"La sociedad ha situado la fama y el éxito inmediato por encima del trabajo"

  • Con solo 32 años, el actor podría ganar esta noche el segundo Goya de su carrera

La grandeza de un actor es hacer de su trabajo algo tan sencillo que no parezca arte. Y el talento de Raúl Arévalo brota de forma "natural e inevitable", como definía Mamet a este tipo de maestría actoral. La suya. A esto hay que sumar unas cualidades humanas ante las que toda la profesión se ha descubierto y deshecho en elogios. Ha trabajado con directores de la talla de Icíar Bollaín, José Luis Cuerda, Sánchez Arévalo, Andrés Lima o Antonio Banderas quien, precisamente, describió a Arévalo como alguien que "no quieres que sea tu actor, quieres que sea tu hijo". Con una sobresaliente carrera en cine, teatro y televisión, esta noche afronta su cuarta nominación a los Premios Goya (galardón que obtuvo en 2010 por Gordos) gracias a su trabajo en Primos. Él, mientras, sueña con dirigir y mantiene la pasión sobre sus amigos, su familia, y la contradicción sobre el juego de su Real Madrid. "Parece que empieza a brillar el equipo por encima del producto", dice. Y no lo advierte, pero con 32 años ya ha hecho historia. Y sigue haciendo de la interpretación un juego. Un paseo tan inconsciente como salvaje por todos sus matices y extremos.

-No sólo no quería ser actor, sino que quería ser Indiana Jones…

-Lo de Indiana Jones lo digo como broma, como imagen, pero sí que soñaba con ser arqueólogo y eso fue gracias a esta serie de películas. Me encantaría saber en qué momento decidí ser actor, pero no lo recuerdo. Me interesaba la Historia y tenía un profesor en esta asignatura que se llamaba Jesús Nieto y nos narraba todo con ejemplos de películas. Quizás germinó en mí el deseo de encaminarme a lo que hoy es mi trabajo.

-Muchos intérpretes confiesan que de pequeños montaban obras en el patio de su casa…

-Yo no puedo decir eso. Mi interés era dirigir cosas, escribirlas... pero siempre desde detrás. Detrás de los escenarios y, más bien, detrás de las cámaras, pues quería dirigir, algo que espero conseguir algún día. Con once años grabé un cortometraje Super Agente 000 que aún conservo. Me encantaba crear efectos para hacer desaparecer a mi hermana o a mis primos, pero nunca me apunté a teatro en el instituto, iba a informática. Con 16 años, me matriculé en un curso teatral de la escuela Metrópoli y me gustó mucho. Después desarrollé mi formación sistemática en Cristina Rota.

-¿Pensaba que iba a trabajar tanto cuando comenzó a estudiar Interpretación?

-Lo que me interesaba era formarme y una cosa muy buena que me inculcaron en la escuela es valorar que lo que ahora es mi oficio es una carrera de fondo. Ha habido programas como Operación Triunfo y Gran Hermano que, más allá del formato, han sido una enfermedad para este concepto. La sociedad ha situado la fama y el éxito inmediato por encima del proceso de trabajo, de crecimiento. Esto es muy peligroso, pues en cada profesión el proceso de aprendizaje diario y a largo plazo es muy importante.

-¿Es ésta la explicación a que la efervescencia de su trayectoria no haya movido sus pies de la tierra?

-Mi trabajo me parece maravilloso, pero no olvido que hay un componente mediático que hace mucho. No debe valorarse el trabajo de actor como si fuese el único que pertenece al arte. Si ves trabajar a un neurocirujano salvando vidas eso sí es arte en el sentido completo de la palabra. Esta sociedad posee muchos más artistas de lo que parece, sólo que permanecen anónimos.

-¿Es difícil pensar así al comenzar tan joven y en el temido medio de la televisión?

-El trabajo en Compañeros me enseñó muchas cosas. Lo primero, al duro ritmo de trabajo televisivo. Lo siguiente, a no esperar nada. Creí que me iba a salir más trabajo y estuve cuatro años sin prácticamente nada. Me dediqué a seguir formándome.

