especial letras hoy Homenaje a Francisco Brines

El poeta y su tiempo

  • Con una poesía nacida de la rabia ante lo que sucedía en su país, Francisco Brines se atrevió en sus obras con la ideología nacional-católica y la denuncia del crimen político y la hueca moral de la sociedad

Recién acabada la Guerra Civil y con la victoria franquista como pan recién salido del horno -tierno, caliente, pero que no alcanza para todos- y con las mejores voces de nuestras letras desperdigadas malamente por medio mundo en un exilio unas veces voluntario, otras forzoso, la poesía española de los años 40 devino un territorio bastante raquítico en el cual los más cantaban a una hidalguía desempolvada por la retórica del poder y a unos tiempos antiguos en los que sólo de soslayo y entre dientes se podía hablar de la realidad presente. No faltaron, por fortuna, honrosas excepciones: Gabriel Celaya, Blas de Otero y algunos otros. El panorama de las letras en español sólo comenzaría a robustecerse en la década siguiente. Franco, como todo dictador, seguía siendo un Saturno dispuesto a saciarse con la carne de sus vástagos pero, como pueden imaginarse, un país suele tener más gente de la que cualquier monstruo es capaz de devorar. España estaba saliendo lentamente de la ciénaga.

La llamada 'Generación del medio siglo' apareció con ganas de llegar tan lejos como les fuera posible; la única épica posible entonces era la del compromiso y la mejor literatura se hizo bajo su signo. Quizás no pudiera hacerse guerra abierta contra el franquismo, pero no caerían en el error de resignarse. Nada había digno de elogio, sino al contrario, y cambiaron panegíricos y odas por un largo e ininterrumpido lamento. Debían sajar aquel tiempo de silencio y la literatura se enfrentó a una mudez puesta en entredicho y en la picota. Si se optaba por el silencio, se hacía con rabia; en el poema inaugural de Las brasas (1960), el primer libro de Francisco Brines, el poeta valenciano advertía: "Habrá que cerrar la boca / y el corazón olvidarlo. /Dejarlo sin luz, sin aire, / como un hombre encarcelado, / y habrá que callarlo todo / lo que nos pueda hacer daño". El recambio generacional trajo consigo, en teatro, la notable crudeza de Historia de una escalera (1949) de Antonio Buero Vallejo; en narrativa, el descontento disfrazado de indolencia en El Jarama (1956) de Rafael Sánchez Ferlosio; y en poesía, esa insatisfacción que impregna el fondo y la forma de Metropolitano (1957) de Carlos Barral. A la zaga de Barral, precisamente, aparecerían primeras espadas como Jaime Gil de Biedma, Ángel González o el ultimísimo Premio García Lorca, recién mencionado, Francisco Brines.

En cierta poética suya, Brines confesó que él había sido un hombre de "biografía interior, no exterior" y cuestionó el alcance social de su obra. Sí, pero no. Si su politicismo no fue tan acusado como el de otros coetáneos, tampoco fue pequeño y estas inquietudes, por ejemplo, son la razón de ser de las composiciones reunidas en la serie Materia narrativa inexacta (1965), en donde se atreve con la ideología nacional-católica (El santo inocente) y con la denuncia del crimen político (La muerte de Sócrates). No debe olvidarse que nuestra actitud de puertas adentro es un reflejo de lo que pensamos de puertas afuera, y la depuración, la tolerancia y el desencanto de aquel primer Brines no podía ser más ajena al fárrago franquista, a la intransigencia huera y a la hueca moralina de la sociedad en la que creció y se hizo adulto, una sociedad que enceguecía a los ingenuos, resabiaba a los lúcidos y enseñó cautela a todos sus compañeros de fatigas. La falta de libertad, envejece; y así, antes de cumplir los treinta años, el yo poético de Brines, Las brasas, era el de un hombre cansado, quizás incluso anciano, que se enfrenta a los cascos herrados del tiempo.

La crítica destacó el carácter testamentario que desprendía aquel poemario, y el poeta valenciano bromeó a propósito diciendo que el primer libro bien pudo haber sido el último. No lo fue; vinieron otros y no deja de ser curioso que éstos fueran ganando en luz y carnalidad conforme España salía de las sombras y de las privaciones. Hallar un delicado equilibrio entre pasión y mesura parece haber sido al final la tarea poética de Brines. Cantar a la vida, por fin, pero con seso. Si queremos llegar lejos en esta vida, debemos entregarnos por entero, pero, si queremos ser justos, quizás no debamos pedirle nunca demasiado.

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