédita, se sucedieron los parabienes entre el músico y su público. Hasta llegar al dulce canto de ida y vuelta que es Toito Cai lo traigo andao, con la que cerró la primera parte del recital. Presentó entonces a José Recacha, un prodigioso y joven guitarrista, que lo acompañó en Besos en abril, para incorporar a continuación a Daniel Escortell al bajo y su hijo Javier a la batería. En formato de cuarteto interpretó Y la noche afuera, La reina de África, la lorquiana Por tu amor me duele el aire y Si no me besas. Dicen los filósofos de barra de bar que un hombre tiene la edad de la mujer con la que está, y si extrapolamos el axioma al escenario, podríamos decir que Javier Ruibal tiene la edad de los músicos que lo acompañan, y que por tanto rebosa juventud. Y a ella dio paso para tomarse un respiro y presentar en sociedad al trío, que interpretó un par de temas en clave jazz-rock de querencias progresivas con notable virtuosismo. A su vuelta, volvió a estremecer a los incondicionales con su alquimia, absolutamente andaluza pero flamenca solo por un instante.

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