-Hasta que…

-Precisamente, mientras hacía un curso con Fernando Piernas, Jorge Monje y Natalia Mateo le hablaron de mí a Daniel Sánchez Arévalo y conseguí una prueba para Azuloscurocasinegro, que fue mi gran golpe de suerte. Dani es una de las personas más importantes de mi trayectoria y, junto a él, Antonio de la Torre, Maribel Verdú o Antonio Banderas. Cuatro grandes nombres en la industria, pero también cuatro de los vértices de mi vida profesional. Y personal, claro.

-Da la sensación de ser usted una persona que necesita de la gente y los sentimientos de una manera primitiva…

-Sí. Además de los citados, yo tengo mi núcleo. Los míos. Alicia Rubio, Canco Rodríguez, Font García, David Pulido, Pepe Ocio, mi hermana Tamara, mis padres... y tantos otros. Necesito apegarme a este núcleo para poder continuar. El trabajo está muy bien, pero para mantenerme vivo he de agarrarme a esto.

-¿Los premios le han dado vértigo y han cambiado algo de esta esencia?

-En mi persona, creo y espero que no. En mi trabajo, ya dudo más. Pero no sé si son los premios o los años. En El camino de los ingleses tuve que trabajar un acento que no es el mío y dentro de un personaje muy particular. Encima, el director era Antonio Banderas. Y había algo de kamikaze en mí en ese arrojo. Hoy creo que sería más consciente de la dificultad y no sé...

-Seguro que volvería a asumir ese riesgo... Es imposible encasillarle, hace de la interpretación un juego…

-No lo sé, pero sí sé que he topado con directores que me han dado libertad. Siempre he sentido algo de "Raúl, arriésgate, juega, si te equivocas ya te montaré yo la toma buena". Marlon Brando le dijo a Johnny Deep: "No hagas mucho cine porque un actor no tiene tantas caras que mostrar". Yo he tenido recursos o tics que me funcionan y a veces hay que tirar de ellos. Pero odio repetirlos, me gusta experimentar.

-¿Por qué parece que el cine español está tan denostado?

-Creo que en el cine español se hacen cosas muy buenas y cosas muy malas, pero como en todos los países. El problema es que se habla de cine español como género y esto es negativo. Cada vez hay más diversidad dentro de nuestro cine. Pero hay cosas contra las que es muy difícil luchar. Hay mucha gente que critica al cine español y las películas que van a ver poseen una calidad discutible. Se estrena, por ejemplo, Underworld 4. La primera parte, vale. La segunda, también, pero ya se convierte en una marca más que en una película, pero arrasa en taquilla. Estoy seguro que muchos de los que van a ver Underworld 4 dicen que el cine español no tiene ninguna valía.

-Con una trayectoria como la suya, ¿llega uno a entender todas las capas del Arte Dramático?

-No, y hay algo muy extraño. Es un oficio, el de actor, en el que hay una gran parte de espectáculo y de negocio. Hay algo muy superficial que es parte de la industria pero, curiosamente, la esencia del trabajo de un actor es algo que tiene que ver más con el contacto con tus raíces, contigo. El otro extremo a esa parte frívola. Y ambas han de convivir.

-¿Qué es lo que peor lleva de este oficio?

-Que si tienes una buena racha te tratan bien los altos cargos de la industria. Pero luego hablas con un amigo y te cuenta que alguna figura 'bien situada' le ha maltratado. Y no hablo de "no me han cogido para un personaje", hablo de verdaderas faltas de respeto. Tampoco me refiero a tener trabajo y que un amigo no lo tenga. No. Me refiero a la parte humana.

-Y si esta noche le dan el Goya…

-(Piensa, agacha la cabeza). Contando este año, he estado nominado con actores como Lluís Homar, Benicio del Toro, Juan Diego, Diego Luna... No es que eso sea un premio, es que va más allá y me impresiona. Jamás me acostumbraré. Este año también está nominado el cortometraje El barco pirata de Fernando Trullols en el que participo con grandes amigos míos. Otra muestra de que los trabajos con amor e ilusión pueden llegar lejos. No creo que pueda pedir más.

-¿Al juego de su Madrid tampoco puede pedirle más?

-Soy un enamorado del juego del Barcelona, pero parece que empezamos a ser un equipo...

-Eso es lo importante…

-Como en todos los trabajos.

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