Ángeles Mora. Poeta

"Los sentimientos son históricos y por tanto se pueden cambiar"

  • 'La sal sobre la nieve' es el título de la última obra de la ganadora del Premio Nacional de Crítica y Premio Nacional de Poesía, una antología que repasa todos sus libros de poemas

-En 'La sal sobre la nieve', Ioana Gruia, responsable de la edición, recoge poemas de sus ocho libros de poesía, algunos de los cuales no sé podían encontrar ya. ¿Hubiese realizado está misma selección? ¿Le consultó Gruia a la hora de incluir o dejar fuera textos?

-Hace tiempo que Ioana Gruia quería realizar esta antología. Ella preparó la selección y el prólogo. Lo que pasó es que con la primera selección que hizo el libro resultaba demasiado extenso y la editorial le sugirió que quitase algunos poemas. Entonces sí consultó conmigo sobre los que dejar fuera. La verdad es que fue difícil.

-El año pasado obtuvo tanto el Premio Nacional de la Crítica como el Premio Nacional de Poesía, algo poco frecuente. Además, las poetas de su generación siguen teniendo menos reconocimiento que sus compañeros. ¿Ocurre eso con las nuevas poetas?

-Con este libro he tenido mucha suerte, porque esos dos reconocimientos son muy importantes y como dices es poco frecuente que ocurra. Las mujeres poetas de mi generación lo hemos tenido bastante difícil. Yo creo que sí, que esto está cambiando para las nuevas generaciones de poetas, pero aún queda camino por recorrer, hablando del reconocimiento a la poesía que publican las mujeres.

-Este año de viajes incesantes para dar conferencias, charlas, presentaciones, recibir homenajes... ¿Ha sido un bendición o un castigo?

-Las dos cosas… Por una parte es magnífico y me siento agradecida, por otra parte me tiene bastante agotada tanto ajetreo. Además, como la vida es tan caprichosa, estos acontecimientos y sus consecuencias me han llegado en un momento delicado para mí, tanto física como anímicamente. Poco a poco, voy superando las dificultades. Hay momentos muy buenos, de encuentros con el público, con amigas y amigos poetas y escritores… Muy gratificantes. Vale la pena el esfuerzo, desde luego.

-En los versos de su primer poemario, 'Pensando que el camino iba derecho' (1982), se reescribe la tradición petrarquista desde el prisma de La otra sentimentalidad. ¿Seguiría suscribiendo estos versos? ¿Cómo vivió ese estilo?

-Bueno, cuando llegué a Granada a comienzos de la década de los años 80, estaba trabajando en ese primer libro, el contacto con los poetas que por entonces me hablaron de "la otra sentimentalidad" fue muy fluido, por dos cosas: porque yo traía más o menos los mismos referentes poéticos que ellos y porque además era ideológicamente de izquierdas y por eso me sentí también poéticamente cercana a los poetas que me hablaron de esa otra sentimentalidad que trataba de transformar en el discurso la manera de concebir la vida. Eso me pareció muy atractivo. Se puede decir que yo era terreno abonado para asumir el pensamiento, los conceptos de La otra sentimentalidad.

-¿Era en ese momento un paso necesario?

-Sí porque no nos podíamos conformar con la superficialidad del "ser posmoderno". Se trataría de construir otro tipo de relaciones que no se basen en la explotación. Juan Carlos Rodríguez había hablado en su libro Teoría e historia de la producción ideológica y en sus clases de "La radical historicidad": eso de que los sentimientos son históricos y por lo tanto se pueden cambiar. Ese fue el principio: el hombre no es sólo naturaleza, sino sobre todo historia. No es sólo evolución sino ruptura. Por otra parte la separación entre lo privado y lo público es una separación burguesa, que habría que romper. El amor no pertenece sólo a la esfera de lo privado. Tal vez convendría, pensábamos, convertir nuestro privado amor en el espacio público de las preguntas, de la reflexión y el encuentro. Pero yo creo que luego cada uno de los poetas de La otra sentimentalidad ha seguido su propio camino, como no podía ser de otra manera. Yo desde luego he ido a mi aire. No me gustan las etiquetas.

-En 'La canción del olvido' (1985) aparece un personaje femenino enamorado e inteligente. Gruia destaca constantemente en el prólogo el tema del amor en su poesía. Además, la antología está dedicada a Juan Carlos Rodríguez. ¿Qué peso ha tenido en su vida y en su poesía?

-Juan Carlos y el amor han tenido mucho peso en mi poesía. El amor, convertido en gran medida, como te decía antes, en el espacio de las preguntas y la reflexión sobre nuestra vida, sobre la vida y el mundo concreto en que nos movemos y relacionamos. Yo encontré en Juan Carlos, desde luego al maestro fascinante, lúcido y genial que era. Todos sus alumnos hemos aprendido y disfrutado mucho en sus clases, pero además en la cotidianidad era sencillo, no tenía ninguna afectación. Por eso la confianza surgió enseguida. Yo, que soy tímida, encontré en su comprensión, su ternura, la compañía y el acicate perfecto. Hemos hablado mucho sobre literatura, historia y vida. Y siempre sentí que era un lujo que él fuera el primer lector de mis poemas. Me animaba continuamente, me impulsaba.

-Escribió una bellísima columna dedicada a él en este diario. ¿Este año pasado cuántos homenajes le ha dedicado?

