No sólo tango (I)

  • Con su quinto disco, la argentina Juana Molina se adentra en un mundo con más guitarras acústicas y sonidos orgánicos

Tratemos de echar un vistazo desprejuiciado a un universo musical tan propenso a alimentarse del tópico como el argentino. Y si hablamos de Argentina, el tango es, naturalmente, el primer género que se nos viene a la boca. Más allá de él, existe una nueva generación de artistas, unos capaces de renovarlo, otros de soslayarlo con cintura, y una mayoría que lo ignora buscando sus influencias en otras órbitas. La principal es el rock, que desde los tiempos del pionero Charly García, goza de una arraigada tradición en el país. Ahora además surgen solistas que se atreven a adentrarse en terrenos menos transitados de pop vanguardista y minimalista.

Es el caso de Juana Molina. Hija del tanguero Horacio Molina y con un exitoso pasado como actriz cómica en la televisión argentina, su debut en 1996 con Rara, un álbum sencillo y de texturas intimistas, se antojaba el típico trabajo destinado a cebar su vanidad como celebridad. Unos años más tarde, en 2003, volvió para demostrar que detrás de su propuesta había algo más que un ego hambriento, con Segundo, un disco que, sin abandonar su tendencia hacia los envoltorios limpios y minimistas, introducía un elemento electrónico que la situaba dentro de una corriente avanzada por entonces como era la llamada indietrónica. Editado por el sello británico Domino, casa de Franz Ferdinand, por ejemplo, desde entonces ha seguido publicando en la misma compañía hasta llegar a este Un día, su quinto trabajo, editado en todo el mundo el pasado mes de octubre. Con él se adentra en un camino iniciado con el anterior en el que hay más espacio para las guitarras acústicas y otros sonidos orgánicos sin renunciar al jugueteo electrónico. Su reconocible voz, utilizada como un instrumento más y con la que crea ritmos y armonías poliédricas de efecto hipnótico. Con unas letras reducidas, de tono surrealista e inquietante, que concuerdan con los arreglos simples y con cierto toque experimental aunque amable, crea un conjunto abstracto, naïf y encantador, fácilmente identificable y que atrapa al oyente desde la primera escucha, y que supone todo un hallazgo por el ambiente personal que consigue.

Más cerca de otras cantantes norteñas, turbias y con dolor de estómago crónico, como Lisa Germano o Kellarissa, que de sus compatriotas, Juana Molina se ha posicionado a la chita callando como una de las propuestas más internacionales de su país. Y como una de las opciones que mejor combinarán con las camisetas de rayas de los indie-kids.

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