De libros

Las reglas del dios de la anticreación

Primo Levi, el judío sefardí superviviente del Holocausto en el campo de Monowice, que narró su experiencia en un relato estremecedor al que llamó Si esto es un hombre, percibía algo sobrenatural en todo lo que sucedió en Europa en la década de los 40 del pasado siglo. Atribuía esta obra de perfecta destrucción en lo material, lo humano y lo moral a "un genio de la anticreación".

Tenemos una idea más o menos nítida de lo que fueron los primeros años de esa década, los de la guerra, los del exterminio. Conocemos gracias a Shoah, ese documental monumental de seis horas que Claude Lanzmann legó a la vergüenza de una especie, qué grado de sadismo y abyección alcanza el hombre actuando en manada, lo que se llamó la Solución Final, acabar con el pueblo elegido, seis millones de almas, una fábrica de asesinatos en masa. Pero tendemos a reducir un periodo más extenso a los hechos finales del infierno: el juicio de Nuremberg contra los criminales nazis, la llegada del Plan Marshall en el Oeste, la colectivización de la tierra en el Este... No es que no esté documentado, lo está. Podríamos volver a ver una película que duele y que hoy se ve poco como Alemania año cero, de Roberto Rossellini, para experimentar el momento de la desesperanza, el verdadero momento de no hay futuro encarnado en ese niño que se suicida en las ruinas de Berlín.

Entre el instante en que el cuerpo de Hitler arde, que es donde abandona Antony Beevor su celebrado fresco Berlín, y se producen los hechos mencionados que son origen del Premio Nobel de la Paz otorgado a Europa, el continente es un caos, un agujero negro de odio y venganza, de ajustes de cuentas, sin instituciones, sin justicia. Es el escenario perfecto para el Mal. A estos años oscuros y poco estudiados le ha dedicado el historiador británico Keith Lowe (Londres, 1970) una investigación que ha dado como resultado un libro espeluznante sobre la bajeza humana: Continente salvaje.

Lowe, quizá por su juventud, se despoja de academicismos y entrega una obra poseída por la poderosa fuerza de unos acontecimientos no desconocidos, pero sí arrumbados en la esquina de nuestra memoria común: la realidad de que Europa se construyó sobre un osario en el que los crímenes, humillaciones, violaciones y depravaciones no acabaron con la conferencia de Potsdam. Y, aún así, Lowe tiene la frialdad de negarse a juzgar, la capacidad de entender, como Primo Levi, que el Mal a veces está por encima del individuo, que el Mal está gobernado por el genio de la anticreación.

El caótico ejército guerrillero de los hombres del bosque de unas repúblicas bálticas para las que la II Guerra, en realidad, no acabó hasta la caída del muro en 1989; los genocidios provocados por los movimientos masivos de población en las fronteras entre Polonia y Ucrania que perpetuaron un odio que sólo parece haberse mitigado con la celebración conjunta por ambos países de la Eurocopa 2012; el abandono a su suerte de Grecia -regalo de Stalin a Churchill-, que ha detonado en su actual crisis; la amalgama de etnias preñadas de rabia que artificialmente unificó el inclasificable Tito y que estalló en la guerra de los Balcanes de los 90 son sólo ejemplos de que lo que se cuenta en Continente salvaje es una pieza imprescindible para construir el puzzle de nuestros días.

El tránsito de las ocupaciones alemanas a la democracia o a la órbita estalinista es narrada por Lowe con la precisión de quien ha pisado el terreno. Asistimos a la deshumanización de los alemanes, a mujeres que se dejan follar en público por soldados aliados a cambio de una lata de carne, a judíos que salen de los campos de concentración y caen bajo la maza de poblaciones que les hacen responsables de su castigo, a la desaparición de pueblos enteros considerados colaboracionistas...

Lowe ha recopilado una cantidad inmensa de testimonios, se ha sumergido en documentos a los que nos remite en sus más de 1.200 citas y, con una vastísima bibliografía, crece un impresionante mural de lugares y personajes.

Personajes como Salomon Morel, un criminal de la postguerra que Lowe rescata de su inmerecido olvido. Morel, judío, dirigió el campo de sufrimiento de Zgoda, en Polonia, donde fueron a parar miles de alemanes civiles, entre ellos mujeres y niños, que murieron hacinados por el contagio de tifus, por las palizas vengadoras de víctimas convertidas en verdugos. Morel vive. Reside en Tel-Aviv, protegido por Israel. Nunca fue juzgado.

Keith Lowe. Traducción de Irene Cifuentes. Editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2012. 539 páginas. 25 euros.

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