De rigor creativo, de placer

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De: Eusebio Calonge. Compañía: La Zaranda. Teatro Inestable de Andalucía la Baja. Intérpretes: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos. Iluminación: Eusebio Calonge. Espacio escénico y dirección: Paco de la Zaranda. Teatro Alhambra. Fecha: 8 de abril de 2011.

Hemos tenido que esperar semanas, ver los últimos cuatro, cinco espectáculos de esta temporada teatral en el Alhambra -llamativamente flaca en cantidad y calidad- para que por fin la escena nos devuelva algo de placer, de rigor creativo, de excelencia artística. Hemos esperado pacientemente a La Zaranda.

Nadie lo quiere creer. La patria de los espectros vuelve a subir a escena las criaturas y el microcosmos, el paisaje singular que La Zaranda reinventa una y otra vez en cada espectáculo, y que es un sello distintivo, toda una tradición asimilada en su estilo que entronca con la España destartalada y el humor ácido de Berlanga, el pesimismo lúgubre de Buñuel y la pátina grotesca especular del esperpento de Valle.

Nadie quiere creer...efectivamente, las condiciones materiales de existencia mísera detrás de una casa con blasón; ni el pequeño festín de buitres ensayando para convocar a la muerte. A nadie le apetece creer lo que muestra el espejo deforme de La Zaranda: la muerte como deseo y fantasía de goce; la taxidermia como recurso cuando no le cuadran bien las cuentas a los buitres alrededor del muerto.

El espectáculo y su patria de los espectros son tres actores espléndidos que saben hacer a la perfección con ese registro tan difícil de lo grotesco, sin caer nunca en la caricatura burda, a la altura siempre de un texto depuradísimo que ellos hacen pasar con una facilidad pasmosa como recién pensado y dicho. Un texto fuerte, poderosamente narrativo, que difumina los lindes entre realidad y sueño, que pasea sin transición de la repetición obsesiva -propia del absurdo- al verso, la poesía textual explícita, o el tono más cotidiano del humor negro inscrito en diálogos de corte más costumbrista.

La joya es ver todo el engranaje, interpretación, movimiento, texto, luz, puesta en escena; la poética, el estilo riguroso de La Zaranda surgiendo en ese mismo instante delante de nuestros ojos. El intenso sentido plástico o pictórico de contraluces extremos, cierta mixtura de expresionismo y costumbrismo que consigue reducir el atrezzo a la categoría de símbolo: construyen paisajes y escenas con un simple pavo real disecado, cuatro sillas, tres o cuatro sábanas polvorientas, tres ventiladores de pie como tres tartanas, tres personajes, y la caja vacía de un viejo reloj de pared.

"Soñaba con morir y se murió soñando" dice uno de los personajes, de tal modo que consigue resultarnos tan chistoso. Pocas compañías como ésta saben manejar tan bien el humor, la ironía en términos poéticos y servirse narrativamente de sus efectos distanciadores -en el sentido más brechtiano- para reinventarse una y otra vez cómo apuntar frente a nuestras narices hacia la podredumbre -real y simbólica- cuando Nadie lo quiere creer.

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