Cuando la realidad suspende su fiel relato

  • La exposición 'Post Scriptum' en el Palacio de los Condes de Gabia descubre a María Dávila, una artista malagueña con un lenguaje figurativo totalmente distinto

La definición de lo artístico lleva tiempo mostrando infinitos desarrollos. La evolución del arte es un proceso en continuo movimiento cuyas perspectivas no parecen tener límites. No hay nada más que asomarse a cualquier planteamiento de nuestros artistas más comprometidos para darse cuenta que todo está sujeto a dialécticas que, a veces, muestran complejos postulados de difícil acceso. No obstante, el ojo avezado sabe, casi siempre a qué atenerse y dispone de registros claros para asumir lo que la mirada atisba; si no en el mismo plano de lo que se representa, sí en otras dimensiones que, por experiencia, se adivina y se deja atrapar por la fuerza emocional de lo que se contempla. El arte, en definitiva, es pura emoción y saetas incontrolables disparadas al centro del alma.

Sirva esta introducción como preámbulo a las muchas sensaciones que manifiesta el espíritu de la pintura de María Dávila. La primera impresión que uno adquiere al contemplar Post Scriptum, la exposición de esta joven artista -Málaga, 1990 -, es que, a pesar de lo que la mirada atrapa, no se encuentra ante una pintura figurativa al uso, esa que transcribe una descripción mediata o inmediata, la representación narrativa de una realidad, un paisaje, los enigmas del sueño o las recurrentes concreciones de lo humano. Claramente, la visión de la obra de Dávila suspende el mero ejercicio narrativo y hace transitar por espacios menos lineales a lo que la vista está habituada. En la pintura que se presenta en los espacios del palacio granadino se descubre un universo de enigmas, de posiciones diferentes a los que imponen los límites de la tradición realista.

La artista pinta, con indudable calidad técnica, un escenario oscuro donde los actores principales, los elementos de la composición, las figuras de un posible juego escénico, aparecen suspendidos en una realidad que se antoja ficticia, porque así lo quiere ella, carente de emoción y suscrita a los meros intereses de un proyecto pictórico. En ese escenario transcurre una acción detenida en el tiempo y en el espacio. Existe una especie de intervalo emocional entre lo que el ojo ve y lo que la mente absorbe y fija. En ese espacio de significación detenida, lo real muestra su desapasionado rostro, su carácter de suprema expectación; los personajes han eternizado su posición habitual y muestran una desnaturalizada esencia.; incluso, la autora recurre a mínimos cromáticos para desarrollar esta realidad que se presiente más que se siente.

La muestra en Condes de Gabia crea inquietud, plantea situaciones que hacen tomar partido y provocan el compromiso absoluto del espectador. Los personajes de la pintora malagueña parecen recuperados de escenas pretéritas para afrontar nuevos episodios de una intencionalidad imprevisible. Son retratos que se diluyen en su propia existencia, que hacen transitar por una realidad esquiva donde se esconde un universo absolutamente desapasionado.

La sala alta del Palacio de los Condes de Gabia nos vuelve a situar en los buenos compromisos artísticos de los más jóvenes; aquellos que argumentan un ejercicio creativo adscrito a los nuevos planteamientos de un arte que necesita buenos registros creativos para que no se quede anclado en la pobreza de lo que todos hacen. La obra de María Dávila descubre a una artista con un lenguaje figurativo totalmente distinto; realiza una pintura que muestra espacios indefinidos, que hace mirar hacia dentro, que se aleja de los efectismos que la plasmación de lo concreto provoca y que abre las máximas perspectivas de la emoción.

Estamos ante una artista joven, que marca rutas para seguir creyendo en la pintura y que nos hace circular por unos desarrollos artísticos donde no tienen cabida los burdos asuntos que dejan indiferente.

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