Sin rastro del tesoro

  • Con la campaña navideña en mente, Universal se ha dado prisa en recopilar material para un disco póstumo de Amy Winehouse. ¿Merece la pena?

En el tramo final de su pormenorizado y, desde luego, discutible análisis contextual del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles -The act you've known for all these years (2007), con atropellada traducción al español a cargo de Global Rhythm: Vida y milagro de Sgt. Peppers. Un disco para una época-, el prolífico Clinton Heylin ejemplificaba a propósito de la edición de los sucesivos volúmenes de Anthology, presunto compendio de lo nunca visto en torno a los fab four, el despropósito de una industria que escarba mucho más allá de lo sensatamente pertinente a la búsqueda de material inédito con el que inyectar combustible a la maquinaria de explotación comercial del mito.

Por supuesto, se pretendía que lo de menos a efectos mercantiles fuera que dichos ejercicios de arqueología quedaran incluso muy por debajo, en términos de conocimiento de causa y hasta de calidad de sonido, de otros llevados a cabo por cauces no oficiales -aquellos bootlegs, ¿recuerda?-. En Anthology se arrojaba el anzuelo, aun desprovisto de verdadero cebo, quizás con el convencimiento de que bastaría el nombre del grupo de Liverpool para llamar la atención; o de que no serían pocos los clientes que picasen antes de descubrir que el contenido de aquellos artefactos -en ocasiones, falseado uniendo extractos de tomas diferentes para llegar a construir canciones que nunca había existido con tales formas- en poco o nada se relacionaba con la imagen de producto acabado al que el subconsciente colectivo asocia la obra de The Beatles. Y si el resultado final se hacía indigesto incluso para el beatlemano, no digamos ya para el consumidor ocasional, que no tardó en cambiar sus preferencias a la hora de pasar por caja. Así que la pretensión de la discográfica EMI -vender, claro está- quedó lejos de verse colmada, al menos en sus boyantes planteamientos iniciales.

Sin llegar a esos extremos -de momento: aunque una mera lógica proporcional induzca a pensar así, nunca se sabe-, la cantada aparición de Lioness: Hidden Treasures, el nuevo álbum de Amy Winehouse, responde justo a la misma práctica industrial. Tenemos el mito y el plan de promoción pagado -el informe forense llegó hace menos de dos meses, manteniendo la presencia de la desaparecida cantante británica en los periódicos de medio mundo desde su muerte a finales de julio-; tenemos además la campaña de Navidad a la vuelta de la esquina. Ah... Sí... Y tenemos también algunas grabaciones -descartes, versiones, dúos...- que, con el maquillaje apropiado, pueden empaquetarse y despacharse, jugando al despiste con premeditada ambigüedad, como el último disco de... ¿Cabe pedir más?

Evidente trabajo de laboratorio -dicho sea, por cierto, sin connotación negativa alguna; lo contrario implicaría desconocimiento de la historia de la música pop-, el principal problema de Lioness es que no esconde ningún tesoro. Exceptuando la vibrante revisión del hiperversionado clásico Our Day Will Come de Ruby and The Romantics -aquí, y tampoco esto resulta novedoso, en esa clave que ya desde los 60 tendía un puente jamaicano hacia el soul-, muy poco en este patchwork recuerda a la incontestable fiera desafiante que, desde las tripas, entonaba aquello de They tried to make me go to rehab / I said no, no, no.

Por eso el problema no es de laboratorio. Tampoco de los aplicados cirujanos tras la mesa de mezclas -entre ellos, viejos conocidos como Mark Ronson y Salaam Remi-, que hacen lo imposible con el material del que disponen. El problema es, en gran medida, del material mismo, ajeno por exceso o por defecto al estado de gracia -o desgracia, según se mire- en el que Winehouse se encontraba al registrar la obra cumbre de su escuetísima discografía, Back To Black, a efectos prácticos, su único testamento fiable, su canto de cisne real.

Así, si una primeriza y ralentizada versión de Tears Dry On Her Own queda descartada del máster final de Back To Black no es por capricho, sino porque la lectura definitiva y originalmente editada la supera sin contemplaciones.

Otro problema: el maquillaje embellece, pero desnaturaliza, borrando en el proceso cualquier apetecible aspecto documental que este rescate pudiera en principio tener -aunque eso, evidentemente, traiga al pairo a Universal-.

Relleno con versiones, escasamente destacables en su mayoría -celebrar el leve toque drum'n'bass en The Girl From Ipanema implica ignorar la música brasileña de los últimos 20 años-, y rozando la broma con los dúos -se vende como nueva canción Like Smoke, en la que el rapero Nas estira el minutaje sobre la estrofa incial cantada por Amy; aunque peor es lo de Body & Soul con Tony Bennett-, Lioness: Hidden Treasures reduce pues su publicitada condición a la de un simple producto diseñado para época de regalos. Pero poco más.

Amy Winehouse Universal. Pop / Soul. LP / CD

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