El pecado y la penitencia

Por su condición de espectáculo -esto es, de montaje concebido para degustarse en público-, el relato cinematográfico se presenta agravado por ciertas limitaciones, tal es la duración del mismo, fijada en torno a las dos horas de proyección, aunque estirada hasta las tres, tres horas y pico, en no pocas ocasiones. Más allá de las cuatro horas sólo existen ese millar de excepciones que confirman una regla millonaria. La novela está libre de estas trabas: la narración puede espesarse en cien páginas o demorarse hasta las mil sin otro inconveniente que la capacidad del narrador para retener la atención durante tanto tiempo. La labor de síntesis es inevitable, pues, cuando se trata de adaptar novelones como, por ejemplo, Guerra y paz de Lev Tolstói (la cual cuenta con una extraordinaria versión dirigida por King Vidor en 1956). Otra de esas novelas de amplio respiro, casi cuatrocientas cincuenta páginas pobladas de personajes y plagadas de avatares, es Lord Jim (1900) de Joseph Conrad, recientemente reeditada por Mondadori con una nueva traducción. Puestos a trasladarlo a la pantalla, el libro debía cribarse con sumo cuidado, y Richard Brooks lo hizo.

El protagonista es un marinero sediento de aventuras, enfermo de romanticismo y demasiada juventud, enrolado como piloto en un vapor de ruta por aguas del Pacífico. La realidad del oficio es más gris de cuanto imaginara, pero el joven aguarda pacientemente una oportunidad de lucimiento que llegará en forma de naufragio; no obstante, Jim no está a la altura de las circunstancias y, en el último minuto, huye del barco junto al capitán y dos maquinistas abandonando a su suerte a todo el pasaje, más de ochocientas almas a merced del mar. La acción lo horroriza, ante todo, por lo que deja al descubierto de sí mismo; él, que se soñaba héroe, ha sorprendido el hociquillo del miedo en sus adentros. Esto habría bastado para amargarle la existencia, pero el azar le reserva una jugarreta aún más retorcida. A su llegada a puerto, los huidos descubren que el vapor no se hundió a pesar de todo; ha sido remolcado y puesto a salvo. La tragedia deviene una broma demoníaca y ahora ochocientos índices señalan su vileza. Lo que ahora urge a Jim, siempre surcando océanos interiores, es demostrarse que en ningún momento fue, que no es, que jamás será un cobarde.

El narrador -empleado por Conrad en otras ocasiones- es Marlow, que reconstruye la historia a partir de diversas fuentes. Marlow cuenta cómo el joven estuvo dando tumbos unos años, intentando huir del pasado. El único modo de escapar era largarse al lugar más perdido de la tierra, un lugar como Patusan, una isla antaño próspera gracias al comercio y hogaño levantada en armas, y allí se dirigió Jim en calidad de agente comercial, convencido de que cabía empezar desde cero, el muy cándido, ignorante de que iba al encuentro de su destino. No huirá, pues huir de nosotros no nos ha sido dado, pero sí expiará la culpa. Cuando la suerte vuelva a colocarlo en otra encrucijada drástica, esta vez sí estará a la altura de sus propias expectativas... Ante la imposibilidad de abarcar la novela en toda su amplitud, el cineasta Richard Brooks dedicó apenas media hora al pecado y más de dos a la penitencia de Jim (con lo que las primeras 200 páginas se resuelven en apenas 25 minutos), lo cual, bien mirado, es toda una declaración de principios. En consecuencia, Brooks se sirve de Marlow sólo en un primer momento, el del pecado, pero prescinde de él al narrar la purificación del personaje. Durante esos minutos iniciales, Marlow actúa como conciencia de Jim. Una vez planteado el conflicto, puede callar y desaparecer.

Richard Brooks sentía devoción por la obra de Joseph Conrad, se nota, pero conocía lo suficientemente bien su oficio para comprender que no podía trasladar el relato tal cual a la pantalla; debía hallar equivalencias cinematográficas a las propuestas literarias, elaborar el material, también reducirlo, hacer sus propias aportaciones. Los resultados son encomiables: su película quizás cuente menos cosas que el libro, pero no con menos intensidad, no con menos inteligencia. Hubiera sido un despropósito limitarse a fotocopiar la novela, tenía que traducirla en imágenes, y su traducción es extraordinaria. En estos días untuosos de agosto, leer de nuevo a Joseph Conrad ha sido un auténtico goce; volver a ver el clásico de Richard Brooks, otro.

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