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Un rincón que fue arte

  • La Casa Yanguas ofrece en el Albaicín la posibilidad de conocer cómo era el arte mudéjar original

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El barrio del Albaicín nunca deja de deparar sorpresas. La Casa Yanguas es una de ellas. Aunque sometida ahora a un proceso de rehabilitación y restauración para ser convertida en un futuro en un posible y pequeño hotel, la Casa Yanguas fue durante muchos años uno de los grandes centros culturales de la ciudad al funcionar como una galería de arte que dio cobijo a los principales artistas de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa. Es un lugar tranquilo, acogedor. Ejemplo de una Granada esplendorosa cuyos vestigios siguen flotando en el ambiente como viejos aromas.

La Casa Yanguas son, en realidad, dos casas: el inmueble propiamente dicho y la casa colindante ubicada en la calle Buenaventura, 2. Son, junto con la Casa del Chapiz, uno de los más claros ejemplos de la arquitectura mudéjar, aquélla hecha por musulmanes ya bajo la dominación cristiana tras la Toma de Granada por los Reyes Católicos.

Pese a estar bajo el imperio cristiano, los musulmanes granadinos gozaron durante un breve periodo de tiempo, hasta la llegada del Cardenal Cisnero, del derecho a seguir practicando su religión, hablando su lengua y mantener sus costumbres. Una de las cosas que quisieron mantener a toda costa fue su manera de edificar sus viviendas, algo que en Granada había llegado a uno de sus máximos exponentes con el estilo de construcción de los cármenes en el Albaicín y que siempre tenía un claro distintivo: mientras la apariencia de una casa por fuera era absolutamente vetusta y humilde, en su interior el aspecto era absolutamente el contrario: la hermosura, la placidez y la riqueza podían contemplarse de modo casi avaricioso.

La Casa Yanguas es una auténtica reliquia por la mezcla de elementos a la hora de su construcción, a comienzos del siglo XVI: albergaba elementos tanto nazaríes como renacentistas. Los arquitectos mudéjares sabían cómo conjugar lo mejor de la cultura musulmana y lo mejor de la cultura cristiana y, además, tenían una técnica asombrosa para construir en espacios pequeños. Ése es el caso de la Casa Yanguas: es una de las casas más pequeñas del Albaicín que, sin embargo, posee aljibe. Es, además, una de las pocas viviendas granadinas que ha llegado hasta nuestros días prácticamente intacta respecto a lo que fue su aspecto original.

La Casa Yanguas, por sus hechuras y factura, debió tener carácter nobiliario cuando fue construida. El buen gusto en los pequeños detalles revela, además, un alto nivel de elegancia en sus moradores originarios. A la vivienda, hoy en obras, se accede a través de un arco de herradura que da a un jardín con empedrado granadino y una fuente en el centro. A través de un pequeño zaguán se accede a la casa, que gira, como todas las granadinas de la época, en torno a un patio con alberca central. Cuenta, demás, con su propio aljibe. La edificación cuenta con dos plantas y un torreón.

Ventanas con celosías, cenefas policromadas con detellas vegetales, galerías con balaustrada y zapatas de acanto dan idea de la exquisitez con la que fue concebida la vivienda y la primura con la que se cuidaban hasta los más perdidos rincones. Era un mundo en el que en una vivienda pervivían los olores de esencias orientales, el rumor lento del agua en la fuente y la música tañida en las penumbras.

El de la Casa Yanguas no es el mismo caso que el de la vivienda adosada que hay en Buenaventura 2 y que sufrió fuertes procesos de transformación a lo largo de los siglos. Hace unos años, un grupo de restauradores propuso un modo de trabajo interdisciplinar entre arqueólogos, arquitectos y rehabilitadores para devolverle a la edificación su aspecto original hasta en el más mínimo detalle. A cada nueva intervención proponían un estudio exhaustivo y bien documentado de lo que debió ser la vivienda en el momento de ser construida por los mudéjares.

La Casa Yanguas es actualmente propiedad de José Antonio García López, propietario de la empresa familiar que trata de convertirla en un pequeño y lujoso hotel en el corazón del Albaicín. Anteriormente había sido propiedad del médico Juan Moll, un apasionado del arte que la convirtió en galería pictórica. Luego pasó a propiedad de unciudadano británico que se estrelló contra una inexpugnable burocracia cuando pretendió emprender obras de restauración.

Ahora permanece en un estado de recuperación del que no se conoce con total exactitud cuándo saldrá. Mientras tanto, sigue ahí, como un vestigio de una sociedad exquisita y cultivada, una sociedad que sabía combinar naturaleza y armonía y que comenzó a perderse tras la primera rebelión de los moriscos.

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