Lo que el pez mudo sabe

  • Juan Varo presenta hoy en Granada un libro de aforismos en los que reflexiona con una tremenda ironía sobre el mundo de hoy, la literatura, los estados de ánimo, los pensamientos alargados y Valladolid.

La brevedad es uno de los ejercicios literarios más difíciles. Su principal peligro es que, en su tendencia a la concentración, suele oscilar entre el Caribdis de lo abstruso o lo hermético y el Escila de la obviedad o la banalidad: dos maneras de solipsismo por culpa de quedarse corto. Por suerte, Juan Varo, en su nueva colección de aforismos Mudo pez en el mar, sortea con su seguridad habitual ambos escollos; ha comprendido -y así lo explica en uno de sus aforismos- que a veces la brevedad requiere de su opuesto, la amplificación, y que la línea recta puede ser el camino más corto entre dos puntos, pero no necesariamente el más breve: la brevedad no debe dejar al lector insatisfecho por exceso o por defecto mediante una ingenuidad o sutileza impostadas. Por otra parte el género aforístico -siempre impreciso en su definición- quizá también por la brevedad, se ha contaminado hoy día de la principal característica artística y literaria del momento: el ingenio fácil, la ironía, lo lúdico, con lo que deriva peligrosamente hacia el chiste, el juego de palabras o una apenas disimulada tendencia a la greguería, que se agotan en su propio guiño o transgresión retórica. En Mudo pez en el mar hay mucha ironía, sólo que ironía en el sentido más elevado y denso del término; una ironía de raíz moral que nos pone frente a las propias contradicciones: no en vano el propio Varo afirma en otro aforismo que éste, como género, trata sobre los modos en que nos relacionamos con la verdad. Pero el autor además tampoco renuncia a ser sincero y potente, y a no pensar bajo, como diría Rubén Darío, lo que hoy día equivale a buscar la profundidad o a ser culto, sin resultar hermético, como ya hemos dicho, pero también sin andar pidiendo disculpas retóricas por ello, y atreverse a tratar cuestiones de carácter filosófico y moral, o incluso teológico, propias por otra parte de la tradición aforística. El resultado es un libro brillante, inteligente y lúcido donde el autor, por un lado, observa atentamente la realidad y luego, por otro, la coteja con lo que de ella ha dicho la mejor literatura o filosofía (en el libro abunda el diálogo vivo, con respeto pero sin falsa humildad, con los clásicos, de Platón o Aristóteles a Heidegger o Agamben) para extraer una esencia que proviene a la vez de lo leído y lo vivido como partes inseparables de la propia experiencia.

La obra se divide en cuatro secciones: Sátira, Retórica, Vírgenes necias y Valladolid. La primera trata cuestiones relativas a la moralidad y las costumbres, con otras consideraciones más generales sobre el ser (humano). El propio autor describe su propósito al final del aforismo que abre la sección: "Creo que estos aforismos satíricos se ocupan […] no tanto del escarnio de los vicios abstractos cuanto de la sorpresa de verlos tan maravillosamente revueltos en la vida verdadera". En ella cabe la reflexión general, de hermosa, rotunda retórica en donde los personajes históricos se trasforman hábilmente en metonimias de su condición: "¿Breve la vida?, ¿ancho el mundo?; vida sobró a Empédocles, mundo faltó a Alejandro". También cabe la ironía por el procedimiento de ahondar en una frase hecha al volverla del revés: "Cuando el gusto se acaba, queda la sarna" (por razones de espacio, lamentablemente no podemos poner ejemplos de los aforismos más extensos). La segunda sección contiene, en una primera parte, aforismos sobre literatura y arte, que incluyen una reflexión tanto teórica como crítica; la segunda es un breve e imprescindible tratado sobre el propio aforismo, con consideraciones generales acerca de éste, sus precedentes y algunos rasgos de su retórica (inventio, dispositio, elocutio): "Principio: El aforismo puede prescindir de la erudición; el aforista no". La tercera sección constituye una suerte de prolongación de la primera: consideraciones morales y filosóficas con la presencia añadida de una indagación en lo trascendente, y un mayor tono lírico (que ya se entrevé en algunos aforismos anteriores): "En las estancias del dolor no hay puntos de fuga. Las aristas se cortan en un infinito tangible". Por último, la sección Valladolid, la que más se aparta del tono general del libro, es en realidad un diario (la mayoría de los aforismos incluye una fecha) en el que, desde el 30 de noviembre de 2007 al 12 de junio de 2008, el autor deja sus impresiones y apuntes -incluida una casi puntillosa precisión toponímica- sobre una ciudad en la que parece estar exiliado, y que dejan traslucir, casi como si fueran un pretexto, una terrible, desolada soledad. Aquí la reflexión convive con un lirismo abierto: "3 de junio de 2008. La vida no se precipita desde el cielo. Más bien socava nuestro suelo lentamente. Qué bella la lluvia cuando se vive como un milagro". Un inicio y un final, con una referencia y un comentario a Empédocles que explican el título del libro, lo abrazan proporcionándole una unidad de sentido fundada en nuestra finitud y la esperanza de trascenderla.

La impresión final que queda en el lector es la de un libro necesario, serenamente adulto entre tanta propuesta infantil, que invita a pensarnos, a leer o releer ciertos textos y autores clásicos, y a tratar, sin aspavientos, de ser mejores. Un libro al que volver más de una vez.

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