Crítica de Cine

A sangre tibia

una historia real

Drama/thriller, EEUU, 2015, 100 min. Dirección: Rupert Goold. Guión: David Kajganich (basado en el libro homónimo de Michael Finkel). Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Marco Beltrami. Intérpretes: Jonah Hill, James Franco, Felicity Jones, Ethan Suplee, Gretchen Mol, Robert John Burke, Maria Dizzia.

Todo lo que Rupert Goold debe de haber aprendido como director artístico de la Headlong Theatre Company y del Almeida Theatre, o como director de comedias musicales en el Royal Drury Lane, parece haberlo olvidado al ponerse tras una cámara de cine. Porque su adaptación del libro reportaje de Michael Finkel es torpe, televisiva en el peor sentido de la palabra, cursi y plana. La cosa va de una especie de mini-yo de A sangre fría de Capote. Tras ser despedido del New York Times el periodista Finkel se entera de que el asesino Christian Longo, que decidió iniciar una nueva vida sin cargas familiares estrangulando a su mujer y a sus tres hijos de 4, 3 y 2 años, se hacía pasar por él cuando andaba huido por México. Eso le hizo ponerse en contacto con Longo, que esperaba el juicio en la prisión del condado de Oregón, y entrevistarse con él en numerosas ocasiones antes y después del juicio en el que fue condenado a muerte. De ahí nació el libro Una historia real.

Desde las primeras imágenes -un osito de trapo cayendo en cámara lenta en la maleta en la que Longo ha encerrado a uno de sus hijos tras estrangularlo- saltan las alarmas. Demasiado esteticismo superficial para tan tremendo asunto. Después se descubre con desolación que Jonah Hill es la peor elección posible para interpretar al periodista Finkel. Le basta aparecer haciendo en África el reportaje que le valdrá el despido del New York Times para que parezca un memo gordinflón. Impresión que se refuerza durante la tensa entrevista con la redactora jefa y el editor del periódico y ya no nos abandonará a lo largo de la película. Si no fuera porque será olvidada instantáneamente, la elección de Jonah Hill para este papel pasaría a la galería de los grandes errores de casting. La dirección de Goold y la concepción del personaje por parte de Hill lo empeoran todo. James Franco está más creíble como el asesino seductor. Pero sus muchos duelos con el melifluo Hill quitan fuerza a su interpretación. Por eso el único momento potente de la película es el soliloquio de su declaración durante el juicio.

En cuanto a la dirección, se cumple lo que presagiaba el osito de trapo cayendo en cámara lenta sobre el cuerpo muerto de la niña: carece de la fuerza y seriedad exigibles a esta historia.

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