-Pues la verdad es que su pérdida me ha dolido tanto, que todavía casi no he podido reaccionar. Además de esa columna, le dediqué, en parte, el Pregón que escribí para la pasada Feria del Libro y un poema que ha salido entre los inéditos de esta Antología. Son tres los inéditos que recoge La sal sobre la nieve. Dos están dedicados a él, pero sólo el último lo he escrito después de su muerte. Y por supuesto, lo he recordado en todas las lecturas poéticas que he hecho últimamente.

-Con 'La guerra de los 30 años' (1990) ya obtuvo el premio Rafael Alberti. Además del revuelo de invitaciones para charlas, conferencias... ¿Cambia el ejercicio diario del periodista?

-Cuando recibí el Premio Rafael Alberti me llevé una grandísima alegría. ¡Siempre lo admiré tanto! Lo leí desde muy pronto. Para mí Alberti siempre tuvo un doble atractivo. El hecho de que hubiese pasado dos largas temporadas entre 1925-26 en Rute, el pueblo donde nací, que hubiese escrito allí la mayoría de los poemas de El alba del alhelí, poemas donde se nombraban lugares de mi niñez, de mi propio territorio sentimental, que hubiese contado en La arboleda perdida su estancia ruteña, salpicada de divertidas anécdotas, pero también de dramáticas sensaciones... En fin, todos esos hilos de unión de Alberti con Rute de alguna manera lo acercaban a mí o hacían que yo me acercara a su poesía con esa especie de geografía íntima y de historia emocional. En Rute pasó Alberti a máquina el manuscrito de Mar y tierra (que luego se titularía Marinero en tierra), antes de enviarlo a Madrid al Concurso Nacional de Literatura, que ganó con ese libro. Así que me sentí muy feliz al ganar aquel premio, pero tampoco sentí que tuviese mucha repercusión en el ambiente literario. El libro se publicó en Cádiz (lo publicaba la Caja de Ahorros) en una edición bastante fea y que apenas se distribuyó. Por eso luego, mi amigo Juan Antonio Hernández me hizo el regalo de preparar una segunda edición muy cuidada y preciosa, que se publicó en la colección ICILE en el año 2005.

-En este libro se hace más patente la inseparabilidad de las dos historias, la íntima y la colectiva. ¿Esa constante la puede suscribir en estos días?

-Sí, en mi poesía se suele mezclar lo íntimo y lo colectivo. En Ficciones para una autobiografía también resulta patente.

-En el mismo año del anterior, 1990, publicó también 'La dama errante' y sin embargo tardó una década en publicar su siguiente poemario, 'Caligrafía de ayer' (2000). ¿Por qué ese cambio en el ritmo de producción?

-Bueno, es que mis primeros libros tardaron bastante en editarse. La canción del olvido, que se publicó en el 85, la escribí casi totalmente en el 83. Yo siempre he sido lenta escribiendo poemas. Quiero decir, que suelo tardar bastante entre un libro y otro. Pero La guerra de los treinta años también se retrasó, por eso salió casi al mismo tiempo que La dama errante. Después es verdad que hubo unos años en que estuve de alguna manera reconstruyendo mi vida personal. La dama errante lo escribí en Madrid y luego se publicó en Granada más tarde. Todos estos libros de mi primera etapa los recogió una Antología Poética que preparó Luis Muñoz para la colección de nuestra Diputación titulada Maillot amarillo y que salió en 1995.

-En 'Contradicciones pájaros' (2005), escribe "Yo sé que estoy aquí/ para escribir mi vida/". Y, en 'Bajo la alfombra' (2008), afirma "la poesía/ no existe". La reflexión sobre la propia escritura es otra constante en su obra. ¿Cómo ha evolucionado su estilo y su concepción de la poesía?

-Sí, esa reflexión sobre la propia escritura también aparece mucho en mi obra. En Bajo la alfombra es muy constante. En el poema a que te refieres De poética y niebla, que es el primero, con el que comienza el libro, digo algo así como que la poesía no existe previamente al poema sino que es acaso el hueco, la pregunta que se abre dentro de ti y que te arrastra hacia el poema, que te lleva a escribir. También digo que escribir es niebla… algo así como que cuando escribimos las palabras nos escriben a nosotros mismos. El poema que citas de Contradicciones pájaros es muy distinto, es una Poética. La suelo leer y explicar en mis lecturas… Creo que este libro supuso una vuelta de tuerca dentro de mi poesía. Creo que ahí se inició mi madurez poética.

-Con la perspectiva que da recoger estos versos más de una década después de ser publicados. ¿La escritura ha dado sentido a su vida?

-Te diría que sí. La poesía me ha ayudado a encontrar el sentido y el camino de mi vida, porque me hace pensar. Para mí la poesía es una forma de pensar el mundo y pensarme a mí misma. También es emoción, intensidad… un vivir más, de otra manera.

-En 'Ficciones para una autobiografía' (2016) habla del deseo de haber vivido un instante que se resistió a ser plasmado en una fotografía. ¿Cree que finalmente lo más importante escapa a las palabras?

-Siempre escapa, a las palabras y a las imágenes… por eso seguimos buscando, escribiendo, pintando, fotografiando la vida que escapa, sí, pero también queda en nosotros, en el recuerdo, como diría Wordsworth. En mi poema concluyo que lo que más me importa está fuera de la foto, como una secuencia, digamos, y no una imagen fija.

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