En un relámpagoLa música del amar

  • David Trueba regresa a la narrativa con una adictiva novela, cargada de preguntas, sobre el paso del tiempo y la naturaleza voluble del amorConget publica 'La bella cubana', una obra que va dejando un poso de alegre tristeza, o de triste alegría, y que es probablemente su mejor novela

Dicen los críticos que las novelas de David Trueba funcionan porque los lectores se identifican plenamente con sus personajes. Y ante tal afirmación uno se pregunta qué tiene que ver su vida con la del futbolista de elite que protagonizaba Saber Perder. O con la del paisajista que acude con su novia a un congreso en Munich que narra esta novela corta titulada Blitz que acaba de publicar Anagrama. Y cuando el tipo va contando su historia, resulta que uno se va dando cuenta de que igual es cierto, de que lo que le está pasando al paisajista le podría pasar a cualquiera. Y la novela le atrapa tanto que se la tiene que leer en un rato, seguida, de un tirón. En un relámpago, que es precisamente lo que significa Blitz en alemán.

Las 170 páginas de Blitz se degustan en poco más de hora y media. El libro tiene una estructura rara. Está dividido en doce capítulos, uno por cada mes del año. El de enero ocupa casi toda la novela y los demás son de una o dos páginas en los que el protagonista cuenta cómo evoluciona tras lo que le sucedió el primer mes del año. Lo que le pasó no lo vamos a desvelar aquí, pero valga como pista la primera frase del libro: "aún no le he dicho nada. me cuesta tanto. uff. tq." Este texto, acompañado de un corazoncito, es el mensaje que recibe en su teléfono móvil el paisajista que va con su novia a un congreso en Múnich. El problema es que el mensaje lo envía, por error, su novia. El destinatario era otro.

Y así, al tipo le cambia la vida en el tiempo que tarda en leer el mensaje. Justamente en un relámpago. Y a medida que va leyendo el relato de aquella jornadas en Alemania, el lector va sufriendo empatía, va solidarizándose con el narrador, como si el mensaje se lo hubieran mandado a él y ya empezara a pensar en cómo ha de dar el siguiente paso. Porque igual a quien lee nunca le han dejado vía SMS o mensaje de Whatsapp equivocados, pero seguro que alguna vez le han dejado. O a alguien muy cercano, aunque no sea paisajista, ni futbolista, ni haya pisado Alemania en su vida. Trueba capta al lector, lo engancha y no lo suelta hasta el final. Y, sí, Blitz se lee en hora y media porque tiene 170 páginas con letra gorda, pero su anterior novela tenía más de 400 y era igual de atractiva.

Esa habilidad es oro para un escritor. O para un creador en general, porque Trueba hace casi de todo. Y todo bien. Dirige buenas películas, escribe buenos guiones, buenos artículos en prensa y mejores libros. Eso sí, se toma su tiempo. Que Blitz será y se leerá en un relámpago, pero su autor ha tardado siete años en publicarla desde que su anterior obra, Saber perder, lo consagrara como uno de los escritores más interesantes de la narrativa española contemporánea.

Antes de Saber perder y de Blitz hubo otras dos novelas, Abierto toda la noche y Cuatro amigos. La primera es de 1995 y la segunda de 1999. Cuatro en veinte años. Todas cargadas de aire fresco. En ese tiempo hizo más cosas, claro. Escribió los guiones de Perdita Durango (1997), La niña de tus ojos (1998), dirigida por su hermano Fernando, y del documental Balseros (2003); y dirigió siete películas, entre las que destacan Soldados de Salamina (2002); Madrid, 1987 (2011) y Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013). Por esta última se llevó tres premios Goya: mejor película, mejor dirección y mejor guión original. También dirigió la serie de televisión ¿Qué fue de Jorge Sanz? y publicó centenares de artículos en prensa.

Trueba dice que combinar cine y literatura le permite volver a ésta siempre con la ilusión de la primera vez. Desde luego el resultado final le da la razón. Blitz es precisamente una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre lo que puede cambiar la vida en un relámpago y, por tanto, la de vueltas que puede dar en los veinte años que separan la primera y la última de sus novelas. Y sobre el amor, claro. Sobre la diferencia de edad, sobre la mezcla, sobre el sexo, sobre lo poquito que se ha de llorar a un amor perdido. "La gente ha de mezclarse", ha dicho el autor en sus entrevistas promocionales. La novelita da para muchas reflexiones y preguntas personales. Decenas o cientos por cada uno de los lectores. Bienvenidas sean todas.

David Trueba. Anagrama. Barcelona, 2015. 176 páginas. 16,90 euros

José María Conget. Pre-Textos. Valencia, 2015. 204 páginas. 20 euros

Rubén Salas es un hombre maduro, que se dedica en la Nueva York anterior a la caída de las Torres Gemelas a ser eso tan difuso, un gestor cultural en la capital del mundo. Un señor que lo mismo debe buscar el espacio adecuado para la conferencia de un escritor plomizo representante de las viejas letras castellanas que organizar la visita de uno de nuestros muchos presidentes o consejeros autonómicos, seguidos de su numeroso séquito, tan rumbosos con el dinero público en los años previos a las vacas flacas. Rubén Salas fue uno de tantos escritores prometedores, convencidos de su genialidad, deseosos de comerse el mundo, a quien la vida fue dejando en eso, en promesa, y cuyo arte, si existió, no llegó a fraguar. Un escritor que conoció el amor y lo dejó ir, o lo sacrificó tal vez pensando en una obra literaria que, paradoja, se seca cuando el amor vuela, incapaz de dar voz al dolor que lo amarga. Un hombre que visita a su padre moribundo, con la cabeza medio ida, internado en una residencia próxima, con quien mantiene unos monólogos exteriores al más puro estilo Conget, un derroche de memoria, humor, historias acaecidas en la lejana Pamplona donde vivieron padres e hijo, un contarse uno mientras va contando.

Gustavo Sánchez y Lara Soria forman una joven pareja española que ha logrado un permiso de estancia en USA. Él es un prometedor escritor, con un libro recién editado por la taberna sevillana La Carbonería, que aún cree que se va a comer el mundo; ella, una bella joven tocada por el ángel del eterno femenino que a todos los hombres encandila y parece recordarles a alguien. Ella es quien ha conseguido el permiso, quien anima a su joven novio a casarse para vivir la experiencia americana. El encargado de los asuntos culturales, por entonces, del Instituto Cervantes de Nueva York, un tal José María Conget, a quien han acudido en busca de algún trabajo o recomendación, los remite a Rubén Salas. Éste se prenda, como todos, de la joven Lara, que no es sólo una bella presencia sino una eficaz trabajadora, como comprobará, pues le consigue trabajo. Y también a su joven marido, como profesor de español en un colegio de Nueva Jersey. Allí el joven que se cree un genio va cayendo en las redes un tanto sádicas de su directora, una argentina fatale con antiguas heridas políticas que le va descubriendo mundos que su querida Lara no conoce y que, ay, lo van alejando del amor que sentía por ella.

En torno a estos tres personajes se teje la nueva novela de Conget, tres voces que, con sus respectivas primeras personas, nos van contando sus historias. La voz predominante la lleva Salas, en sus visitas a su moribundo padre, en sus sucesivos encuentros con la bella Lara, que parecen incoar la expectativa amorosa, o el simple affaire, sabiamente dejado por el autor en eso: expectativa, no consumación (Lara es de esas mujeres que tienen amores, no amantes). Esta voz no opaca las voces de los jóvenes Gustavo y Lara, que a su vez van contando sus peripecias, en monólogos sucesivos. El estilo trabajadamente coloquial de Conget encauza las tres voces, tan distintas, sirviéndose entre ellas como contrapunto, así como las breves intervenciones de los reales José María Conget y su esposa, Maribel Cruzado, "amigos" de Salas, y de su superior en la cosa diplomática, el desopilante Don Fátimo Fabiolo, sirven como contrapunto narrativo para cerrar una trama bien hilvanada, y que guarda alguna sorpresa.

Contrapuntos. La bella cubana hace honor a la pieza de la música cubana de la que toma el título y rebosa musicalidad, no sólo en la cuidada y exacta prosa de Conget sino en una construcción donde las sucesivas intervenciones de sus personajes se equilibran. Y, como en la bonita melodía de José White, tan versionada, la prosa sabe transmitir a la vez la alegría de las historias amorosas y su tristeza, cuando acaban o van desgastándose, contar la constante torpeza del hombre para tropezar en la misma piedra, generación tras generación, y no saber estar a la altura del amor cuando, a veces, aparece (como sí suelen estarlo las Laras). Hay páginas memorables sobre el amor, el dolor, la muerte, en esta novela (pocos autores vivos pueden firmar hoy día las veinte que siguen a la 123).

Conget ha escrito probablemente su mejor novela. Quizá su mejor libro. Una novela honda, llena de su celebrado humor, de una musicalidad que impregna su prosa y su argumento, en el sentido que el personaje Salas da a la música, como vía de expresión casi única del dolor (también del arte, cuando merece este nombre). Un libro que va dejando un poso de alegre tristeza, de triste alegría, con Nueva York al fondo. Que acompaña después, mucho después de haber doblado su última página. Si la crítica tiene aún alguna misión, es no dejar escapar libros como éste. Avisar a los lectores. Que lo lean y luego lo cuenten, lo canten.

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